La empecinada naturalización de la muerte (de los otros)

 

Por : Lister

Robert Malthus (1766-1834) en su obra “Ensayo sobre el principio de las poblaciones (1798), establece los primeros esquemas teóricos acerca de los comportamientos demográficos y sostiene la relación estrecha que existiría entre la población y la economía, manejando la hipótesis de la imposibilidad del Estado  de brindar recursos suficientes. Toma como ejemplo a Inglaterra, para sostener el crecimiento demográfico constante y uniforme de sus coterráneos, y expone acerca de los  mecanismos naturales de autorregulación demográfica, como ser la movilidad espacial (inmigración-emigración),  guerras, hambrunas, y también el control privado de la natalidad en lo que atañe a las familias.

Si bien sus cálculos económicos y sus proyecciones de multiplicación poblacional no resultaron acertados, es bien cierto que estas tendencias fueron tomadas como base por algunos autores ocupados en estudios económicos y demográficos  ocurridos a nivel de la población inglesa en los años previos a la Revolución Industrial.

Los cálculos de probabilidad en grandes períodos históricos respecto a la evolución demográfica  han sido en general decepcionantes para los investigadores, puesto que desvirtúan, por lo menos en apariencia, las realidades particulares y geopolíticas de las naciones, tanto en Europa como en América.

Trayendo a colación elementos de política internacional, resulta  particularmente interesante el “Informe Kissinger” (1974), denominado Implicaciones del crecimiento de la población mundial para la seguridad de Estados Unidos y sus intereses de ultramar—Memorando No. 200 , elaborado durante la presidencia de Gerald Ford, “acerca del desequilibrio de poder mundial que traería como consecuencia para las naciones del norte industrializado  las tasas de crecimiento de los países subdesarrollados, y las medidas necesarias a tomar interviniendo en asuntos de distribución poblacional en el extranjero”.

Este aspecto quizás, no haya sido tenida en cuenta en sus proyecciones por la mayoría de los demógrafos, pero traer a colación una temática tan relativizada y manipulada por las religiones, la filosofía, las fuentes literarias, el psicoanálisis, y sin duda, la mitología cristiana, constituye de por si un desafío mayúsculo. Muchas teorías y teóricos rugen sobre el origen del Covid 19, y fuera del ámbito científico es posible ver y escuchar telenovelas de ciencia ficción a precio de nada, ya que “navegan” en el espacio virtual del whatsapp o en cualquier otra red social de moda. Y si bien la muerte puede ser y es consecuencia de la infección repentina por Covid 19 para muchos ciudadanos, la tendencia hacia una naturalización de aquélla parece confirmar la idea, “neomalthusiana”, de que también naturalmente, debemos ser menos en cantidad para que el Estado pueda sobrevivir y continuar funcionando en la protección de los habitantes supérstites, o de algunos “malla oro” en particular, además de aliviar el peso financiero del BPS en plena etapa de reforma estructural. En resumidas cuentas, este esquema basado en Malthus y su proyección demográfica en tiempos de Revolución Industrial, luce bastante alejado de la realidad del siglo XXI y de los cambios trascendentes en las relaciones de producción de  las fuerzas productivas, y, por lo tanto, de las transformaciones demográficas motivadas en una nueva realidad mundial.

Desechada “prima facie” la ordenanza malthusiana extrema, sin embargo la muerte natural de la población que va cambiando la estructura demográfica mundial al tiempo que modifica el tiempo de vida, alargándola  por medio de la medicina y la tecnología, forma parte de un sistema liberal de mercado planificado que instituye a la muerte como el fin del uso mercantil del trabajo asalariado, o en su defecto, del empresarial: lo que varía es la simple posesión de capital de giro. Se trata de el  poder del capitalismo y los límites “letales” de su propia hegemonía como axiología de supervivencia entre cuyas características emerge el individualismo excluyente como hecho normativo. En consecuencia, lo que reina es la absoluta incertidumbre frente a la aventura de la propia realización personal sin poder poner fecha de finalización, simplemente se vive y se ojea el obituario de los muertos. La vida de mercado permanece indiferente ante la burocrática mirada del Estado y la iniciativa privada donde, desde ciertos valores inherentes, se proclama el “usar y tirar” como un axioma sin discusión, y donde Eros y Thanatos y freudianos, funcionan como los motores de arranque -o pulsiones síquicas- del placer por vivir o la angustia de no hacerlo.

La idea de muerte también puede representar para nosotros, individuos anónimos, únicamente la desaparición de los otros donde mi “yo” no se reconoce también como “otro” pasando a la categoría de “inmortal” Se trata del blindaje espiritual para proyectarnos hacia delante y realizarnos frente al “yo” del resto. La pulsión erótica puede exaltar este sentimiento de angustia y buscar alternativas a la segura muerte que nos espera. Pero también existen otras formas de pensarse a sí mismo como ser comunitario, raciona y ético, haciendo valer cualidades muy estimadas pero poco ejercitadas en todos los ámbitos, aunque persiste lo que Mario Sambarino señala como una “aporía” ineluctable en “la contradicción ética versus la vida finita”. El comportamiento moral y una vida regida por una rectitud espartana, si bien existen ejemplos notables, coliden con las posibilidades de realización integral del individuo ya que su tiempo de existencia nunca será suficiente.

