Anécdotas y recuerdos de una vida uruguaya
El humor en la vida diaria de los uruguayos ha estado, y está presente todos los días, en todo el territorio: en un diálogo en una calle; en una frase en la puerta del baño de algún bar; en un autoadhesivo en el parabrisas de un automóvil; en un muro; en las emisoras de radio; en la prensa; en un dicho de un niño, o niña; en el trabajo (si habrá material aquí), etcétera. Pero también, al viajar por el exterior, nos sorprendemos del humor existente por el mundo, y ahí nos damos cuenta de que el humor llegó, sin lugar a dudas, con nuestros antepasados migrantes.
No soy un experto en el tema, pero me animo a afirmar, como ya lo he repetido, que el humor nuestro de cada día, vino mayoritariamente con los españoles, porque vino también con los tanos, los ingleses e inmigrantes de otras nacionalidades. No creo en esa teoría de que los nacidos aquí somos apagados y tristes, a lo sumo podemos ser más sobrios o formales en las Comunicaciones. Pero como otra teroría, cuento un dicho escuchado a un argentinos: “Triste, como uruguayo contento”.
El texto que sigue a continuación recoge anécdotas que fueron escuchadas o vividas a lo largo de muchos años de una vida uruguaya y las transmito tratando de ser fiel al humor que cada una de ellas conllevaba
1961
Tato: te ganaste el Cielo
Con nuestro grupo de amigos de la escuela, nos reuníamos en forma alternada en la casa familiar de cada uno de nosotros. Un día estábamos en la casa del «Pelado», quien tenía un hermano un poco más grande al que llamaban Tato. Tato tenía, según se decía, un problema psíquico. Según contaban, en una ocasión se había inventado unas alas y se había tirado de la torre de la iglesia de Maldonado, con el resultado de que se había «hecho pelota» contra el piso.
El Tato era callado y hacía una vida que, desde nuestra perspectiva de niños, veíamos como normal. Un día de Semana Santa, la madre mandó al Tato que fuera a la iglesia a participar de las actividades que tradicionalmente se hacían durante esos días en la parroquia fernandina. Nosotros estábamos en su casa cuando volvió el Tato de la iglesia. Era muy callado y había que sacarle las palabras con tirabuzón. Con su madre estableció este diálogo:
—Y, Tato, ¿cómo te fue en la parroquia?
—Bien.
—¿Pasaste bien?, ¿te gustó lo que habló el cura?
—Sí.
—¿Y de qué habló?
—Habló del pecado.
—¿Y qué dijo del pecado?
—Que… no es partidario.
Chorizo peligroso
Otro día, con el Tato y todo este grupo de amigos, habíamos ido a una fiesta de la Escuela Industrial (hoy UTU), a una especie de kermés de fin de año. Había una cola muy grande y abarrotada de gente para comprar chorizos.
Como el parrillero estaba ubicado en una especie de embudo entre dos paredes, se hacía casi imposible salir una vez que habías logrado la hazaña de comprar, dado que la gente empujaba en sentido contrario. El hermano del Tato, que había ido con nosotros, era poseedor de cierta viveza criolla (que le dicen) porque se le ocurrió, para poder salir del atolladero, levantar el chorizo por arriba de su cabeza y gritar: «¡Cuidado con el jugo!». Inmediatamente la gente se abrió para dejarnos salir, con miedo de ser alcanzados por el elemento anunciado.
1964
Ni tan tan, ni muy muy
Una de las primeras diferencias que percibí entre la gente de «afuera» y la de ciudad, cuando, en mi adolescencia, llegué a Montevideo, fue la valoración, en cada uno de estos lugares, de la «gente de buena familia».
Sé que no se puede generalizar, porque supongo que debe depender de los lugares en los que uno se mueve, pero en el interior se escuchaba mucho esta frase: «Es gente muy bien, gente de mucha plata». En cambio, en la ciudad se escuchaba más decir: «Es gente muy bien, gente muy inteligente».
Los «tejanos» uruguayos
Un día fuimos con un grupo del liceo y un profesor a jugar al fútbol al barrio La Teja de Montevideo. Nos contó el profe que este barrio, en el que existían grandes fábricas, estaba habitado por una población netamente obrera y tenía una tradición muy combativa en las luchas gremiales. También los partidos políticos de izquierda le dieron al barrio mucha importancia con actos callejeros. La plaza Lafone fue uno de los lugares preferidos para muchos de esos actos.
Algo que se conoce poco y que es contado en el libro Montevideo Sonoro, de Martín Machín y Gabriel Bentancor, es el origen del nombre del barrio. Dicen estos autores que: «Estas tierras pertenecían al empresario de origen inglés Samuel Lafone, quien llevaba adelante un saladero de grandes dimensiones. Las construcciones de este establecimiento, tanto los galpones como las viviendas para los obreros estaban inspiradas en la arquitectura de las islas británicas, tenían techos a dos aguas de tejas, de ahí la denominación que se arraigó de forma popular».
¡Muy bien dicho!
Me contó mi amigo Roberto esta anécdota de su juventud, como militante del Partido Socialista.
