Los textos que se viene publicando en las páginas de Claridad, son una selección de las crónicas del libro «Como te cuento una cosa…», con recopilación de temas escuchados, leídos, o vividos en nuestro país, en los últimos 60 años, o más…, incluyendo también vivencias en nuestra familia.
Como sabemos nuestros hijos, o nietos, son una fuente inagotable, de dichos, medias palabras y anécdotas.
Vivencias familiares más cercanas
1977
Miguitas de pan, como pulgarcito
Mi prima Betina, una vez que terminó secundaria en Tarariras, se fue a vivir a Montevideo, a la casa de mis padres. Cada dos o tres meses volvía a Tarariras a visitar a su familia. En una de esas idas, nos pidió permiso para llevar con ella a nuestra hija Leticia, de 5 años. Como era un viaje corto, de un fin de semana, allá marchó con la Leti en la ONDA. Con esa edad, Leti no pagaba boleto, pero debía ir sentada en la falda de Betina. En el transcurso del viaje, con la buena disposición de la señora que iba sentada al lado, le hicieron un lugar en el medio de ellas dos. En determinado momento, Betina sacó una torta que había llevado para matizar el viaje. Por supuesto que invitaron a la señora compañera de asiento, quien lo agradeció pero declinó la invitación.
Cuando empezaron a comer la torta, cayeron algunas miguitas en el asiento común.
La señora vecina de asiento, con disimulo, fue agarrando con la yema de los dedos algunas miguitas y llevándoselas a la boca. La observadora de Leti, al ver esa escena, le comentó a Betina, con voz gruesa y potente, que escucharon todos a tres metros a la redonda: «Betina, mirá la «mocita vieja» que no quería torta, se está comiendo las miguitas». Por supuesto, Betina no sabía si reírse o dónde esconderse de la vergüenza.
1980
¡Pastillas, baratas las pastillas!
El 30 de noviembre de 1980 se realizó en Uruguay un plebiscito que buscaba modificar la Constitución para perpetuar a los militares en el poder. Los uruguayos vivimos esa consulta popular convocada por la dictadura con mucha expectativa. El objetivo de los «milicos» era habilitar un marco constitucional que los legitimara. El resultado del plebiscito sorprendió a todo el mundo, dado que no había antecedentes en el planeta de que una dictadura perdiera una elección. Las encuestas realizadas por Gallup y difundidas en lo previa daban ganador al SÍ por un 60%.
La publicidad por el SÍ, que habilitaba la reforma, era muy superior a una casi nula por el NO. A su vez, para publicitar esta opción había muchos «peros» de los medios de comunicación. No obstante, como en el cuento de Blancanieves, en el que la reina malvada le preguntaba a su espejo «¿Quién es la más bella?», se ve que ellos les preguntaron solo a sus cercanos quién iba a ganar. Ganó, como todos sabemos, el rechazo a modificación de la Constitución, o sea, el NO, con casi un 57%. Como aquel dicho de Enrique Yannuzzi, «se comieron la pastilla», perdieron.
El día del triunfo, muchos dimos rienda suelta a la alegría, olvidándonos de todos los criterios de seguridad que habíamos tenido hasta entonces. Con mi mujer, salimos no bien se supo el resultado a festejar, como en los triunfos deportivos, por 18 de Julio. También nos sumamos a la creatividad popular, prendiendo, aunque no llovía, el limpiaparabrisas del auto, para remarcar el NO. Llevábamos, por no tener con quién dejarlo, a nuestro hijo varón más chico, que tenía quince días.
¡Uruguay que no ni no!
Este año se jugó en Uruguay la Copa de Oro FIFA, conocida en nuestro país como Mundialito. Fue un certamen para celebrar los cincuenta años de la primera Copa del Mundo. El campeonato fue ganado por Uruguay, que jugó la final frente a la selección de Brasil, con el resultado de dos a uno. Como toda participación de nuestra selección, conmocionó a la población, que festejó ruidosamente cada triunfo de ese campeonato y, por supuesto, el de la final. A nuestra hija mayor, con 9 años, tuvimos que explicarle que el grito no era: «Uruguay que no orinó», sino, justamente, el del título de esta anécdota.
Cada uno las cuelga donde quiere
Mi primo Walter, como casi toda nuestra familia y muchos uruguayos más, emigró del interior del país a Montevideo. Un día, Walter viajó desde Montevideo a Tarariras. Fue sin Silvia, su señora, pero llevando a sus dos primeros hijos, Christian y Daniel, a visitar a los abuelos, a quienes hacía tiempo no veían. Estos ya estaban ansiosos por verlos. Los abuelos disfrutaban de sus nietos como todos los abuelos, haciendo comidas especiales la abuela y el abuelo paseándolos y enseñándoles su quinta y árboles frutales. Después de estar allí los días programados, volvieron a Montevideo. La madre de los niños les hizo a sus hijos las preguntas de rigor: «¿Cómo les fue? ¿Me extrañaron?» El hijo mayor, Christian (6 años), arrancó contándole a la madre lo que más le había llamado la atención: «¿Sabés una cosa, mamá? El abuelo tiene las tanjarinas colgadas de los árboles».
