¿Por qué la mujer que ha estado con muchos hombres pasa a ser una cualquiera, pero el hombre se convierte en un macho excepcional?

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Escribe: Marcelo Marchese

Que esta concepción es una construcción cultural es evidente, pero la pregunta es por qué se ha construido este prejuicio. Se podrá decir que lo han construido los hombres, pues saldrían beneficiados, pero así y todo habría que ver cómo se ha construido y sobre todo, si existe alguna realidad biológica diferente entre hombres y mujeres que haya sido la base de esta construcción cultural.

Antes de abordarla debemos resolver qué tan cierta es la afirmación de que conviene a los hombres. Por un lado, se supone que convendría al hombre casado, pues mantendría a raya a su esposa, pero perjudicaría a ese hombre en sus posibilidades con otras mujeres, y con certeza, perjudica a todos los demás hombres que desean a su mujer. Por el otro, esta concepción no logra su objetivo, no controla a ninguna mujer, sino que la obliga a salirse con su propósito pero actuando con suma discreción. Que se sale con su propósito no hay duda, pues hay tantos hombres infieles como mujeres, y hacen tantas veces el amor unos como las otras, algo por demás evidente. Sin esforzarnos demasiado podemos concluir que si el varón construyó esta idea, lo hizo para su perjuicio, pues no gana absolutamente nada: la mujer igualmente hace lo que quiere.

Lo seguro es que todo prejuicio, y toda idea falsa, se basa en la deformación de una idea verdadera o de una realidad. Si una mentira o un prejuicio toma muchas cabezas es porque algo en su base lo permite, aunque lo que se erija sobre esa base sea un disparate.

Lo que afirmo es que hay sustanciales diferencias biológicas entre el hombre y la mujer, y hay sustanciales diferencias entre lo que buscan uno y otra.

¿Por qué el hombre “experiente” es valorado? ¿Qué es lo que busca una mujer en un hombre? En cierto sentido es difícil afirmarlo, pues cada mujer busca algo diferente en función de su propia historia, pero a riesgo de recibir un ataque en toda regla, diría que la mujer lo primero que busca es protección. Esta protección está relacionada con el origen de la monogamia, una construcción cultural pues la especie decidió abandonar una tendencia natural hacia la poligamia por considerarla menos eficiente para la especie. Acaso la monogamia sea la piedra fundacional de la cultura, y acaso el parricidio, algunas mitologías lo testimonian con elocuencia, la rebelión de los hombres contra el macho alfa sea, sino el principio de la humanidad, un paso absolutamente determinante para la especie.

Pero volvamos a la protección. Nadie dice que la mujer no sea fuerte, pero es fuerte en ciertas cosas en las que el hombre es débil y viceversa. Aquella primera mujer que empujó hacia la monogamia tiene un instinto que domina todos sus demás instintos, proteger a su descendencia, un instinto que supera su propio instinto de supervivencia. En ciertos primates cuando un macho alfa vence al anterior, asesina a su descendencia e instaura una nueva, así que primero había que proteger a la descendencia de estos machos alfa, luego, de las incursiones de otras tribus, luego del peligro de otros animales y por último, del hambre y el frío. Nada más fácil de imaginar que una cueva en la que entra un oso, en que la madre protege a su criatura y el padre lo enfrenta y si lo vence, lo carnea y lleva al fuego. Cualquier otro macho más simpático y bonito, ante éste, tiene muchas menos chances, pues éste satisface el instinto esencial, y al satisfacerlo, la hembra elige los genes portadores de ese macho para su propia descendencia.

Así que se buscará un macho que brinde descendencia y una buena descendencia, un macho que sea protector, por lo que se valorarán virtudes como la fuerza, la inteligencia y el coraje, pues, se sabe, hombre cobarde no consigue mujer bonita. También incidirán los rasgos físicos del macho y en particular, aquellos rasgos que lo diferencien de otras especies de homo que andaban en la vuelta, especies que portan genes que la hembra no quiere en su descendencia.

A la hora de elegir a un macho que por anticipado no se sabe demasiado de él, incide el juicio de las demás hembras. Un macho que ha tenido muchas hembras ha sido validado por las hembras, y si es deseado por ellas, es deseado por ellas.

El hombre busca otra cosa y en especial unas buenas caderas y unos buenos pechos. No hay poder que pueda contra eso y ni siquiera Hollywood y su nueva tendencia de belleza podrá desterrar ese imaginario masculino. Aquí la belleza física alcanza una gravitación relevante, a lo que se suman los miles de años de convivencia con otras especies de homos. El macho entonces buscará la hembra que perpetúe sus genes, que se preocupe de su descendencia en vez de andar loqueando por ahí y en especial, que le de seguridad de que sean sus propios genes y no los de otros, con lo que llegamos a un asunto crucial: la hembra sabe que el hijo es suyo, pero el hombre no sabe que ese hijo es suyo. Este simple detalle explica mucho y destierra unas cuantas tonterías. Allá se busca un macho validado, acá se precisa una hembra cierta. Sexo es destino, y como dice la voz popular: "A una llave que abre muchas puertas se le llama llave maestra. Una cerradura que se abre con cualquier llave no sirve como cerradura".

Uno adivina las objeciones que levantarán estas palabras, e incluso uno adivina el tono con que se elevarán las tontas acusaciones disfrazadas de objeciones. Muchos años atrás una adivina me dijo que era un hombre sabio, pero todavía me quedaba mucho por aprender de las mujeres, en el sentido de que ellas tendrían mucho que enseñarme, madre, compañera, hermana e hija. La primera está asegurada por Dios, o por la Diosa, a cada hombre, las otras tres serán obra del destino. Siguiendo la profecía, o el consejo de aquella adivina, he estado atento a escuchar el rumor del mar, que algunos llaman “la mar”, así que aquí no he hecho otra cosa que transmitir lo aprendido.

Para terminar agrego un par de detalles. El semen tiende a desperdigar millones de espermatozoides, en cambio, el útero atesora pocos óvulos. El pene, que tiene tantos sinónimos, es público, sale afuera y necesita exhibirse, la vagina, que tiene tantos sinónimos, no precisa de exhibirse y mucho menos de salir afuera. A cada cual su naturaleza, y esta ley se aplica incluso a las voces airadas que se levantarán ahora, como se han venido levantando desde hace algún tiempo como enemigas de la vida.