¿ENCLAVE COLONIAL EN SUDAMÉRICA?

 

Hugo Tuyá 

La llegada de Trump por segunda vez a la presidencia de EEUU ha metamorfoseado completamente la geopolítica mundial ante una nueva era de conflictos que, a instancias de la globalización, implica una clara interferencia al multilateralismo, una reconversión del mapa de guerras regionales que se perpetúan, otras que se reconfiguran hacia la figura del narcotráfico, y a la relación comercial entre naciones. Un panorama general señala que hoy existen dos grandes conglomerados que disputan la supremacía comercial -podríamos denominarlos BRICS vs EEUU + UE- pero que se encuentran en disputas internas y en planos diferentes debido a su propio desarrollo político y productivo, creando un galimatías de poder en el ámbito planetario que modifica los términos de intercambio y genera enormes incertidumbres sobre el futuro del comercio regional y mundial. Si hasta el momento EEUU y sus intereses regionales sureño -diríamos su “patio trasero”- habían quedado en punto muerto o suspensión (stand by) debido al enfrentamiento directo con China y su exponencial expansión en el orbe con productos baratos e inversiones estatales en un sinfín de países desplazando la diplomacia comercial norteamericana, el cambio de estrategia trumpista supone, en apariencia, el abandono táctico de una guerra directa con el gobierno chino, pero el inicio de otra batalla comercial-imperial intentando ocupar territorios que fueron tierra fértil de los intereses norteamericanos durante 1 siglo y que la potencialidad, el bajo costo operativo, la habilidad diplomática, y las inversiones de China, han ido ganando de a poco, estableciendo relaciones más que beneficiosas con los países sudamericanos.

Un problema agregado para las comunidades de la UE que, más allá de sus delirios proteccionistas, han dejado caer las máscaras convertidas en lacayos de la política armamentística impuesta por EEUU en relación a la guerra entre Rusia y Ucrania. Además de suministrar sotto voce armamento a Kiev, han redirigido sus presupuestos a temas de Defensa en prevención de una eventual y poco probable guerra con Rusia, pero bajando un escalón más en la competencia industrial y comercial con China, que, a esta altura de los acontecimientos, maneja todos los componentes y estrategias de una industria mundial sin competidores a la vista.

Parece algo tendencial que la iniciativa Trump pretenda volver a fungir de potencia dominante en su patio trasero sin hacer gala de una guerra de alta intensidad y sin instalar dictaduras “amigas” que lo beneficien directamente. Pero aparecen otro tipo de amenazas solapadas como la manipulación de aranceles a discreción con determinados países del área, -amigos o enemigos según el ánimo del emperador norteño- llámese Brasil, o Colombia, o con el envío de buques al Caribe en un clima sorpresivo de amedrentamiento y encontronazo virtual con Venezuela, un supuesto narco enemigo y adicionalmente, chivo expiatorio para la prueba de campo de nuevo armamento tecnológico. Los mojones de Gaza y de Ucrania en guerra con Rusia han obrado como estímulo en el ego imperecedero de Trump y sus halcones, aunque suene a eufemismo, pero también como tinglado para un cambio drástico en la dirección de la política exterior que, en los últimos tiempos, ha permitido el crecimiento exponencial de China y sus socios circunstanciales.

EEUU ha ido perdiendo con el tiempo oportunidades de ocupar el mismo lugar privilegiado de antaño en el comercio global mientras sus propias empresas emigraban, -ya hace mucho tiempo- al este asiático por mejores costos operativos y cupos de inversión extranjera. Este estado de situación ha sido, entre otros, el caldo de cultivo permanente explotado demagógicamente por Trump desde su primera presidencia, conjuntamente con el mantra del “anti patriotismo” empresarial vs el desempleo local. A pesar de discursos grandilocuentes, algunas grandes corporaciones parecen no haber coincidido con la política nacional del trumpismo, excepto, como sabemos, en la venta de armas y en los monumentales subsidios a los gigantes tecnológicos, sectores componentes de la oligarquía gobernante a la cual se le apoya y también se la indulta. Con el cambio del viento geopolítico, la agenda exterior ejercida por los republicanos ha tomado un giro punitivo contra aquéllos que se rebelen frente a las nuevas exigencias y amenazas del gigante norteño en un declive histórico sin vueltas.