Una cola para ir preso
El día de la votación de aquel plebiscito del ochenta, salí desde la casa de mis padres en Malvín a votar al Centro. Recuerdo que me tocó votar en el local de los Padres Conventuales, en la calle Canelones. Le ofrecí a mi sobrino Gonzalo (5 años) si quería ir conmigo. Él era muy desinhibido y conversador, y teníamos una buena comunicación. Aceptó enseguida acompañar a su tío Luigi, como él me llamaba. En el camino le fui contando de qué se trataba la votación: que había votos por el SÍ y votos por el NO, y que esto último era lo que votaba toda nuestra familia. Cuando llegamos al local de votación, nos encontramos, como era de prever, con mucha gente esperando para votar, con colas muy largas y medio cercanas entre ellas. Como deduje que iba a tener una larga espera, decidí sentar a Gonzalo en una silla que había en la puerta de entrada al circuito, de esa forma lo podía ir viendo mientras me acercaba.

Estaba sentadito Gonzalo, muy tranquilo y mirando para todos lados. Yo tenía como a quince personas adelante. Lo veía siempre a Gonzalo, pero se ve que él a mí no. En una de sus tantas vueltas de cabeza, logró enfocarme y me lanzó un «deschavador» grito inocente: «¡Che, Luigi! ¿Vos estás seguro de que esa es la cola del NO?».
Y… somos muy pocos
Martes 30 de noviembre del 2010. En perspectiva, el programa de El Espectador conducido por Emiliano Cotelo, hizo un especial para conmemorar los treinta años del plebiscito. La gente llamaba para dar testimonios y contar anécdotas de cómo habían vivido ese día. Yo estaba escuchando el programa y me resultó increíble oír un testimonio de un oyente que, por teléfono, contó que estando en una cola de votación había presenciado esa anécdota de Gonzalo y Luigi. Claro, sin decir ni saber quiénes éramos.
1981
Aclarando dijo Peche y le echaba agua a la leche
Armamos un día con mi familia un viaje a Tarariras (Colonia) para pasear y presentar a los parientes que teníamos ahí a mi señora, Selma, y a mi nuevo hijo, Juancito, que tenía tres meses, ya que Leticia, mi hija mayor, ya era muy conocida y querida por ellos, sobre todo por lo desenvuelta y conversadora, dado que había comenzado a visitarlos desde muy chica.
Entre otros parientes, fuimos a visitar al famoso tío Pancho, quien era menor que mi abuelo Carlos. En realidad, era tío de mi padre, pero como siempre pasa en muchas familias, ya era tío de toda su descendencia y era un personaje también en toda la familia. El tío Pancho era conocido por sus cuentos fantasiosos y por las bromas que solía hacerle a todo el mundo. Hay algunos parientes que toman ciertas aureolas y fama en las familias, yo lo atribuyo tal vez a la cantidad de veces que nuestros padres repetían aquellas historias relacionadas con ellos.
Era famoso Pancho por lo «exagerado, ahora que dice…», en todos sus diálogos con todo el mundo, y nosotros pudimos comprobarlo en vivo. En un momento de la visita, muy motivado por la presencia del niño pequeño en su casa, el tío Pancho sacó este diálogo de la galera: «¿Al Juancito le dan a tomar de la leche que trae Peche en esos tachos de su tambo?», y puso una voz como de preocupación. En seguida a mi señora le saltó «la madre» y muy preocupada lo interrogó: «Sí, don Pancho, ¿por qué?, ¿tiene algún problema esa leche? El tío, para crear más expectativa, dijo un: «No, no, por nada…».
La madre, ahora más preocupada y atenta ante cualquiera irregularidad, insistió: «Dígame, Pancho, por favor, ¿usted ve mala esa leche?». Ahora el tío había logrado su propósito de suspenso y le tiró con una fantasmal frase: «Yo no te lo había querido decir, m’hija, pero dicen que adentro de uno de esos tachos de la leche la otra vez encontraron una comadreja muerta. Aparte, se dice que con el carro, cuando viene de afuera, al pasar por el arroyo que hay en un bajo, le echa agua a la leche. Han dicho los vecinos que le compran a él que han encontrado mojarritas en la leche». Mi mujer no paraba expresar su miedo y su sorpresa: «¡Ahhhhhhhhhh, qué horrible !! ».
1987
Se regalan gatitos
Viviendo en Montevideo, para darles el gusto a los gurises habíamos conseguido una gatita, a la cual bautizaron con el nombre de Misha Liba. Tenían ellos como tarea diaria bajar a la gatita de nuestro apartamento dos, o tres veces al día, los tres pisos por escalera exterior para que hiciera sus necesidades. La cuidaban también de los perros que andaban en la vuelta.
Un día entró en celo la gatita. En ese momento, la preocupación pasó a ser que no se nos escapara, porque no queríamos más gatos en nuestra vivienda. Pero en una ocasión, al abrir la puerta de calle, se escapó. Con Juan (de 6 años), bajamos a buscarla. Ya desde la escalera la vimos. La gata estaba en planta baja dando unos maullidos terribles y con un gato arriba. Juan pensó que el gato estaba lastimando a la gata y me apuró con un pedido: «¡Papá, mirá, corré, vamos a salvar a Misha Liba, la están lastimando!». Dándome cuenta de que ya estaba «todo el pescado vendido», le dije: «Dejala Juan, no la están lastimando, están haciendo gatitos». A lo cual Juan me respondió con una inocente pregunta:
«¡Papá!, ¿se hacen a upa los gatitos?».