Jean Paul Sartre manifestaba, a través de su obra “El ser y la nada” que el ser humano es un experimento de Dios sobre la Tierra, por lo tanto, cualquier taxonomía particular para etiquetarlo resultaría por demás inconveniente y poco apegada a su verdadero origen empíricamente desconocido. Sin embargo desde el surgimiento de los estados, se han aplicado normas y leyes para acotar el veleidoso y volátil comportamiento del ser social frente a sus iguales regulando la vida y la muerte mediante sistemas burocráticos que disciplinan, ordenan, y administran nacimiento, decurso y fallecimiento, como piezas de un monumental engranaje que convierte la existencia en un mero trámite de oficina. Como resultado, la muerte pasa a ser una simple firma de funcionarios médicos y forenses, y el imaginario colectivo lo verá y lo asimilará como algo rutinario, tan cotidiano como ir de compras o pagar la factura mensual de sus gastos ordinarios, pero siempre que sea el “otro” la víctima propiciatoria. Quizás algo de esa atmósfera nos circunde con motivo de los contagios masivos y las muertes arrolladoras en horas presentes. Por lo pronto la ecuménica “libertad responsable” luce ya irrelevante.

Conceptos como  la vida y la muerte, unidades ubicuas del ser, que están a nuestro lado en cualquier circunstancia, especialmente cuando “salimos a la calle” por nuestro salario y nuestra sobrevivencia.  En la actual coyuntura pandémica hemos escuchado historias de todo tipo vinculadas con el quehacer sanitario y sus resilientes protagonistas, de cómo se enfrenta la angustia y la impotencia de ver morir gente del común, incluso compañeros de tarea, todos los días, sin poder hacer absolutamente nada que impida el fatal desenlace.

Naturalizar la muerte violenta fue una práctica común en pleno siglo XIX del Uruguay pastoril y caudillesco, donde a pesar de ciertas normas militares que se respetaban, fueron notorios personajes los que desconocieron la orden de  clemencia hacia los vencidos pasándo por las armas a los derrotados apenas terminada la batalla. La muerte de Leandro Gómez luego de caer Paysandú en manos de Venancio Flores y la flota brasileña puede ser el paradigma de la traición a dicha exhortación expresada por Artigas apenas finalizada la batalla de Las Piedras. La vida y la muerte no tenían un significado más que la eliminación del adversario y el pase a degüello de la mayor cantidad de ellos. No existía remordimiento ni dolor, ni se velaba al muerto, era la llamada “cultura bárbara”.  Fue necesario que la historia y las nuevas ideas acudieran a la medicina y a notorios hombres de letras, alfabetizados en culturas europeas y estadounidenses, para poner cierto orden en una masacre sin solución de continuidad que afectaba irremediablemente a la estancia y el proceso de alambramiento de los campos, con sus ganados y sus linderos de piedra. A partir del siglo XX comenzó una liturgia de privatización de la muerte alejándola de la impiedad bárbara de los enfrentamientos civiles y de los cadáveres dispersos en el campo de batalla. Ahora se vela a los muertos, se llora, y se expone públicamente el dolor por la pérdida irreparable.

Pero las muertes por la pandemia del Covid 19, carecen de la connotación bárbara y sin contención ética de aquel entonces, sin embargo tienen la particularidad de su riguroso seguimiento burocrático transformado en estadísticas impersonales.

Siendo cáusticos es cierto, el ejemplo del diario llevado por las SS hitlerianas puede resultar similar en pulcritud y puntillosidad con sus estadísticas de presos en los campos de exterminio, experimentos médicos y muertos por trabajo, hambre, tortura, o fusilamiento. La cultura particular sobre el tratamiento de la muerte es una grifa de distinción de todos los pueblos que, desde lejanos tiempos, establecen sus parámetros de abordaje mediante distintas formas de despedir al fallecido. Rituales ancestrales o clásicos, hacen que, de una forma u otra, la muerte se vaya naturalizando por atavismos o por costumbre, no quedando espacio para un recordatorio que remueva un sistema burocrático aceptado y se transforme en un hecho fuera de las estadísticas habituales.

En tiempos posmodernos, de liberalismo trasnochado, de irresponsabilidad estatal a la vista de los resultados epidemiológicos, esta  muerte, en cierta forma aleja la posibilidad de un abrazo fraterno y de protección, y queda sola, aislada en el espacio, vigilada por funcionarios y operarios controlados por un protocolo tecnocrático sin ningún contacto afectivo, y el muerto se convierte en un objeto fuera de la realidad y prontamente olvidado por la fuerza y necesidad de  sobrevivencia de sus congéneres. Es la naturalización del olvido y de aventar la “parca” lo más lejos que sea posible y también descubrir la fragilidad existencial que nos supera y que no resiste absurdos y desubicados relatos de medidas y previsiones sanitarias.

Increíblemente, si es que las encuestas fueran verdaderas y confiables, el gobierno pese a los miles de enfermos y muertos, gozaría de una mayoría ciudadana que apoya su política sanitaria por lo que es dable pensar que la “naturalización” de su discurso de “laisser faire, laisser passer” es consensuado por miles de personas  lo cual actúa como blindaje contra las denuncias planteadas desde la oposición y el ámbito científico. En respuesta a las mismas, se recurre al contraataque sistemático agendando, todavía, temas de la anterior administración que fueron discutidos más de una vez en el Parlamento y en los medios convirtiéndose en otra chicana que se va naturalizando como método para empardar culpas, reales o falsas, con un maniqueísmo de “guerra” entre amigos y enemigos según el color partidario, pero sin una lógica que explique el por qué y el cómo se llega a esta coyuntura terrible

De alguna forma, explicita o no, estamos inmersos y “disciplinados” en una burocracia invisible que maneja los cuerpos y la muerte, los movimientos y las costumbres, pero lo asimilamos como algo similar a leer un diario, ver un partido de fútbol, o escuchar una canción, es decir: una naturalización de la futura muerte que nos aguarda en cualquier lugar.