El arranque del 4º progresismo

Jorge Ramada 

    “Yo esperaba todo de un Gobierno popular que haría su mayor gloria en contribuir a la felicidad de sus hermanos...”

                                                                                                        (Artigas a la Junta de Paraguay 7/12/1811)

 

Cuando terminó febrero, como todos los carnavales, se fueron una vez más los Asaltantes, prometiendo volver; solo que este año se fueron además otros asaltantes, los que tomaron por asalto el Estado y repartieron el botín con sus amigos y allegados (digo el Estado, porque el país lo toman permanentemente por asalto los “malla oro” y compañía; esos, por ahora, no se van, aunque también se asalten entre ellos, como ocurre con la “Conexión Ganadera”). También prometen volver y esperemos que el pueblo no los deje cumplir su promesa.

Sin embargo, antes de que llegara febrero salieron a luz otros asaltantes (éstos con bastantes patentes) que se van: los japoneses de Yazaki, que vinieron a hacer su negocio aprovechando facilidades tributarias y terrenos públicos, pero no toleran que los trabajadores reclamen sus derechos y encima los quieren responsabilizar por el cierre de la empresa (para esto último tuvieron como vocero a un tal Daverede, Director de Trabajo del “Ministerio del Capital” que encabezó Mieres). Se sumaron algunos voceros de los medios diciendo que es lógico que se vayan y que otros no vengan, si van a poner a un comunista al frente del Ministerio de Trabajo. ¿Qué es esto, sino la más descarada expresión de odio de clases por parte de los que dicen que la lucha de clases es un invento de la izquierda?

Cuando empecé a escribir este artículo pensaba reflexionar sobre lo que nos esperaba a partir del 1º de marzo; lo cierto es que fue más preocupante lo que pasó antes de que terminaran de irse los asaltantes; aprovecharon hasta el final de sus días para dar nuevas concesiones a los empresarios, como la aprobación de la ley para reglamentar el trabajo en plataformas, hecha al gusto de sus dueños.

El caso Yazaki es emblemático, pero no es el único, ni será el último. Lo siguen algún frigorífico, Calcar, y parcialmente Paycueros. Ya tuvimos varias empresas que cerraron su producción en el país para traer sus productos de otros lados donde podían explotar más a sus trabajadores. Cada vez se hace más necesario poner en el orden del día la defensa de los puestos de trabajo. Y poner en cuestión qué es lo que gana el país con los muchos beneficios que le da a este tipo de inversores. No vienen a “dar trabajo”. Vienen a hacer sus negocios donde ven facilidades para instalarse con ciertas garantías para asegurar sus ganancias. Habrá que ir pensando en obligaciones más duras para las empresas trasnacionales que vienen a invertir al país con muchas concesiones y pocas obligaciones. Se mueven en la lógica del sistema, pero ¿no se los puede limitar? Por poner ejemplos: si dejan de producir, que no puedan vender sus productos aquí; si dejan sus instalaciones, que pasen a poder del Estado. Ideas que van a contramano de lo que manejan los economistas, pero pensadas para romper la impunidad con que se manejan. No estaría de más empezar a discutir con más fuerza entre los trabajadores la apropiación de esos medios de producción que el capital abandona.

Los asaltantes blancos (y sus aliados) desde un primer momento marcaron el carácter de clase de su gobierno, con su referencia a los “malla oro” y con gran parte de las medidas que incluyeron en la LUC. Y la alternativa no debería ser un gobierno que intente conciliar con los dueños del país, en aras de buscar amplios consensos y políticas de Estado.

Pero cuando analizo el arranque de este gobierno, aparecen las incertidumbres: un Ministerio de Trabajo que va a pensar primero en los trabajadores, pero que tendrá que soportar presiones, no solo de los empresarios, sino incluso de sus propios compañeros del frente gobernante; un equipo económico monopolizado por la ortodoxia de los equilibrios macroeconómicos y prudencia fiscal, reforzado con cuadros que hicieron carrera en el FMI o en el Banco Mundial; un MIDES con marcada sensibilidad social, pero cuyas acciones dependerán del presupuesto que le asignen los ortodoxos; un Ministerio de Ganadería que prioriza las exportaciones por sobre el cuidado del ambiente; un Ministro de Ambiente que se ha opuesto al proyecto Neptuno, pero que desde sus filas le hablan de “cumplir compromisos” o que “la opción 1 no es rescindir el contrato”; un BPS presidido por alguien que firmó la carta de los frenteamplistas contra el SÍ, contrariando lo expresado en las urnas por las dos terceras partes de los votantes frenteamplistas. No dudo que entre quienes asumirán el gobierno haya quienes quieren “contribuir a la felicidad de sus hermanos” como pedía Artigas; pero para que se concrete en realidad que “los más infelices sean los más privilegiados” no alcanza con buenas intenciones, sino decisiones políticas que no vacilen ante los hechos consumados que dejan los que se van ni ante las presiones del poder.

