
Escribe: Marcelo Marchese
Hay un asunto en la política nacional que reúne unanimidad: asistimos a un centenario y pronunciado deterioro de nuestro sistema político.
En el pasado, los partidos eran creadores de ideas y ese poder de difusión atraía intelectuales como Figari o Quijano. Luego, en un proceso que Quijano advirtió el primero, los partidos dejaron de ser usinas de pensamiento para convertirse en administradores de una política pensada afuera.
Dejar de ser propulsor de ideas entraña muchos riesgos, entre los cuales destaca perder un nexo con la gente, y así tenemos la primera lectura de las internas, a la mayoría no le interesan estas disputas, saben que nada cambiará con uno u otro, pues saben que la cosa va por otro lado.
Entre los que se interesan, las internas expresan descontento: de la nada, poderoso caballero alcanza un segundo puesto; el renovador Talvi vence al político por excelencia que, con toda evidencia, se dejó ganar; Manini reúne una entusiasta adhesión y los partidos a la izquierda del FA triplican sus votos.
Finalizado el primer acto, resta tender una mirada hacia el golpe certero de Lacalle al nombrar una mujer y el calvario de Martínez para hallar la suya propia, mientras disculpamos ese jugar a la bolita en el patio de recreo de la política nacional.
Nada realmente importante divide a los candidatos y gane quien gane, gobernarán las trasnacionales y en noviembre sólo se elegirá al gerente.
El grado de equilibrio de la situación lo otorga esa mayoría prescindente y esa alta minoría que aún participa como creyendo en las reglas del juego. Aún el sistema de partidos goza de cierto prestigio, aunque la tendencia es evidente.
La paradoja actual es que los diversos candidatos, por motivos personales, atacarán a Manini sin darse cuenta que en términos colectivos lo favorecen por una cuestión muy sencilla: la gente descreída de los políticos pensará que si Manini es atacado por los políticos, ergo Manini es un buen tipo.
Supongamos que dos gigantes estuvieran enfrentados en una lucha a garrotazos y que por breve contacto de sus capas, dos de sus pulgas se enfrentaran y nos dedicáramos a hablar de las pulgas. Esa es la dimensión de las internas en el proceso político al que asiste la nación.
Entonces debemos hablar de lo sustancial, de la lucha de gigantes. Tenemos, por un lado, prescindencia de la cosa política cuando la gran ola del capital trasnacional se extiende para cubrir nuestros países. Se han apropiado de los principales rubros económicos y continúan en su avance con contratos de inversión de nuevo tipo, como el de UPM, que les asegura de nuestra parte cinco mil millones de dólares, al tiempo que le permite injerencia en decisiones que antaño eran de exclusiva responsabilidad de nuestra República.
Mientras las trasnacionales, a través de los organismos internacionales con el Banco Mundial a la cabeza, diseñan esta nueva invasión ¿qué cosas piensa nuestra élite política? Piensa que las reglas del mundo son esas, que nada se puede hacer y sobre todo, que nada piensan hacer para dar un paso que demuestre que la verdad es que erran como ciegos. No sabemos si esto es inevitable hasta que intentemos lo contrario, pero tal camino, para ellos, es un saltar al abismo y un desprenderse de la cometa.
Antes de ver si conviene saltar al abismo o sobre el abismo, agreguemos algo a los efectos del tsunami del capital trasnacional. Por un lado, veintiséis personas tienen tanta riqueza como tres mil ochocientos millones lanzados a la intemperie ¿Qué se nos brinda al resto? Una vida llena de temor, la posibilidad de llenar el vacío espiritual acudiendo al Templo del Capital, el shopping y una mala tarde mirando Netflix o alguna otra porquería en el momento más pobre desde el nacimiento del cine, y el más pobre en todas las artes en los últimos quinientos años.
Podríamos seguir, el tsunami cultural implica negar la biología, una conducta ideológica de extrema gravedad que prepara un futuro siniestro. El objetivo evidente es reducir la población mundial y para alcanzarlo se ha puesto en marcha una ingeniería harto variada que incluye el tipo de anoréxicas que desfilan en las pasarelas, el tipo de heroínas que promociona Hollywood, y una agenda de derechos que pretende anular la certeza de que sexo es destino.
Entonces la verdad desaparece, no hay verdad sino verdades, que es una forma de negar la verdad pues todo lo dicho alcanza el mismo valor y sin negatividad no hay verdad ni caminos. Si el sexo se elige, si el sexo no es resultado de una elaboración cultural a partir de una biología dada, se puede hacer del ser humano cualquier cosa.
¿Cuál es en el fondo la auténtica batalla de gigantes? La verdadera batalla se da porque la invasión por la conquista de recursos económicos trae de suyo la destrucción de la cultura de los países invadidos. Una cosa no puede hacerse sin la otra, pues destruir construcciones económicas nacionales significa romper lazos culturales y ese deterioro de los lazos culturales debilita al pueblo invadido. Pero una cultura es algo fuerte y arraigado en el tiempo, pues tiene el poder de las tradiciones y eso no es fácil de aniquilar en el corto plazo.
En los próximos meses, en la televisión y en las redes, se hablará del combate de las pulgas y sobre los gigantes no se dirá ni pío. Precisamente, que no se hable del verdadero combate será el triunfo de un gigante. Nuestro sistema político seguirá viviendo un lento deterioro, la República seguirá atacada por la sarna, nuestro tejido productivo seguirá viviendo su bancarrota y nuestra cultura retrocederá como retrocede el mar antes de un tsunami.
No se hablará de lo que importa, se dirán palabras que giran en la nada y la gran imbecilidad se extenderá sobre la República, al son del cretinismo eleccionario. Sin embargo, partidos minoritarios y recientes pondrán el dedo en la llaga y le hablarán al País de la entrega pactada allá lejos y hace tiempo, pero ese mensaje será interceptado por las bocinas y alarmas de los decidores de nada.
Si nada realmente importante se decidirá en noviembre ¿qué hacer? Dijimos que Quijano fue el primero en ver que ante el repliegue de los partidos como pensadores del País, alguien debía sustituir esa función crucial sin la cual un pueblo queda desarmado. Estimuló, reunió y enseñó a varias camadas de pensadores que llevaron a cabo un trabajo de sorprendente eficiencia.
Los viejos partidos morirán, pues en lo esencial, ya han muerto. Quedan los últimos pasos de un cuerpo de alma inerte, aunque esos pasos lleven décadas. Lo que no debe morir es el pensamiento. La crisis económica en la cual miles y miles perderán tierras y propiedades, se avecina y su resultado será más pobreza por un lado, mientras por el otro se concentrará la riqueza del tiburón que medra en las crisis.
Lo que se impone es un plan de contingencia ahora, pues todos sabemos que la crisis vendrá. Luego, lo que se impone es la creación de un plan de desarrollo nacional, una medida que significará una revitalización de nuestra cultura.
Si los candidatos en cuestión y los políticos en general no hablan de esto, querido lector, olvídelos. La pulga va a hablar siempre de sí misma y de sus luchas.