Bendito mercado

Por: David Rabinovich

En el mercado los productores ofrecen sus bienes o servicios a quienes los demandan. Al mercado concurren -de forma libre- oferta y demanda. El mercado es el mejor ‘asignador’ de recursos. Y es el libre juego del mercado lo que asegura la mayor felicidad pública. ¿Cuántas veces escuchamos afirmaciones como las precedentes o referencias al ‘humor’ de los mercados?

Los mercados, todo poderosos, son destacados protagonistas del siglo XXI. Pero ocultan más de lo que muestran.

Despacito y por las piedras entonces. Quien necesite o desee acceder a un bien o a cualquier servicio debe poner a consideración del vendedor un medio de pago aceptable. La necesidad y/o el deseo no bastan para asegurarnos el acceso, hay que ser ‘demanda efectiva’. Demanda con capacidad de compra. Sólo el aire es gratis. Por ahora.

El mercado no existe para distribuir bienes y servicios de manera eficiente, en función de necesidades o deseos, sino como mecanismo para generar la mayor tasa de ganancia posible al capital. Su funcionamiento, sin regulaciones adecuadas ni controles suficientes, nos ha sumido en tres crisis: lento crecimiento, creciente desigualdad y emergencia ambiental. Un lento crecimiento de la economía no es crítico tanto por los límites que supuestamente impone a la satisfacción de las necesidades humanas sino por la presión que instala sobre la tasa de ganancia. La tasa de ganancia tiende a la baja y los capitales –o los capitalistas -, para aumentarla todo lo posible, recurren a mecanismos que acentúan la desigualdad. Para que esos mecanismos funcionen de forma aceitada existe la propiedad privada. Pero como sostenía Pierre-Joseph Proudhon en su cita más célebre «La propiedad es el robo». Estamos hablando de la propiedad de los medios de producción, muy en especial de la tierra. La apropiación privada de ese ‘recurso’ y su explotación sin tasa ni medida, ha instalado la tercera crisis mencionada más arriba.

“Googlié” ‘Mercado’ para descubrir que lo primero que aparece, en reiteración real, es ‘Mercado Libre’. Me costó un poquito obtener una definición: “Lugar teórico donde se encuentra la oferta y la demanda de productos y servicios y se determinan los precios.” Wikipedia me aclara que “El mercado no hace referencia directa al lucro o a las empresas, sino simplemente al acuerdo mutuo en el marco de las transacciones.” Y también me advierte que “El mercado contiene usuarios en busca de recursos insuficientes en relación a las necesidades ilimitadas.”

Pero nada me resultó tan estimulante como las consecuencias que, en nuestras vidas materiales, puede llegar a tener el humor de los mercados. Hay páginas y páginas, estudios y comentarios sobre las terribles consecuencias de un cambio de humor en los mercados producto por ejemplo de las decisiones que toma un ministro de economía o el presidente de un banco central. Y si los fundamentos de una decisión política están en intentar alcanzar mayor felicidad pública, el mal humor parece exacerbarse a extremos virulentos, incluso violentos.

En una interesante nota publicada en Viento Sur Michael Löwy1  anota la necesidad de  “poner fin al monstruoso despilfarro de recursos, propio del capitalismo, basado en la producción a gran escala de productos inútiles y/o dañinos: la industria de armamentos es un buen ejemplo, pero gran parte de los bienes producidos en el capitalismo, con su obsolescencia intrínseca, no tienen otra utilidad que generar beneficios para las grandes empresas. El problema no es el consumo excesivo en abstracto, sino el tipo de consumo que prevalece, basado como está en la adquisición ostentativa, los desperdicios masivos, la alienación mercantil, la acumulación obsesiva de bienes y la compra compulsiva de supuestas novedades impuestas por la moda. Una sociedad de nuevo tipo orientaría la producción a la satisfacción de las verdaderas necesidades, empezando por las que podrían calificarse de bíblicas –agua, alimentos, ropa, viviendas–, pero incluyendo asimismo los servicios básicos: salud, educación, transporte, cultura”. 

Basta un breve e incompleto repaso para evaluar la irracionalidad absoluta del sistema. La industria de los combustibles fósiles debería haber reducido sus impactos hace muchos años al mínimo. La poderosa industria de la publicidad dilapida recursos, contamina, nos enferma y poco aporta al desarrollo de la humanidad. La industria química fabrica venenos que tornaron la producción de alimentos en uno de los mayores problemas de la humanidad cuando debería ser importante aporte a solucionarlos. Esa misma industria es la que investiga para producir alimentos y medicamentos pensados para hacernos consumidores adictos y mantenernos enfermos (pero con vida) en lugar de curarnos. Y todo, siempre, se sostiene por el afán de lucro sacralizado por los mercados como parte de la naturaleza de las cosas. 

A veces es difícil de entender cómo se instala y mantiene con tanto éxito el relato de las derechas.

 1 https://vientosur.info/ecosocialismo-y-o-decrecimiento/