Carlos Requena (militante socialista)
No hay atajos: volver a las bases para recuperar el futuro
Asistí, siendo un gurí, a la fundación del Frente Amplio. Estuve allí cuando aquella esperanza comenzaba a tomar forma y muchas corrientes políticas, con historias y sensibilidades diferentes, decidían encontrarse para construir una herramienta común. No era sencillo. Había discusiones fuertes, desconfianzas y diferencias profundas. Pero también existía algo que hoy necesitamos recuperar: la convicción de que la unidad debía construirse desde abajo, con participación popular y debate político.
Después vino la dictadura. Participé, como tantos compañeros y compañeras, en la militancia clandestina. Fueron años duros, marcados por el miedo, la persecución y la pérdida de compañeros. Militar no era una pose ni una actividad para los ratos libres. Era sostener un vínculo, distribuir un material, cuidar a otro compañero, reunirse cuando hacerlo podía costarnos la libertad o algo más. Cada pequeño gesto ayudaba a mantener viva una organización que el terrorismo de Estado había querido destruir.
Con el regreso de la democracia continué militando. Pasaron los años y ocupé también responsabilidades de dirección dentro de nuestra fuerza política. Lo digo sin pretender exhibir credenciales ni reclamar autoridad por antigüedad. Lo menciono porque he conocido al Frente Amplio en momentos muy distintos: desde su nacimiento y la clandestinidad hasta el ejercicio del gobierno y las responsabilidades institucionales. Esa trayectoria me permite mirar la situación actual con preocupación, pero no desde la resignación.
Algo importante se ha debilitado entre nosotros
Los Comités de Base fueron durante décadas mucho más que locales partidarios. Eran lugares de encuentro, formación y discusión, allí se hablaba del barrio y del país. Se organizaba la solidaridad, se escuchaban los problemas cotidianos y se construía una mirada política sobre ellos. No siempre funcionaban bien, por supuesto. Hubo tensiones, personalismos y discusiones interminables. Pero estábamos vivos. La militancia sentía que su palabra podía influir y que formar parte de un Comité tenía un sentido que iba mucho más allá de una elección.
Ese entramado popular fue una de las grandes fortalezas del Frente Amplio. No surgió por generación espontánea ni fue un regalo de ninguna dirección. Se construyó con años de trabajo silencioso, sostenido con temple y esfuerzo por miles de personas anónimas. Compañeros y compañeras que abrían un local, recorrían el barrio, organizaban una reunión, acercaban una propuesta o simplemente escuchaban a quien llegaba buscando ayuda.
Sin embargo, con el tiempo muchos Comités fueron perdiendo protagonismo. La discusión política se desplazó hacia otros ámbitos y las decisiones estratégicas comenzaron a llegar ya elaboradas. Las bases fueron convocadas cada vez más para organizar actos, distribuir listas, colocar carteles o asegurar votos, pero cada vez menos para pensar el rumbo de la fuerza política.
No ocurrió de un día para otro. Fue un proceso gradual, en ocasiones inadvertido, que terminó reduciendo a muchos Comités a estructuras de funcionamiento electoral. Se les pidió trabajo, pero no siempre se les reconoció capacidad de decisión. Se habló en nombre de las bases sin escucharlas suficientemente.
Luego, ante el alejamiento de la militancia, se respondió que era necesario un aggiornamento: hacer la participación más ágil, flexible y cómoda. Es verdad que la sociedad cambió. También cambiaron el trabajo, los vínculos familiares, las formas de comunicarnos y el tiempo disponible. Sería un error ignorarlo y pretender que todo funcione como hace cincuenta años.
Pero modernizar no puede significar vaciar de contenido. Incorporar nuevas herramientas no debería sustituir el encuentro humano. Facilitar la participación no puede convertirse en eliminar el debate. Y cuidar a la militancia no significa transformar la política en una actividad sin esfuerzo, sin compromiso ni responsabilidades.
Tampoco debemos caer en una mirada romántica del sacrificio. La militancia no puede exigir heroísmos permanentes ni desconocer las dificultades reales de quienes trabajan muchas horas, cuidan a sus familias o viven en condiciones precarias. Necesitamos organizaciones más humanas, capaces de cuidar a quienes participan. Pero una cosa es cuidar y otra muy diferente es adormecer. La política transformadora siempre incomoda en alguna medida, porque obliga a revisar certezas, enfrentar intereses y asumir tareas colectivas.