Por ese realismo mágico que brinda la Historia, de configurarse en el mismo tiempo determinadas condiciones geopolíticas con figuras disruptivas que convergen en cosmovisiones similares, -recuérdese el tándem Mussolini-Hitler- el presidente norteamericano parece haber hallado a su alter ego en la figura de Javier Milei, una cabeza de playa estratégica en el sur regional que puede brindar las condiciones perfectas para un nuevo desembarco del imperio en tierras sudamericanas y comenzar un nuevo proceso colonizador al estilo de viejos tiempos y conocidos uniformes. Sin la emergencia de ninguna violencia y mediante dinero contante y sonante, en régimen de “canje” por la entrega casi total de bienes fundamentales de la economía argentina, Trump pretende ser el nuevo conquistador de América Latina, teniendo bajo su mando a un títere domesticado y convencido de su propio servilismo.

Pero, más allá de la anécdota, Trump ha sabido utilizar también viejos trucos aplicados en antiguas colonias por imperios hoy desaparecidos, completando el virtual chantaje rastrero, donde, -cuenta la historia- los criollos dependientes de privilegios otorgados por la corona eran la correa de trasmisión de las órdenes llegadas del patrón colonial, cumpliendo con el deber de administrar como propio el rico patrimonio, esta vez consistente en petróleo, tierras raras, e intercambios arancelarios favorables al norte. A cambio, la “compra” de la deuda externa argentina por varios miles de millones de los verdes en condición de “préstamo o swaps”, negocio brillante para la industria informática y militar de la agenda trumpista y con la posibilidad cierta de la instalación de bases militares norteamericanas en el sur patagónico. Milei podría lucir ahora sus nuevos entorchados, -si no hay cambio de planes desde Washington- como el nuevo virrey en usufructo de un nuevo dominio colonial, y su debilidad y obsecuencia corren paralelamente el riesgo de ser una barrera de contención a las políticas acuerdistas del Mercosur tanto como al liderazgo de Brasil en el contexto sudamericano.

Estas imágenes parecen ser las preliminares antes de conocerse a cabalidad los mecanismos y el contrato que hará y tendrá Argentina con su nuevo patrón de estancia, estableciendo, de paso, un corte fundamental en el convenio del Mercosur que transformaría las condiciones de acuerdos y obligaciones entre sus socios, y sobre cuyas posibles violaciones todavía no se han escuchado comentarios. La nueva coyuntura se instala hipotéticamente con el timing adecuado en la previa de un TLC del Mercosur con la UE. En estos momentos, según el ministro Lubetkin, estaríamos en el umbral de concreción de un TLC entre el Mercosur y la UE, aunque las últimas noticias que provienen de Francia y de los últimos intercambios EEUU-Argentinaueden retrasarlo o detenerlo por completo. El giro de Trump para conveniar con Argentina un new deal al viejo estilo imperial, puede llegar, por lo tanto, precisamente para enturbiar el acuerdo Mercosur-UE, balcanizar artificialmente a los países que dependen de su comercio intrarregional, y ubicar a la Argentina de Milei, si no ocurren hechos inesperados, como un palo en la rueda para dicho acuerdo histórico, incluso obteniendo un territorio funcional a sus intereses geopolíticos en la batalla eterna contra el nuevo enemigo inventado que es, no por casualidad, China comunista. Como todo hito histórico en evolución, habrá que aguardar por las malas nuevas que esta situación traiga bajo el brazo del “garrote” trumpista y los dólares en disputa.

Por otro lado, siempre en el campo de la especulación, los cambios hacia la derecha de varios gobiernos de la región sudamericana oscurecen el futuro en temas de integración y unificación de intereses comunes y acentúan objetivamente la estrategia de Trump en el tratamiento individual de cada país y en la búsqueda de reconfigurar el comercio con una selección fina de los nuevos mandatarios y sus afinidades con EEUU. Uruguay, que mantiene relaciones diplomáticas en todo el orbe, ha optado hasta ahora por un camino intermedio, aunque abarcativo, no abandonando oportunidades de acuerdos con ninguno de los grupos de presión que tallan a nivel planetario, caso del Transpacífico, el cual ha aceptado a Uruguay como promitente miembro hasta que se resuelvan los acuerdos complementarios para un TLC y se firme la adhesión correspondiente. En un mundo de equilibrio completamente inestable por los intereses en curso, no parece fácil encontrar buenos referentes que signifiquen socios confiables para negocios y/o acuerdos interinstitucionales, más cuando ha llegado el tiempo histórico del comienzo de la caída de otro imperio que, por ahora, intenta aferrarse a su lugar mediante la velada amenaza de otra guerra mundial, aunque se sabe que las pérdidas, para la humanidad, serían mayores que las ganancias.