Algunas autocríticas más, que nunca están demás

Por: Jorge Ramada

Izquierda y movimientos sociales

En el artículo anterior dejé pendiente el análisis crítico de la izquierda en general en nuestro país. A diferencia de aquél, aquí no hay un borrador de autocrítica en el que basar el análisis, así que deberá basarse en lo que ha sido la práctica y algunas propuestas teóricas.  Quizás no sea lo mejor referirse al término izquierda, que cada vez es más laxo, sino a las organizaciones políticas con propuestas transformadoras por fuera del FA, y al conjunto de los movimientos sociales, buena parte de lo que se llama habitualmente “campo popular”. 

Está claro que mi intención no fue –ni es– centrarme en una derrota electoral (aunque ella haya servido de puntapié inicial para diferentes evaluaciones críticas); pero no se puede dejar de lado que aquellos grupos que resolvieron participar en la elección por fuera del FA (Partido de los Trabajadores y Asamblea Popular) tuvieron desempeños pobres, inferiores a los de la votación pasada. Por supuesto que excluyo del análisis al folclórico PERI, que es una interesante muestra de cómo algunos reclamos contestatarios, elevados por fuera de un análisis de clase, pueden servir para cualquier cosa.

Todo  esto, refleja un preocupante avance –antes,  durante y después de las votaciones– del relato de las clases dominantes en el conjunto de la sociedad uruguaya. Hubo una victoria de la derecha, no solo electoral sino, por sobre todas las cosas, en ganar cabezas en la sociedad. Pero no podemos obviar que, en una estructura social como la uruguaya, con fuerte peso de los sectores medios, el predominio de una situación de bienestar relativo, favorece posiciones conservadoras.

Es cierto que hubo, en diferentes agrupaciones –tanto políticas, como sindicales, como de discusión de ideas – movilizaciones y propuestas que iban en otro sentido: las movidas contra UPM (también contra Aratirí), el cuestionamiento a la declaración de esencialidad en la enseñanza, las propuestas económicas alternativas a la del gobierno; movimientos de carácter más local, como el de defensa de la Rambla Sur en Montevideo, etc. Casi todas ellas, ante la oposición o al menos indiferencia del progresismo dominante. Sin duda todas contribuyeron a desarrollar pensamiento crítico y experiencias organizativas que pueden crecer, pero no fueron suficientes aún para frenar el avance de la derecha.

Dentro de las organizaciones sociales, ha estado un PIT-CNT demasiado complaciente con el partido de gobierno, al calor de las innegables mejoras económicas y sociales logradas por los trabajadores, especialmente durante los dos primeros períodos; complacencia que, más allá de un crecimiento y fortalecimiento de posturas más críticas, responde al sentir de la mayoría de los trabajadores sindicalizados.

Por su parte, FUCVAM ha mantenido una actitud militante continua en defensa del derecho a la vivienda y contra las políticas beneficiarias de constructoras e inmobiliarias, pero no puede trascender lo que es una lucha por reivindicaciones concretas; y más allá de los esfuerzos de formación política e ideológica que ha desarrollado, tiene una base social donde predomina el conformismo por lo logrado y un debilitamiento del sentimiento colectivo.

 Otros colectivos, políticos o sociales, con planteos más radicales (en el buen sentido de la palabra) tampoco generaron la adhesión suficiente como para contrarrestar la ofensiva de las clases dominantes en todos los terrenos. En algunos casos, con cierto grado de sectarismo o con poca comprensión hacia el por qué de otras posiciones, que no contribuyen a desarrollar apoyos masivos. Muchos pequeños productores rurales, trabajadores informales o desocupados, golpeados o desconformes con la política del progresismo, fueron ganados por diferentes propuestas construidas desde las clases dominantes, antes que por planteos cuestionadores del sistema.

Crecieron con fuerza algunos movimientos sociales, como los feministas o los vinculados a la defensa del ambiente y generaron base para una acumulación importante para las luchas que se vienen y desarrollaron importantes movilizaciones. Así, la marcha de la diversidad, las marchas feministas, contribuyen a debilitar la concepción dominante a nivel de la superestructura, pero no atacan las bases de la estructura de poder.

Lo que no puede obviarse es que todas esas luchas sociales, por más avances o conquistas que logren, por más fortalecimiento de sus luchas, no pueden sustituir a la necesaria dirección política que requiere un proceso de cambio, es decir la estructura que tome las diferentes reivindicaciones parciales o sectoriales para incorporarlas en un programa común y en una estrategia de lucha. Y es innegable que la dirección política mayoritaria estuvo en manos del FA, con las limitaciones autoimpuestas para profundizar en tareas de educación y organización a nivel de masas, que cuestionaran la ideología dominante.

Todo esto no viene para negar o rechazar de plano lo hecho. Lo que importa es tratar de entender por qué fue así y, a partir de allí, procurar que se generen nuevos avances. Hay que revisar todo lo hecho, para sacar enseñanzas. Porque, quienes creen –creemos– que muchos de los errores que hoy se reconocen, fueron señalados desde antes, tampoco pudieron crecer como para  marcar otra realidad política.

Lucha contra la LUC, ¿un comienzo?

