Evocando a Frugoni: Al maestro con cariño y sin tapujos

Por Julio Louis

Julio Louis, colaborador habitual de Claridad, es un  compañero de larga militancia política y social, que habitualmente enfrenta la complejidad del pensar acerca del futuro sin escatimar su lucha para que sea así, tal como lo concibe. No es algo nuevo, ha sido y es una constante en él, no le teme al recuerdo de sus “pecados juveniles” y al igual que un paleontólogo exhuma  documentos y crónicas de sus acciones, de sus actos de militancia y lo hace con una brutal honestidad intelectual sin miedo a la crítica o al malentendido. Es producto, y él lo dice, de su formación  consolidada en el estudio y la protesta, en la discusión y la irreverencia intelectual que pone todo en duda, junto con el respeto a quien lo merece sin caer en majaderías. Claridad entiende oportuno reproducir este discurso juvenil de Louis, seguramente de comienzos de la década de los sesenta.   A continuación, el copete introductorio de esa edición de El Sol que motiva esta presentación.  

“El viernes último, ante una inmensa concurrencia de público, tuvo lugar el homenaje al compañero Emilio Frugoni en Casa del Pueblo, dando lugar a una magnífica fiesta de confraternidad socialista. Hicieron uso de la palabra la compañera María Julia Alcoba, Julio Louis y el Secretario General del partido compañero Vivian Trías, respondiendo Frugoni en emotivas palabras. Publicamos a continuación el discurso del compañero Julio Louis.     

   No todos los hombres tienen el privilegio de sobresalir por su capacidad, por su dinamismo ni por su personalidad. Cuando un hombre logra resaltar en una síntesis superior -talento, dinamismo y personalidad- no cabe duda que ese hombre está siendo el guía intelectual y moral de una generación, el intérprete más genuino de un ideal y el que alumbra por encima de su propia generación, el paso de las juventudes encaminadas hacia la perfección. Emilio Frugoni es todo eso: conductor de una generación y ejemplo de perfección.

   Pero si a su doble función de conductor y de ejemplo, le sumamos el hecho de que orientó su vida a la tarea más noble que hay, aliviar los sufrimientos humanos, terminar con la miseria material, base de las peores injusticias sociales, y bregar por el pleno desarrollo de la personalidad humana, entonces, estamos ¡ante la presencia de un socialista!

   Los jóvenes tenemos un sentimiento de gratitud hacia él. Un sentimiento de gratitud y de estima bien entendido. Sentimientos que a diferencia de lo que pasa con los jóvenes y caudillos del tradicionalismo, no significa idolatría, adulonería ni culto barato a su persona. Los jóvenes expresamos esos sentimientos de muchos modos: compartiendo la responsabilidad de la conducción del Partido, aunando esfuerzos para combatir por nuestras ideas, para enfrentar a nuestros enemigos. Y aunque parezca paradójico, muchas veces, más que con el aplauso, más que con la aprobación, le demostramos nuestro respeto discrepando. Porque en la discrepancia mantenemos la esencia del Partido que él forjó: un Partido en el que cada cual puede pensar por sí mismo. Un Partido que no crea falsas jerarquías, en el que los jóvenes pueden discrepar con los viejos y los militantes con los dirigentes.

   Un Partido, en síntesis, que no teme la discusión, que hace de ella el movimiento dialéctico de su vida, porque da, permanentemente, ¡impulsos renovadores para la acción!

   Somos marxistas y sabemos que la base de todas las cosas es el movimiento, es la incesante renovación. Por eso, en la discrepancia y en la discusión, somos herederos del pensamiento de Frugoni.      

   Emilio Frugoni es un socialista. Pero no un simple socialista. Un socialista que nos ha dado éste, ¡nuestro Partido Socialista!

   Un Partido Socialista que quizás el compañero Frugoni pueda ver en el poder. Pero por encima de eso, que será inevitable porque los hombres se encaminan incesantemente hacia formas superiores de convivencia social. Pero, por encima de eso digo, el compañero Frugoni ha visto a través de sus largos años de militancia, y está viendo hoy, que la antorcha que él y un puñado de visionarios encendieron hace 50 años continúa brillando, y continuará brillando con el calor, con el talento y con la hidalguía de las nuevas generaciones.

   En Emilio Frugoni, símbolo de una generación, los jóvenes socialistas de hoy, saludamos la vida de todos los viejos luchadores del Partido. Saludamos a los que a través de estos 50 años de Partido Socialista, entregaron horas con alegría y con terquedad para cimentar el porvenir socialista. Con esa alegría y esa terquedad que es patrimonio exclusivo de aquellos que se sienten portavoces de la nueva verdad humana. Con esa alegría y terquedad que se agiganta a través del tiempo, si pensamos hoy, que los que dieron tanto de sí, sabían que esa idea de bienestar no podría ser disfrutada por ellos. Sabían que eran portavoces de una antorcha que quizás ellos no verían llegar a la meta victoriosa. Otros somos los que recibimos esa antorcha ya sobre la meta. Y prometemos aquí, frente a Emilio Frugoni, como homenaje a él y a todos los viejos luchadores, que daremos nuestras vidas si es preciso, para hacer triunfar ese ideal de aquellos viejos visionarios.

   Pero hay un rasgo especial, que caracteriza a Emilio Frugoni. Que es sustento de todo hombre de bien, de todo socialista. El rasgo que Marx y los socialistas con él, convertimos en la idea suprema de la felicidad: la lucha.

   Cuando en los Congresos partidarios, cuando en las asambleas del Centro, sostenemos con el compañero Frugoni intercambio de opiniones, logrando a veces unanimidad de criterios, manteniendo posiciones contrarias en otras oportunidades; cuando se hacen altas horas de la noche y el cansancio nos llega a todos, y vemos allí a nuestro lado a Emilio Frugoni firme en su puesto de lucha, no precisamos que otros nos cuenten los tiempos de la fundación del Partido, los difíciles  años iniciales o los de la dictadura terrista. Tenemos a nuestro lado, más cercano en el espacio y en el tiempo, con más años, con menos vigor físico, pero con la misma energía espiritual, la estampa de lo que Marx convertía en supremo ideal de la felicidad: ¡la estampa de un luchador!

   Las ideas cambian, las tácticas se suceden; pero allí, consustanciado siempre con su conducta socialista hay una enseñanza que debemos recoger y trasmitir: que todos debemos pensar por sí mismos, que todos deseamos luchar hasta el fin, hasta conseguir nuestro objetivo.

   Y pasarán los años. Y pasarán los siglos. El socialismo triunfará en el mundo, y los hombres en busca de una perfección cada vez  más próxima, pero que a la vez nunca llega plenamente, marcharán hacia formas sociales más evolucionadas.

   Y allí en la historia perdurarán como ejemplos, como ejemplos que se agigantan con el tiempo, en vez de borrarse las figuras de simples hombres que dieron todo de sí, en pos de un destino común mejor. Y allí estará Emilio Frugoni como una relevante figura del pensamiento socialista.             

   Y se recordarán sus atributos. Se recordarán sus reflexiones, se recordarán sus sentimientos y sobre todo, se recordará su protesta.

   Porque reflexiones y sentimientos pueden pertenecer a cualquiera. Pero protestas, solo a los Hombres. Y la vida de Emilio Frugoni es una permanente protesta. La protesta más sublime y más fecunda. La protesta de redención y libertad del género humano.