Y ahora aparecen algunos anuncios de primeras medidas: “extensión por un año del régimen de promoción de inversiones para la construcción que instauró Lacalle Pou”, o sea que seguirán lucrando las constructoras para hacer viviendas para la clase media y alta (y además, que la mitad queden vacías); “preocupación por solucionar cuanto antes la situación de la Caja Profesional” (pero la reforma de la seguridad social se va empezar a discutir para concretarla el año que viene). ¿Cuáles son entonces las reales urgencias? Cuando se menciona la pobreza infantil como urgencia señalada durante la campaña electoral, aparecen las excusas: “dentro del gasto social que nos permita la situación fiscal que nos dejaron”; “es un problema complejo con múltiples factores”. Entonces, esta urgencia se diluye ante la “complejidad” o la “situación fiscal”.

Pasan los días y aparecen nuevas señales: se va a “examinar” el contrato por el proyecto Neptuno y para eso se negocia con el consorcio constructor; no se convoca a la academia o a los sindicatos y tardíamente reciben a organizaciones sociales que han puesto fundadas objeciones al proyecto. El presidente viaja a Panamá acompañado por empresarios arroceros; no fue ningún trabajador del arroz, no sea cosa que fuera a denunciar las agresiones a la salud que sufren por el uso de agrotóxicos. Un “gobierno de cercanías”... con los empresarios. ¿Acaso los arroceros y los del consorcio Aguas de Montevideo no son parte de los “malla oro”?

Es claro que lo que va a ocurrir no está escrito y que la movilización de trabajadores y otros sectores populares puede torcer algunos caminos que se insinúan. El 1º de mayo los trabajadores pusieron en el tapete no solo algunas reivindicaciones, sino propuestas concretas. Pero al parecer, no le cayeron bien a los gobernantes. Va a ser fundamental acompañar la lucha de los colectivos que se movilizan en defensa del agua; profundizar los reclamos de los compañeros que en el campo sufren permanentemente las consecuencias de los agrotóxicos. La lucha por el plebiscito de la seguridad social fue un ejemplo y lleva a pensar en generar nuevas instancias de democracia directa, incluso ver hasta dónde es posible institucionalizarlas para superar insuficiencias de la democracia representativa.

Vivimos en un mundo de incertidumbres, de guerra permanente, de conflictos que pueden derivar en catástrofes. La lucha entre el capital y el trabajo llevada a conflictos internacionales que no tienen más razón última que el control de territorios o materiales estratégicos para asegurar la rentabilidad del capital y el poder de las grandes corporaciones. En medio de estas incertidumbres, la única certeza de un gobierno de izquierda debería ser colocarse del lado del trabajo, en medio de la contradicción que lo enfrenta al capital. Ponerse del lado del trabajo lleva en última instancia plantearse la expropiación de los expropiadores. Si no se entiende que el origen de las desigualdades y de la pobreza -que todos acuerdan en combatir- está en la expropiación a que está sometido el valor generado por el sudor de los trabajadores, no habrá gobierno auténticamente de izquierda. ¿Lo entiende así el equipo económico del gobierno?

No estamos hablando del asalto a las propiedades, pero sí que es necesario combatir la riqueza, al menos en sus formas más extremas, si se quiere acabar con la pobreza. El crecimiento a que apunta el próximo gobierno como base para una mejor distribución de la riqueza depende, dentro del modelo de producción vigente, en gran parte de coyunturas internacionales que pueden ser o no, favorables. Pero las acciones hacia una mayor equidad dependen de una decisión política. El mero crecimiento no asegura de por sí un desarrollo en equidad (o sustentable no solo en el plano ambiental, sino especialmente en el plano social). Ese desarrollo debería ser lo prioritario, haya o no crecimiento. Es más, habría que plantearse si no es necesario apuntar ante todo a una distribución más equitativa como base para generar un desarrollo hacia adentro. Desarrollarse hacia afuera es en última instancia trabajar para asegurar la rentabilidad de los grandes monopolios industriales, comerciales y financieros.

Pero además están las necesidades adicionales y urgentes de fondos, fruto de la forma en que entonaron los asaltantes su retirada. Para eso, teniendo en cuenta esta nueva realidad en que Trump patea el tablero y viola acuerdos económicos entre países, que se suponían aceptados, ¿no será un momento adecuado para replantear algo que estaba en los programas históricos de la izquierda -y sobre lo que tanto insistió el Bebe Sendic en sus escritos- es decir, desconocer la deuda externa o al menos postergar el pago de los intereses? Ideas que no suelen estar ni cerca de la cabeza de los economistas más o menos ortodoxos.

En todo lo anterior, hay poco que ya no se haya escrito antes. En artículos de “Claridad” y en los escritos por varios otros pensadores -políticos, sociales o económicos- en otras publicaciones. De alguna manera es llover sobre mojado. Viene a cuento entonces lo cantado por Silvio Rodríguez en su canción “Llover sobre mojado”: “El sueño se hace a mano y sin permiso, arando el porvenir con viejos bueyes”. Los viejos bueyes que tiene el pueblo en nuestra sociedad de hoy: los sindicatos, las cooperativas, los diferentes colectivos barriales, cada uno con sus limitaciones, con sus contradicciones internas, con el peso de las ideas dominantes en la sociedad, con las presiones hacia el consumismo y el conformismo, alimentados por la mayoría de los medios de difusión. Porque aun así, el pueblo deberá seguir arando, única forma de cosechar un porvenir de bienestar.