Estaba haciendo la presentación de un acto de su viejo y querido partido, en La Teja. Él hacía todo: hacía la pegatina los días previos y también las pintadas convocando, y también llevaba, el día del acto, en una vieja camioneta Fordson del año cincuenta, los equipos para amplificar el sonido y los colocaba en los árboles y columnas de la plaza Lafone. Construía también Roberto un pequeño estrado, y, por último, tenía la tarea de presentar a los oradores. Su juventud hacía que no tuviera aún la soltura necesaria para desempeñar esta tarea, pero, según su recuerdo, «No había otro…».

Cuando le tocó presentar a una joven, lo hizo con estas palabras: «A continuación hará uso de la palabra en nombre de las Juventudes Socialistas la compañera Patricia…». Subió la compañera a hacer su discurso y, pese a que había leído y releído su texto varias veces, quedó «en blanco» cuando se enfrentó al micrófono, fruto del nerviosismo que le ocasionó ver a toda esa gente cerca del estrado pendiente de sus palabras. Se quedó algunos segundos esperando y pensando cómo arrancar. Pero, por el estado de shock que le provocó la situación, decidió bajarse del estrado, disculpándose con la audiencia con estas escuetas palabras: «Compañeros y compañeras: perdonen, compañeros…». Subió, entonces, otra vez Roberto en su rol de presentador y, con mucha fuerza y pensando poco lo que decía, también nervioso por la situación, comunicó: «En nombre de las Juventudes Socialistas hizo uso de la palabra la compañera Patricia…».
1966
Fuera de protocolo
Con 18 años volví, esta vez solo, a vivir en el interior del país. Me fui a trabajar a Agraciada, Soriano, lejos de mi familia y de mi hábitat montevideano. Me sentía deslumbrado por aquella experiencia, descubriendo un mundo nuevo, rodeado de gente bastante mayor que yo, que me impresionaba con sus cuentos y anécdotas, mayoritariamente locales.
Acrecentaba mi deslumbre lo abiertas y comunicativas que eran estas personas, teniendo en cuenta, además, que yo hasta hacía poco había estado viviendo en Montevideo, en Pocitos, con vecinos más bien hoscos, que ni te saludaban cuando te los encontrabas en el ascensor.
Una característica del pueblo Agraciada era que existía una especie de orgullo por el hecho de que nunca se había producido ningún divorcio. Pero había trascendido (en pueblo chico todo se sabe) el comentario sobre la posible separación de una pareja local. Resulta que un paisano, conocido por el sobrenombre de «Regalón», había comentado que se iba a separar de su mujer.
En aquellos años, en el interior de nuestro país, los presidentes de las juntas locales tenían un notorio prestigio y ascendencia sobre la población de sus pueblos. En el caso que nos ocupa, varios vecinos hablaron con Danilo, el presidente de la Junta Local de Agraciada, pidiéndole que a su vez, que hablara con «Regalón», y lo convenciera de deponer su decisión. Según contaban, este fue el diálogo entre ellos:
—¿Sabe una cosa, «Regalón»?, Usted es un hijo de este pueblo, igual que su mujer, y me he enterado que tiene intención de separarse de ella.
—Y sí, Danilo, lo que pasa es que mi mujer es muy difícil y medio histérica, y hace como tres años que prácticamente no tenemos relaciones.
—Lo que pasa, según me han comentado, es que usted bebe mucho alcohol y está poco en su casa.
—Bueno, Danilo, usted sabe que yo trabajo haciendo changas por las estancias y a veces demoro una semana en volver y cuando vuelvo ella no quiere nada conmigo.
—Pero no me diga eso, Regalón, si ustedes incluso tienen una nena, así que relaciones tienen…
—Eso sí, Danilo, pero muy pocas veces. Le cuento que desde que nos casamos a mi mujer solo le eché dos nomá, el de la nena y otro.
Promesas son promesas
También de esa época, cuando yo trabajaba en Agraciada, en una barraca de oleaginosos, cereales y lana, una de las tareas que realizábamos durante la zafra era ir, uno o dos domingos por mes, a buscar la lana comprada a algún establecimiento rural.
Estos casi siempre se encontraban a más de veinte kilómetros, por caminos rurales.
Como yo solía ir a los bailes en Carmelo los sábados de noche, más de una vez volvía con la salida del sol, para enganchar justito con la salida laboral.
Me cambiaba la ropa y salía de vuelta, sin dormir, para el trabajo.
El chofer del camión que nos llevaba era conocido como el Gringo. Era un rubio grande, muy conversador y jodón, que se metía con todo el mundo.
En uno de esos viajes, cuando íbamos por la mitad del camino hacia la estancia, paramos en un almacén de campaña a comprar cigarrillos y algo para tomar. Nos atendió Rosita, una veterana canchera, que era conocida de todos. Cuando nos íbamos, el Gringo le dice, en broma, a la veterana: «Adiós, Rosita, aprontate que a la vuelta capaz que hacemos algo».
A la vuelta, cuando volvíamos con el camión cargado de lana, paramos nuevamente para comprar algo en el almacén de Rosita. Hecha la compra, nos despedimos y nos subimos al camión. Ya en marcha, sale Rosita a la puerta y grita fuerte: «¡Che, Gringo!, ¿y lo que me ibas a hacer?».