Socialismo, internacionalismo  y Patria Grande

 

 Escribe: Julio A. Louis 

   Como materialista dialéctico (o marxista), y por consiguiente internacionalista y combatiente por la Patria Grande Nuestra  Americana, comparto el juicio de Lenin quien decía que “el planteamiento abstracto del problema del nacionalismo en general no sirve para nada. Es necesario distinguir entre el nacionalismo de la nación opresora y el nacionalismo de la nación oprimida, entre el nacionalismo de la nación grande y el nacionalismo de la nación pequeña” (“Acerca del problema de las nacionalidades o sobre la `autonomización’”). No son sinónimos grande y opresor, o chico y oprimido: el Reino Unido no es una nación grande (244.000 kilómetros cuadrados)  pero es opresora; Argelia (2.382.000) es grande y es oprimida. Otras veces, grande y opresor, chico y  oprimido pueden coincidir, casos de Estados Unidos  o Uruguay.  

   Lenin exigía que mientras los revolucionarios de las primeras deben defender el derecho de las segundas, los de las naciones oprimidas y pequeñas “deberá luchar contra la estrechez de criterio, el aislamiento, el particularismo de pequeña nación”.  (“Balance de la discusión sobre la autodeterminación”). 

 El mundo, la región, y la ofensiva norteamericana

Estamos en un complejo panorama mundial y de Nuestra América, que sufre la ofensiva imperialista; y es preocupante que a este aspecto exógeno, se agregue otro  endógeno, el concepto de Patrias Chicas enfrentadas entre sí, como lo viene demostrando el gobierno de Lacalle, sin ir más lejos con el exabrupto dicho, de considerar que Argentina es un “lastre” para el Mercosur.  

En un sistema en que pocos grandes Estados pesan,  se precisan   Estados fuertes al servicio de las clases populares y la integración de Nuestra América. Sí, hay que reconocer la existencia  de las clases sociales, de la lucha entre ellas, y de la necesidad de la revolución, ya que  el imperialismo implica explotación económica,  opresión política y alienación cultural. 

Eso nos obliga a transformar el carácter de clase del Estado y convertirlo de un Estado dependiente al servicio del bloque trasnacional a otro independiente, al servicio del bloque popular-alternativo, comandado por la clase trabajadora.  Más aún, considerando que  el sistema capitalista ha creado organismos que controlan, regentean o mandan sobre los Estados Nacionales, como la ONU, las instituciones financieras de créditos, la OTAN, la OMC, las empresas transnacionales. Es el Poder Trasnacional del capitalismo mundializado. Fidel Castro puso de relieve la importancia del “Club de Bilderberg” (nombre del hotel en Osterbeck, Holanda, en que se reúnen los grandes capitalistas del mundo) del que emanan las directivas que instrumentan esas instituciones encargadas de subordinar a los Estados Nacionales. Es más, el bloque dominante tiende a imponer conceptos tales como el de “estados fallidos” para los insubordinados, valora positivamente la  desintegración y proliferación de “regiones autónomas”, que sirve a Estados Unidos.  El Norte (Estados Unidos y ya muy relegada la Unión Europea)  manda aunque ese Poder Trasnacional declina y China ya es la primera potencia económica y el mundo se vuelve pluripolar.  

 Y en un sistema en que pocos grandes Estados pesan, para ser respetados, se precisa la integración de Nuestra América. Por ende, nos obliga a defendernos unidos en términos económicos, frente al supuesto “libre comercio”, llámese ALCA, TLC, Alianza del Pacífico o TLC Unión Europea-Mercosur, pues  habrá que optar entre la integración para la servidumbre o para la liberación.  Obvio, el gobierno de Lacalle ya optó por la servidumbre, como ha evidenciado en varios hechos en los quince meses de su mandato.  

 Eso nos obliga a defendernos unidos también en términos políticos y militares. Desde el poder de la burguesía trasnacional, y de su principal potencia militar (EE.UU.) se permite el espionaje hasta a los países “amigos” en que los servicios de inteligencia trampean el juego comercial y las relaciones internacionales, en que hay presos en condiciones infrahumanas  (ejemplo, en la base de Guantánamo, Cuba), en que hay ataques selectivos con drones (caso de Afganistán ), drones  que constituyen el negocio más floreciente del complejo militar-industrial de EE.UU., violaciones a la Carta de la ONU como las de Israel contra los palestinos o el bloqueo de EE.UU. contra Cuba. 

Ya en 2012 el Departamento de Estado elabora el Documento Guía que reorienta la actividad militar enfilada hacia una nueva Guerra Fría contra  China, a quien se le ofrece el sometimiento o la guerra. Esa China de quien afirma Jacob Zuma, Presidente de Sud África (2009-2018): “Las viejas economías se relacionan con nosotros como antiguos súbditos coloniales. Los chinos no se relacionan con nosotros desde ese lugar. Nos tratan como iguales. China viene a hacer negocios, no a decirnos lo que debemos hacer.”. Sin idealizar lo que pasa en China, es hoy la potencia comercialmente dominante en América del Sur, y su influencia  es decisiva en el  crecimiento económico regional. Y en el sentido expuesto por Bolívar, por Lenin y por Mao,  es un aliado táctico imprescindible. 

 Ese Documento-Guía exige de América Latina la cooperación para la guerra de los drones, para la que EE.UU. necesita infinidad de pequeñas bases, llamadas “nenúfares”, en galpones o barracones diseminados en Nuestra América y la cooperación militar como socios (las llamadas “Misiones de Paz” que se multiplican).  

   Simultáneamente, procura la renovación y/o continuación  de Convenios Militares de la Guerra Fría en el espíritu del TIAR (Tratado Inter Americano de Asistencia Recíproca), que reanudó la actividad de la 4ª Flota de guerra (cuando Brasil encontró petróleo en costas oceánicas), dirige golpes  de Estado, organiza “golpes suaves” desestabilizadores (caso de Venezuela),  apuesta a dividir al Mercosur, a la Unasur (donde ya ha sido exitoso), etc. El ex Presidente Correa advirtió que vendría una restauración conservadora, opuesta al proceso integrador.  Los gobiernos progresistas no han construido un banco que conforme la moneda única, un programa de inversiones colectivas, una industrialización suficiente, una estrategia común. 

   Y cuando aún se resiste esa restauración conservadora, es tarea de los socialistas que el proceso de integración  no vuelva a frustrarse como en el siglo XIX, que brilló en el Congreso de Panamá (1826) y naufragó en el Congreso de Tacubaya (1827).  Y atención: ya en el Cono Sur hay  bases  militares en Concón, en Malvinas, en Paraguay  y se busca  quebrar su unidad regional, usufructuando y ahondando los enfrentamientos entre Argentina y Uruguay, o entre Chile y Bolivia.   

   El escenario es de incertidumbre entre la dominación estadounidense y la independencia regional, nunca tan cercana ni tan amenazada. Admitamos que la región no está preparada para afrontar la agresión y lo que es peor, entre las naciones hispanoamericanas prevalece la rivalidad entre ellas.  “Matar argentinos, ahorcar peruanos, degollar bolivianos” han sido cánticos del ejército chileno, respondidos por el argentino, lo que nos retrotrae a las guerras fratricidas de la Triple Alianza (1865-70), del Pacífico (1879-83) o del Chaco (1932-26).  

   En conclusión, para los socialistas: debemos persistir en la defensa del internacionalismo de los trabajadores y en la defensa de la Patria Grande nuestro-americana.*