Contradicciones que no son solo energéticas (comentarios en torno al Santo Gas Natural)

 

Por Jorge Ramada

Mientras la pobreza aumenta, las ollas populares sobreviven con dificultad y algún fiscal se dedica a perseguir a los humildes que ocupan terrenos baldíos para construirse un techo, los parlamentarios y voceros partidarios se entretienen en discutir los amiguismos de un ministro o buscar las causas y responsables del fracaso de una regasificadora que hace años es historia (aunque siga generando gastos hasta el día de hoy).

La intención de incorporar el gas natural a nuestra matriz energética ha sido una historia de fracasos sucesivos : (Gasoducto Cruz del Sur, conexión con Argentina, regasificadora, que además de las pérdidas, ocasionaron otros daños menos conocidos. Por ejemplo, en la época de la conexión con Argentina, muchas empresas adaptaron sus generadores de vapor para funcionar a gas, con una inversión que esperaban rescatar prontamente por el costo sensiblemente menor en relación al fuel-oil; sin embargo, la conexión no era segura y cuando Argentina tenía un aumento de demanda, se cortaba el suministro para Uruguay. Eso obligaba a mantener la alimentación a fuel-oil para cubrir esos baches. Pero además, apenas volvía el gas, venía el apuro para volver a reconectarlo para seguir ahorrando. Aparte de todas las complicaciones operativas, se generaba un problema de seguridad, ya que era necesario hacer un barrido exhaustivo del fuel-oil residual antes de conectar nuevamente el gas. Si no se hacía bien, se generaba una explosión y, al menos en un caso (Parmalat en Nueva Helvecia) costó vidas de trabajadores.

Pero la regasificadora no venía sola: era un aporte de energía pensado para la aventura de la minera Aratirí y completada con el puerto de aguas profundas en el este. El proyecto de extracción de hierro estaba condenado al fracaso –tal como se advirtió al gobierno desde varios lados- porque basaba su rentabilidad en un exagerado aumento coyuntural del precio internacional del hierro, que no podía sostenerse por mucho tiempo. También era un buen negocio para las empresas navieras que iban a transportar el mineral al exterior(1) . Rentabilidades y negocios para particulares, nada pensado desde el punto de vista de mejorar la soberanía energética.

Es cierto que en los 15 años de gobierno progresista se avanzó en la diversificación de la matriz energética, atendiendo además a criterios de sostenibilidad ambiental. La incorporación de la energía eólica, junto con la solar (en menor medida) y el uso de residuos agrícolas (especialmente de la madera) bajaron sensiblemente la dependencia de los combustibles fósiles, al punto que una de las fuentes más caras de energía, la Central Batlle, ya está prácticamente cerrada.

Sin embargo, no todas son rosas. La incorporación de energías limpias, en especial los molinos de viento, se hizo en asociación con privados que hoy tienen asegurada la venta de la energía a UTE (y en el caso de los Fernández Fripur, cobrándole al Estado a la par que le dejaron un clavo al BROU)(2). Alguien le recriminó a Daniel Martínez en la campaña electoral que se hubiera dejado en manos de privados la instalación de los molinos. Su respuesta fue: --“¿Vos tenías los cientos de millones para invertir en ellos?” -¿Pero acaso el Estado no los tenía? ¿O no se quisieron tocar reservas internacionales, las mismas que ahora se le exige al gobierno que las use para enfrentar los efectos de la pandemia?

Y aquí otra contradicción. El representante del FA en el Directorio de OSE, Edgardo Ortuño, no apoyó la iniciativa para extender el saneamiento a más de medio millón de personas en el interior del país, porque se traslada fuera la ejecución y operación de obras millonarias, que encierran el peligro de privatizar el saneamiento”. ¿Es tan diferente este peligro de lo que fue la concesión de los molinos de viento? Y recordemos que en ese período, Ortuño fue legislador y vice-ministro de Industria y Energía.

Los temas relacionados con matriz energética y ambiente contienen múltiples contradicciones. Por un lado es buena cosa, desde el punto de vista ambiental, promover el uso de energías “limpias” como la eólica y solar, para sustituir las provenientes de combustibles fósiles y así poder cubrir los altibajos de la hidráulica, que sigue siendo la más barata. Pero si la generación se  deja en manos privadas, estamos resignando soberanía, aunque pueda admitirse, en algunos casos, la generación por parte de algunos emprendimientos productivos para su consumo. También nos achica la dependencia de la importación de petróleo (que no tenemos y es de esperar que dejemos de buscar –más bien que lo busquen– en nuestro territorio), aunque le complique un poco la operativa a ANCAP que deberá disminuir la proporción de fuel-oil en el fraccionamiento. Pero va a generar más temprano que tarde nuevos pasivos ambientales (palas de molinos, paneles solares obsoletos) que si bien no son insalvables, sería bueno que su recuperación o tratamiento estuvieran presentes en los costos que maneja el Estado para no generar un nuevo “clavo” a los tantos que hoy en día provienen de los residuos.

Y para terminar una última reflexión relativa a ANCAP. Es claro que este gobierno promoverá las privatizaciones y hará todo lo posible por debilitarla. Uno de sus objetivos es ALUR, que ya va camino de desaparecer, mientras el Ministro de Ambiente trata de justificar la eliminación del bio-diesel en el gasoil. Pero hay otra privatización ya consolidada de la que poco se habla: y es la del GLP (gas licuado de petróleo o supergas), producido por ANCAP pero entregado para un lucro seguro de un oligopolio que hace años está afianzado. Con subsidios para evitar un precio excesivo para aquellos hogares humildes que son uno de sus principales consumidores. Subsidio a costas del Estado, no del lucro de las empresas. Que por otra parte llevan años de jugosas ganancias extras gracias al resto de gas que vuelve con las garrafas agotadas y que vuelve a ser vendido en la siguiente entrega. Sin contar con las serias dudas que han expresado varios consumidores acerca de la cantidad real de gas que reciben, ya que la tara no suele estar indicada en la garrafa y no es normal que un consumidor la pese al recibirla. En resumen otra muestra de la “eficiencia” de las empresas privadas, apuntalada por la “ineficiente” empresa pública.

Notas:

 (1) Una acotación al margen; nuevamente aparecen aquí los intereses de las empresas navieras y, por tanto, de las corporaciones que controlan el comercio internacional; intereses que se alinean con los entusiasmos por aumentar el comercio exterior. Y así promovemos la exportación de materias primas, limitando la posibilidad de industrializarlas aquí; y luego importamos los productos manufacturados junto con varios bienes de consumo inútiles que ayudan a llenar los contenedores (que entran, los que salen se llenan con otras sustancias).

 

(2) Otra acotación. Una jerarca progresista (no recuerdo ahora su nombre ni su cargo) dijo que no era posible cobrarse la deuda al BROU de los pagos por energía, porque se trataba de razones sociales diferentes. Al parecer no había forma (¿o interés?) de probar la pertenencia a un mismo grupo económico. Pero además quedan expuestas las limitaciones legales que blindan al capital para estafar impunemente. Limitaciones que el progresismo no atacó. Hay muchos chanchullos que son legales, pero las leyes son construcciones de los parlamentos, que otros parlamentos pueden cambiar.

 

(3)  Eficiencia para el bolsillo de los patrones, claro, que además no son nada agradecidos con el Estado que los cobija. Recordemos que uno de los dueños de RIOGAS fue el que intentó un millonario juicio contra el Estado por no poder llevar a cabo un jugoso negocio que pretendía hacer con la ex-estación de AFE.