Está claro que la LUC es el principal instrumento que desarrolló el bloque de sectores dominantes que controla la coalición de gobierno, para instalar rápidamente su programa económico, social, político y cultural. No es el único: la Ley de Presupuesto, la nueva Ley de Medios, más la reforma de la Seguridad Social en estudio, más alguna otra iniciativa que pueda aparecer todavía, irán formando un nuevo esquema normativo, que buscan instalarlo de ser posible en el primer año de gobierno, aprovechando la legitimidad aún fresca que les otorga la victoria electoral (reforzada de paso por un manejo relativamente satisfactorio de la pandemia en lo sanitario y por el aparato propagandístico montado a todo nivel).

Tratar de juntar a las diferentes organizaciones sociales y políticas que se oponen a los intereses del bloque de gobierno, en un plan de lucha contra la LUC, apareció como una alternativa posible. Y así se propuso el referéndum, tradicional herramienta de los sectores populares para dar marcha atrás a leyes contrarias a sus intereses. Diferentes organizaciones coordinando en la Intersocial se ponen de acuerdo en llamar a un referéndum y para ello se elige la llamada “vía larga”, es decir salir a recorrer el país juntando firmas durante un año para alcanzar el número necesario. No es poca cosa ese acuerdo, porque da la base para que miles de militantes se encuentren en una tarea común de acercamiento a la población y de concientización sobre el contenido y objetivos de la LUC. Más aún, que se consiguió por encima de lo que planteaban algunos sectores del progresismo, proponiendo la vía corta, que seguramente iba a ser un entierro elegante para la iniciativa.

En el medio aparece la postura oportunista del FA. Nada le impedía haber tomado la iniciativa para procurar derrotar la LUC mediante la consulta popular, más allá que en el tratamiento parlamentario hubiera aceptado votar ciertos artículos como contraparte para modificar otros (poco más podía hacer en ese ámbito). Pero luego de dejar la iniciativa a los sectores sociales, aparece tratando de imponerles  condiciones. Demuestra con eso dos cosas: en primer lugar, que le da más importancia a la acción parlamentaria que a la del pueblo en la calle; en segundo lugar, que lo afirmado en el documento de autocrítica en cuanto a su falta de articulación con las organizaciones sociales, era solo una frase para contentar a sus bases.

Lo planteado por el FA era ir al referéndum, no contra toda la LUC, sino solo contra aquellos artículos que los parlamentarios frenteamplistas no hubieran votado. Pero también hubo sindicatos que entendían preferible llevar a referéndum aquellos artículos más claramente represivos o identificados con el programa antipopular de la coalición de gobierno. Esto ha generado otra discusión tanto dentro del PIT-CNT como en la Intersocial y una movilización de muchos sindicatos y organizaciones sociales reclamando que se vaya contra toda la LUC, casi como un problema de principios. Pero, habiéndose logrado una amplia concertación en torno a impulsar el referéndum, no parece bueno generar una división a partir de estas dos visiones. ¿Es realmente un tema de principios, o es una diferencia táctica en cuanto a que es lo más conveniente para conseguir más adhesiones? Porque se trata de cuestionar una ley dentro del terreno que permiten las propias leyes del sistema. No se va a derrocar al gobierno si se consiguen las firmas y luego el referéndum sale favorable, pero sí va a significar un paso muy grande de fortalecimiento de conciencia, organización y movilización de los sectores populares y quizás un primer paso para ir generando propuestas alternativas con amplio consenso popular.

Dejo claro que mi posición era la de ir contra toda la LUC, sobre todo pensando que la LUC era en su conjunto el programa de gobierno de las clases dominantes y había que ir contra ese programa. Pero no desconozco que salir a enfrentar fuertemente en este momento a un gobierno, que se ve legitimado por su reciente victoria electoral y reforzado por el aparato propagandístico montado en su torno, corría el riesgo de aislar a quienes llevaran adelante la lucha. El gobierno no se ha desgastado aún, pero el aumento de la pobreza y la desigualdad que va generando, unido a una lucha de amplios sectores sociales y políticos en torno a un objetivo común (contra la LUC en este caso), puede acelerar un desgaste que nos permita plantear nuevas metas y con mayor apoyo. Finalmente la Intersocial ha acordado ir por un rechazo parcial y lo que cabe ahora es juntar fuerzas en torno a esa lucha, porque el fortalecimiento de la Intersocial también es un objetivo a tener en cuenta para acumular fuerzas hacia un cambio.

La LUC brinda una oportunidad de hacer una convocatoria amplia y llegar a diferentes sectores. El tema es que la lucha no derive hacia una mera reivindicación del progresismo, sino a cuestionar las bases de la dominación, que pasan especialmente por imponer 2 cosas: la hegemonía del capital a nivel de las ideas (educación, represión, defensa de la propiedad privada, por ejemplo); el dominio económico del capital que asegure mantener y aumentar las tasas de ganancia (apertura económica, defensa de lo privado sobre lo público, etc)

Hay por delante una inmensa tarea de formación de conciencia que permita poner en el tapete cambios más profundos y encontrar la forma de llevarlos a cabo. Es posible que el punto de quiebre sea la nueva instancia electoral de 2024 –si el aumento de las contradicciones y la represión consiguiente no llevan a otro escenario– pero el cómo se llegue a esa instancia dependerá de la capacidad de generar un programa de transformaciones que marque la cancha. Y de ninguna manera pueden condicionarse o limitarse las luchas y movilizaciones en función de una  mezquina pretensión electoral.