Como te cuento una cosa… nro 68

Los textos que se viene publicando en las páginas de Claridad, son una selección de las crónicas del libro «Como te cuento una cosa…» con recopilación de temas escuchados, o leídos en distintos medios de nuestro país, en los últimos 60 años, o más…, incluyendo también vivencias en nuestra familia.

Nuestros primeros contactos, de gurises, con lo cultural y social, que forman nuestros valores y nuestra idiosincrasia, son a través de nuestros padres.

Rescato de mi memoria, algunos de los dichos, los versos y los consejos que escuché de mi familia durante mi infancia. Como se sabe, muchos de ellos son, como dijimos ya anteriormente, importados de Europa y mayoritariamente «made in Spain».

Los dichos o las «frases hechas», que generalmente se trasmiten de generación en generación, no siempre coinciden literalmente con aquello que se expresa y son el fruto de la experiencia, la sabiduría popular y el conocimiento de una sociedad.

Al estar muchas veces acompañados por el humor, se desdramatiza lo literal y desaparece ese posible sentimiento de que «te tiraron con un consejo, o una sentencia mirándote por arriba del hombro».

Aclaro que por tratarse de una muestra del humor que mamamos los que nacimos en esta tierra, hacemos más hincapié, justamente, en las frases con veta humorística, o en las ocurrencias graciosas y también en aquellos dichos y refranes que me dejaron su impronta ya desde niño.

Esta frase, que escuché en el camino y suscribo, sintetiza lo que pienso de mis mayores, mis viejos, y de los mayores en general:

«Un viejo es aquel que tiene todas las respuestas y a quien nadie se las pregunta».

Y también la que sigue, que, por aquello de que «El diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo», da la razón a aquella otra frase, (creo que rumana): «El país que no tenga viejos, debería importarlos»

 

Dichos de mi madre

Como le habrá pasado a muchos, los niños de mi generación pasábamos más tiempo con nuestra madre que con nuestro padre, por lo tanto, fue de ella de quien recibí más dichos y costumbres que recuerdo.

«Culo veo, culo quiero»

Este dicho, recuerdo lo usaba mucho mi madre conmigo y mis hermanos en nuestros antojadizos pedidos cuando éramos niños.

«Tomá pa vos, y tu tía Gregoria»

Recuerdo que lo usaba mi madre cuando a nosotros, o a ella, nos salía algo bien hecho.

¡No seas belinún!

«Andá a freír papas», decía la vieja cuando estábamos muy pesados con algo o hacíamos algo que ella reprobaba.

«Agarrate, Catalina, que vamos a cabalgar»

Se lo escuchábamos decir también a ella, cuando algo venía «complicado». Estimo que era por 1958. Rastreando información anterior a esa fecha, encontré versiones de este dicho, que se remontan a la década del cuarenta, y parecen estar vinculadas al jockey Irineo Leguisamo y su yegua Catalina. Querría decir algo así como «Preparate, que ahora comienza lo bueno». Hay otra versión argentina que asocia a Catalina con una trapecista, cuya familia, con antecedentes trágicos, la cuidaban con esa advertencia: «Agarrate, Catalina».

El matamoscas, please

«Quien mata una mosca en abril, en diciembre mató mil», lo dijo mi madre toda su vida.

Que me parta un rayo si no es verdad

Le escuché repetir muchas veces el siguiente y sano versito, calculo que desde 1955 en adelante:

 

El caracú del mosquito,

sabiéndolo cocinar

alcanza pa’l mediodía

y pa la noche cenar.

 

Caracú es un nombre de origen guaraní. Nosotros lo usamos mucho, pero también le decimos tuétano.

En España escuché que se usa meollo (según diccionarios: ‘tejido nervioso del cráneo’), y de ahí ese otro dicho de: «ir al meollo» de un tema, o sea, a la fuente, «al grano».

Errar es humano

«Le erró como a las peras». Mi madre usaba mucho este dicho. En quintas de Colonia, donde hay muchos árboles frutales y muchos árboles de peras, averigüé que algunos niños, en forma muy primitiva, querían bajar las peras más altas a las pedradas, pero había que lanzar muchas piedras para pegarle a alguna. De ahí podría venir esa frase, de aquellos niños que querían hacerse una merienda con peras «prestadas».

Son como dos gotas de agua

Un día, siendo niños, nos juntamos con un amigo, Raúl, a jugar en mi casa. Todos decían que con ese amigo, que era de mi misma edad, éramos muy parecidos en nuestros gustos y personalidad. Cuando venía Raúl, mi madre decía: «Mirá…, ya se juntaron el hambre y las ganas de comer».

¡Ayyy, nena, abrí el ojo! «Te están arrastrando el ala»

Este dicho, vinculado a situaciones humanas, se asocia con algunas aves que «arrastran el ala» para mostrar intención de amor.

 

«No hay mal que por bien no venga»

Eso decía siempre mi madre cuando pasaba algo negativo. Por lo menos, se consolaba con ese dicho, también lo escuché en España.

 

Interesado el monito, ¿no?

«Por dinero baile el mono».

 

¡Esto no me gusta nada!

Esta otra frase me la dijo mi madre, ya viviendo en un residencial en Lezica, con casi 90 años, en una de visitas que le hacía semanalmente. Según me contó, se la había escuchado a su padre (calculo que sobre 1940):

«Cuando hay feo olor, la mierda anda cerca».

 

¡Métele un poquito de ganas, che!

«No hagas todo a la bartola», o «a la que te criaste», «La verdad que ¡no tenés goyete!», «Bueno, ¡al fin dijo Pichín!».

¡Chupate esta mandarina!

Mi madre siempre recordaba que una cuñada de ella, allá por 1950, solía decir: «El olor a mandarina me hace acordar a los niños pobres».

¿Vos las querés todas, no?

Cuando éramos muy exigentes en nuestros pedidos, mi madre nos reprimía con esta frase popular: «Vos querés la chancha y los cuatro reales». Hacer «una chanchada», también se vincula a negociar de una manera desleal, con los demás.

¡A otra cosa mariposa!

De niños, cuando nos caíamos y teníamos alguna lastimadura, nuestra madre nos consolaba con un:

«Sana, sana, colita de rana,

si no sana hoy, sanará mañana».

Lo que nos consolaba era más la atención recibida que el pequeño masaje que iba junto con aquel versito cantado.

Solíamos acompañar nuestro llanto, con un pedido a la vieja: «¡Haceme sana sana, mamá! »