El grado inversor, el tenor graso y una apología de la poda



Por : Garabed Arakelian

 

Esta columna se ha ocupado en los números anteriores del “tenor graso” en términos políticos. Ha establecido esa referencia para caracterizar la actuación de políticos de toda laya junto con los resultados y consecuencias de ese comportamiento. Esa etiqueta vincula con el desacierto en las decisiones, producto de la falta de interés y la ignorancia, la incorrección técnica y la mentira, sostenida de modo contumaz, o mantenida con picardía plena de cinismo. En fin, que el “tenor graso” marca el perfil de un estilo amoral caracterizado por la incapacidad, su ocultamiento y la sustitución de la verdad. En términos generales y definitivos: el rasgo distintivo de un “tenor graso”alto es: la falta de ética.

En cuanto al “grado inversor” se trata de una denominación que forma parte del vocabulario más o menos moderno al que recurre la vulgata (sanata) de las finanzas para darle un barniz técnico a viejas aplicaciones y métodos barriales de la economía. Porque otorgar “grado inversor” a ese nivel es el equivalente a darle crédito al vecino. Era el “vender con libreta” que aquellos almaceneros de antaño facilitaban a algunos de los vecinos de la cuadra en base a sus antecedentes y comportamientos: “gente buena y trabajadora”, “buen pagador”, “familia honesta”, eran los concepto que se manejaban para otorgar el “fiado”. Hoy, como ayer, se trata de “confianza” en términos no solo del “toma y daca” económico-financiero, sino que, si incursionamos en el campo de la política, incluye el cumplimiento de la palabra y del compromiso aceptado y de un comportamiento acorde. El individuo y la organización política gozan de un “grado inversor” alto cuando cumplen con esos requisitos.

Se deduce fácilmente  la relación natural y casi automática entre el ”tenor graso” y el “grado inversor” y que la ética es, en ambos, el factor que expresa el alza o la baja de esas cualidades y virtudes.

Pero esto, ¿se trata solamente de disquisiciones teóricas? ¿Cuándo se dan estos términos? ¿Existen realmente? Claro que sí, pero no se va a elaborar la lista para que la use la oposición. Sólo algunos ejemplos de cómo se manifiesta esta realidad a fin de respaldar las afirmaciones precedentes: cuando se dice que “ponemos una heladera y ganamos”, menospreciando la capacidad de raciocinio del elector; cuando se dice que se tiene un título y no se le puede respaldar con documentos y se insiste en la triquiñuela de sostener la falsedad; cuando se dice que se vio lo que no existe para mantener la falsedad anterior; cuando se dice que “como te digo una cosa te digo la otra” y se actúa de modo tal que se confirma la hipocresía; cuando se interfiere sustituyendo individualmente atribuciones propias de los organismos, para que amigos y compañeros no sean juzgados por los órganos competentes del Frente, aduciendo que individualmente ya ha anunciado despidos, etc.,etc.. Pues bien, eso es lo que introduce y aumenta un estilo de actuación que se caracteriza por su banalidad y por la chabacanería en la gestión política y que, como resultado, provoca la pérdida de confianza. Justamente: sube el “tenor graso” y se reduce el “grado inversor”.

Ante esto, no sirve practicar el ejercicio del autoconsuelo, tratando de demostrar que los “otros son peores”. Casi seguro que lo son, pero debe interesar que lo propio sea bueno y cada vez mejor, que se supere  a sí mismo y que el nivel de referencia no sea el de la oposición sino el de la elaboración propia.

Existe una realidad que no se puede soslayar y es la pérdida de eficacia política del Frente, por eso, hay quienes dicen que “la planta se nos ha ido en vicio” y haciendo un símil, sostienen que se debe recurrir a la poda.

La poda, se sabe, es un recurso y un procedimiento, que se aplica con finalidades diversas: sanitarias, productivas y hasta ornamentales. Para cada finalidad existe una técnica distinta y correspondiente.

El Tribunal de Conducta del Frente Amplio está llamado a cumplir un importante rol para devolver la fortaleza y lozanía a esta planta doblegada por el peso de ramas inútiles que crecen en perjuicio del cuerpo general y que son guarida para alimañas que la enferman.

Dicen que los pueblos, cuando hacían la poda enmarcaban la actividad en una fiesta elegíaca dedicada a diosas y dioses a quienes se les solicitaban favores y bienaventuranzas. Los dioses solo reclamaban, en reciprocidad, muestras de renovación, incluso sacrificada. En fin, que los promesantes demostraran  capacidad para desechar lo inútil y lo malsano e incluso para despojarse de bienes y atribuciones.

Pensándolo bien, no estaría mal hacer la apología de la poda, como instrumento para recobrar la capacidad de autodeterminación y la libertad para la toma de decisiones. Así, el tronco robusto del FA sería reconfortado. Se debería preparar la “Fiesta de la Poda” .