Por Jorge Selves
Es un sentimiento, una convicción y una teoría de que la desigualdad humana no tiene argumentos que la sostengan.
Es un sentimiento porque el humano es un ser sensible, por su condición social, y sus mejores sentimientos son el resultado de la comunidad, en la que se forjan su grado de humanización y su posible felicidad.
La convicción es simple, y por eso cualquiera la puede entender. Se basa en que la mayoría de la humanidad que mediante el trabajo genera toda la riqueza, merece el resultado de la misma. Eso le permitiría vivir con la libertad de un techo digno, una alimentación sana y suficiente, y de todos los servicios que permiten una buena salud, educación y acceso a la ciencia y la tecnología. O sea un buen vivir.
Y una teoría, como modo de ver, analizar y pensar el sentido de la vida, que ante toda injusticia humana, lo lleva inequívocamente al principio de la igualdad. Y la igualdad no reconoce razas, ni privilegios, sino seres humanos. La igualdad reconoce el todo de las mayorías, sin negar el derecho de la existencia individual.
Por eso el ser de izquierda reconoce la diversidad y eleva el sentido de la libertad a la necesidad verdaderamente conocida, de la comunidad y el individuo. Es en esa trenza que la izquierda se construye, como sentimiento, convicción y teoría del mejor destino para la humanidad toda. Y a eso suma un elemento esencial de la existencia y la suerte actual de la humanidad: la lucha impostergable por salvar el destino del planeta Tierra. La naturaleza no dependió históricamente de la especie humana para existir y evolucionar. Pero la especie humana para existir y desarrollarse dependió a lo largo de su historia de la naturaleza.
Por eso ser de izquierda es oponerse a su destrucción, a que la traten como una mercancía, envenenando sus aguas, sus tierras y liquidando sus bosques, su atmósfera y clima, por los mezquinos intereses de una ínfima minoría.
Al final, en una suma simple, ser de izquierda es amar la vida. Y amar la vida es defenderla. Y no se puede defender lo que ataca la vida de la inmensa mayoría de la humanidad y la naturaleza sin luchar. Eso nos hace de izquierda: la lucha por el amor a la vida y la igualdad. Ese es nuestro paradigma en todo tiempo y lugar. No podemos defenderlo sin la práctica de los valores que lo fundamentan: el compromiso, la honestidad, la humildad, la ausencia de personalismo, la fraternidad y la solidaridad. Y no podremos alcanzarlo nunca, sin transmitirlos a las mayorías explotadas. Sin cálculos, sin renuncias, sin transas. Porque la verdad de nuestros sueños es un horizonte de justicia y libertad para la humanidad.
Buscar juntos los caminos, tender puentes, sumar fuerzas, entender que las organizaciones son medios y no fines. Cuestionar el dogma, el individualismo, el personalismo y el verticalismo que anula el colectivo, son imperativos que entrañan la igualdad y la verdadera representatividad. Que cada cual que sea de izquierda asuma su responsabilidad histórica, porque no admite renuncias.