
Hoenir Sarthou
¿Un cambio de estrategia, un lapsus, un sinceramiento espontáneo, o un error? ¿Qué llevó al presidente Yamandú Orsi a definir al gobierno del salvadoreño Nayib Bukele como un ejemplo, ya sea para analizarlo o para reproducirlo?
La simple lectura de sus declaraciones en el ciclo de conferencias matutinas del Semanario Búsqueda permite descartar el lapsus. No fue una referencia espontánea, hecha al pasar. Orsi desarrolló su postura y afirmó que “la relación de los sectores progresistas con este asunto cambió de forma sustantiva, luego de años de evitar términos asociados a “la mano dura”. Agregó que antes la izquierda hablaba sólo de “convivencia”, pero que el problema es “seguridad y convivencia”, y que “hay que hablar de seguridad”.
Afirmó haberlo hecho con su colega chileno Boric, y que los dos coincidieron en evitar los eufemismos y en ocuparse de la seguridad.
La realidad permite dudar de lo afirmado por Orsi. Amplios sectores del partido de gobierno mantienen el discurso de la convivencia y vacilan en hablar de seguridad. Incluso hay en curso programas del Ministerio del Interior basados en el concepto de convivencia, como estrategia para barrios en que la coexistencia con organizaciones delictivas se ha vuelto realmente problemática para los vecinos.
¿Cuál es entonces la verdadera estrategia del gobierno, y la del partido de gobierno, en materia de seguridad pública?
Hay un aspecto nada menor que puede explicar la repentina admiración a la línea del gobierno salvadoreño. Bukele logró ser reelecto con el 85% de los votos, tras postularse para un nuevo período presidencial en condiciones de muy dudosa constitucionalidad. Y lo hizo montado en su caballito de batalla: la mano dura contra el crimen.
Cualquiera que conozca la actitud mental de los líderes y de las burocracias político partidarias de toda América sabe que eso es un argumento poderosísimo a favor de Bukele. Un logro que lo hace ser mirado con una mezcla de admiración y envidia profesionales por todos sus colegas continentales, que desearían poder asegurar su permanencia y la de sus partidos en cargos de gobierno.
Hay algo más. Las políticas que deben asumir los gobernantes latinoamericanos, y muchos de sus colegas europeos, para asegurarse préstamos de los organismos internacionales de crédito e inversión extranjera, son verdaderas picadoras de carne. Pocos gobernantes pueden salir con prestigio cuando se les exige recortar salarios, jubilaciones y presupuestos de salud y educación, en tanto contraen más deuda pública y exoneran de impuestos a inversiones que sólo dejan más deuda, desocupación y daño ambiental.
Entonces, que uno de esos gobernantes logre terminar un mandato e iniciar otro con 85% de votos a su favor les parece un milagro. Aunque no lo sea.
El gobierno de Bukele aumentó el endeudamiento con los organismos internacionales de crédito y los índices de pobreza de El Salvador, que rondan el 50% de su población, suscribió contratos y concesiones de muy dudosa transparencia con empresas y personas cercanas al propio Bukele y acaba de aprobar una ley que permite la extracción de oro, que estaba prohibida por sus efectos altamente contaminantes. Nada muy distinto de lo que hacen el resto de los gobernantes latinoamericanos, que suelen terminar sus períodos de gobierno con la popularidad por el piso.
¿Cómo se explica el éxito de Bukele, entonces? Sencillo: se basa en que El Salvador viene de décadas de violencia y criminalidad monstruosas, a las que redujo con mano dura y apoyo y financiación externos. Y algo más. Bukele tuvo la habilidad de centrar su discurso en ese aspecto. Su compromiso con la sociedad salvadoreña fue sacarla del horror, de los asesinatos indiscriminados y del miedo. Lo que le permitió distraer las miradas de la pobreza, el endeudamiento y los indicios de corrupción que le acompañan.
Es lógico. Cuando la angustia mayor es que a uno, o a los hijos de uno, los maten hasta sin motivo, lo demás pierde importancia.
¿Eso hace recomendable al modelo Bukele? No, claro que no. Uruguay no es El Salvador y no enfrenta todavía situaciones de violencia a esa escala. Las enfrentará si seguimos como vamos, pero no las enfrenta todavía. Lo que permitiría evitar el desmadre si se actuara con inteligencia, firmeza y creatividad, dentro de una legislación que proporcione garantías que en El Salvador no existen.
En ese contexto, las afirmaciones de Orsi son preocupantes. Porque no apuntan a construir políticas de seguridad pública pensadas desde la realidad uruguaya, sino a inspirarse en un modelo que, si bien es políticamente exitoso por ahora, parte de la ausencia de garantías que hasta hace muy poco estaban vigentes en el Uruguay.
Quiero creer que lo dicho por Orsi es una forma de introducir la más que necesaria revisión de las políticas uruguayas de seguridad. Pero no deja de ser preocupante, habida cuenta de la escasa creatividad que caracteriza a nuestro sistema político y la literalidad con que buena parte de la población interpreta cualquier mensaje.
Por las dudas, no, imitar a Bukele no es una buena opción. Sería a lo sumo una confesión de impotencia del sistema político y de la sociedad uruguaya.