El alejamiento de muchos frenteamplistas no puede atribuirse solamente al cansancio o a la indiferencia. En numerosos casos es una respuesta política. Cuando una persona siente que su opinión no modifica nada, que las resoluciones ya fueron tomadas y que únicamente se la convoca para ejecutarlas, termina retirándose. No necesariamente abandona sus ideas. Muchas veces deja el Comité porque ya no encuentra allí un espacio real para ejercerlas.
Debemos escuchar esa ausencia. Detrás de cada silla vacía puede haber una señal que no supimos percibir.
Reconstruir, no regresar al pasado
La salida no consiste en idealizar los viejos tiempos ni en repetir mecánicamente formas organizativas que pertenecieron a otra realidad. Debemos recuperar lo esencial de aquella experiencia —la participación, la fraternidad y la construcción desde abajo— para crear una organización adecuada al presente.
El primer paso es devolver a los Comités capacidad política real. Las grandes decisiones del Frente Amplio deben discutirse previamente en las bases, con información suficiente y tiempo razonable. Y esa discusión tiene que incidir. Consultar cuando todo está resuelto solo profundiza la desconfianza.
También necesitamos recuperar el trabajo permanente en los territorios. Un Comité no puede abrir sus puertas únicamente durante las campañas electorales. Debe conocer su barrio, dialogar con las organizaciones sociales, acompañar los conflictos de trabajadores y trabajadoras, acercarse a los centros educativos, cooperativas y colectivos culturales. Debe volver a ser un lugar donde la comunidad pueda encontrarse, incluso con quienes no integran el Frente Amplio.
La formación política es otra tarea imprescindible. No una formación rígida ni dedicada a repetir consignas, sino vinculada con los problemas concretos de nuestro tiempo: el trabajo precario, la desigualdad, la salud mental, la vivienda, la violencia, el ambiente, las nuevas tecnologías y las transformaciones culturales. Formarse es adquirir herramientas para comprender la realidad y actuar sobre ella.
Hace falta, además, una relación diferente entre las direcciones y las bases. Quienes ocupan responsabilidades deben rendir cuentas regularmente, explicar sus decisiones y escuchar las discrepancias sin considerarlas una amenaza. La unidad no se construye silenciando diferencias. Se construye procesándolas con respeto, claridad y democracia.
Los jóvenes deben incorporarse con poder verdadero. No alcanza con invitarlos a realizar tareas o exhibirlos como señal de renovación. Hay que abrir espacios para que propongan, decidan y también se equivoquen. Al mismo tiempo, la experiencia acumulada por generaciones de militantes no debería ser descartada como una pieza de museo. La renovación auténtica nace del diálogo entre generaciones.
Las herramientas digitales pueden ampliar la participación, especialmente para quienes tienen dificultades de tiempo o movilidad. Debemos utilizarlas. Pero ninguna plataforma reemplaza completamente la conversación cara a cara, la confianza construida durante años ni la presencia organizada en el territorio. La tecnología debe estar al servicio de la militancia, no sustituirla.
Finalmente, sería necesario impulsar un gran proceso nacional de escucha y reconstrucción de los Comités de Base. No un congreso preparado para aprobar documentos ya escritos, sino una discusión franca sobre su situación, sus dificultades y su lugar dentro del Frente Amplio. Un proceso que culmine con compromisos concretos, mecanismos de seguimiento y una verdadera redistribución del poder político hacia las bases.
He vivido momentos mucho más oscuros que este y, sin embargo, nunca perdimos la esperanza. Por eso no escribo desde el desencanto definitivo. Escribo porque todavía creo en el Frente Amplio como herramienta de transformación y porque sé lo que la militancia organizada puede hacer cuando recupera la confianza en sus propias fuerzas.
Pero la historia, por sí sola, no garantiza el futuro. Haber resistido, gobernado y conquistado derechos no nos exime de revisar nuestros errores. Si queremos seguir siendo una fuerza de masas, debemos volver a confiar en las masas. Si pretendemos transformar la sociedad, necesitamos una militancia capaz de pensar, decidir y actuar; no solamente de acompañar.
Los Comités de Base no son una carga del pasado. Pueden volver a ser una parte esencial del futuro. Para eso debemos devolverles vida política, soberanía y presencia territorial. No alcanza con recordarlos en los discursos ni con abrirlos cuando llegan las elecciones.
Hay que volver a habitarlos, volver a discutir y sobre todas las cosas, volver a escuchar.
Somos una fuerza constructora de esperanza desde el territorio con los pies en el barro, debemos volver a construir desde abajo una vez más, venciendo a la adversidad.