
Escribe Garabed Arakelian
Es cada vez más difícil creerle. Incluso por parte de aquellos que alguna vez le creyeron. Es que él mismo se encarga de desmentirse. Esquivo, ambiguo, escurridizo, contradictorio en dichos y en hechos, se trata de José Mujica, el por todos conocido.
Desde su publicitada vida, aparentemente sin nada superfluo, vivida apenas con lo imprescindible y explicada con sus aclaraciones de que no hace “la apología de la pobreza”, se ha forjado un perfil de persona humilde. Humilde en lo material, parece que es cierto, pero no así en el terreno de su personalidad, porque es fácil advertir que es poseedor de un ego que dista mucho de la humildad . Hasta se le podría diagnosticar “falsa modestia”. Practica un discurso al tono, pero mantiene una actitud que lo caracteriza: “YO, tengo que estar, y si no me invitan igual estoy”, “nada sin mi consentimiento o mi iniciativa”. Y con ese convencimiento viene actuando, porque él necesita que lo recuerden y que hagan referencia a su persona.
Hace muchos años un conocidísimo político blanco, Eduardo Víctor Haedo, se había convertido en receptor de insultos e injurias diarias y por decenas que, además, mayoritariamente, provenían de su propio partido y, en especial, de su querido maestro Luis Alberto de Herrera, al que se sumaban los escaladores de turno para hacer méritos con su aporte de blasfemias. Los periodistas preguntaron a la “víctima” cómo sentía ante tanto insulto y contestó que muy bien, porque eso era lo que él buscaba: que hablaran de él, sin importarle que fuera para denostarlo o cubrirle de elogios, “lo importante es que hablen”, explicó.
Resultó, como se advierte, un adelantado del marketing político. Y José Mujica, a su manera, saturado, de elogios y aplausos practica los mismos consejos publicitarios hace eso: no permite que se olviden de él y se hace presente aunque no lo llamen.
Cuando se plantea que el Tribunal de Conducta del Frente revise el comportamiento del actual Secretario General de la OEA, el doctor Almagro, que es del riñón mujiquista desde los tiempos de militancia en el partido de “los blancos”, Mujica interviene sin que lo consulten, para decir que no hace falta estudiar el caso porque él, Mujica, ya lo había echado, carta mediante, y ya no pertenecía al Frente. Bueno, eso de suplantar a un órgano decisorio dando por sentado que su acción individual es válida, no es precisamente un gesto de humildad. Pero no es solo eso: Mujica siempre ha tratado de que ese Tribunal no se expidiera en los temas que le conciernen: 14 casos esperan sentencia y resolución. Presentar al Frente con el peso de esa mochila no es ayudar a que triunfe en las elecciones, sino todo lo contrario.
Sin que nadie, persona u organismo alguno le hubiera asignado la tarea, nuestro personaje saltó al ruedo a buscar un candidato para la fórmula presidencial que presentará el Frente Amplio. Y lo hizo pisando los canteros sembrados. Comentó ante los medios de comunicación, con un tono de “voy a ver si compro unos bizcochitos para tomar con el mate, que estaba buscando “un candidato bueno para el Frente y que le gustaría uno que fuera independiente”.
Está bien, cualquiera del Frente puede tener esa inquietud y en función de la misma pensar en posibles candidatos. Pero eso se hace sin megáfono, respetando las postulaciones instaladas, sin desmerecerlas, conversando mano a mano, construyendo, acumulando positivamente para que el discurso en función de “la unidad” sea creíble. Pero con ese estilo y ese tratamiento, un tema importante como éste se convierte en un mamarracho. Y así fue.
Quedó gente por el camino, sacrificada inútilmente. Se levantó tierra y se le dio pábulo a los medios, y a la oposición y se alentó una discusión innecesaria en la interna, perturbando su funcionamiento, mientras, en medio del escenario, haciéndose el ajeno al tema, repetía su vieja argumentación del “no sé si me quedo” pero “la barra” - esa entelequia que supo crear- me está presionando”, etc., etc.. Mientras los focos le iluminaban, habló de la necesidad de que una mujer estuviera en la fórmula, hizo pensar con esa posibilidad, que si él no era candidato a la presidencia podía serlo a la vicepresidencia, etc.,etc..
Siempre “en funciones” acompañó la candidatura de Raúl Fernando que se postula a senador pese a que en el entorno se decía, con tono sabio: “yo que él daría un paso al costado”. Pero no, el interdicto se postula y Mujica le da su bendición: se sienta a su lado en el acto de proclamación, le brinda respaldo sabiendo que es un tema urticante dentro del Frente. “Es él quien tiene la última palabra”, dice y se desmarca. Pero entonces ¿por qué opina y aconseja que debe dar un paso al costado?. ¿Por qué no se lo susurra al oído con aire de sensatez y en cambio, lo dice ante los micrófonos y después se sienta a su costado? ¿Cuándo creerle: cuando aconseja el paso al costado o cuando respalda la candidatura a contrapelo?
Fiel a su estilo, también estuvo presente cuando Bergara lanzó su candidatura. Y se sentó a su lado. ¿Acaso se puede pensar en otra ubicación? Y soportó, estólido, que el precandidato se aliviara de la mochila de la ética.
Bergara dijo que el Frente Amplio debe ser “implacable” ante los hechos de corrupción y las faltas éticas. “Tenemos que ser muy claros en una actuación transparente tanto desde la órbita pública como en la órbita política”, enfatizó, y agregó que “el combate a la corrupción será eje central”. Mujica le escuchó impávido, con la expresión de una sota.
Pero llega el tiempo en que las luces van perdiendo brillo, y Mujica comprende que ya no tiene espacio para sus vaivenes, que sus contradicciones ya no causan gracia y anuncia que no será candidato. Oficialmente, y en un acto de su Movimiento lo dice pero igual hay muchos que no le creen, que desconfían de sus palabras y aceptan que siempre es posible que encuentre una excusa para volver al ruedo y disputar posiciones.
Con esa duda, nuevamente se abre un espacio para el análisis: ¿retira su candidatura porque considera que es muy difícil que el Frente triunfe en las próximas elecciones? ¿Está aceptando anticipadamente el fracaso? ¿Acaso es porque cree en ese mecanismo de rotación de los partidos para que la democracia funcione cabalmente? Quizás sí, esté convencido de ello, y en vez de esperar que eso suceda naturalmente, ha decidido incidir en los acontecimientos para provocar esa sustitución renovadora, que en este caso sería para el Partido Nacional, tantas décadas postergada su participación de los encantos del gobierno. Si así fuera no podría hablarse de un fracaso, sino todo lo contrario: sería el logro de sus objetivos.
Abraham Lincoln, advirtió oportunamente que “se puede engañar a muchos por un tiempo o a unos pocos por mucho tiempo, pero es imposible engañar a todos por todo el tiempo”.
Es cierto que la confianza y la credibilidad, en términos generales, se ganan poco a poco y que también se pierden del mismo modo. Sin necesidad de mayores aclaraciones parecería que estamos entrando en el tiempo y el espacio vaticinado por Lincoln. Tiempo de medias sombras y de incertidumbres. También lo dijo Gramsci, muy bien y a su manera, cuando catalogó el interregno entre lo que está por morir y tiene larga agonía y lo que está por nacer y mantiene una dura y larga lucha hasta conseguir las fuerzas necesarias para emerger. Quizá, dentro de las modestas dimensiones del Frente Amplio se esté viviendo ese tiempo de transición. Un tiempo de rebeldía para deshacerse de lo que ya no sirve y es un peso en la mochila.