Puede y debe rendir más . . .

Escribe: Margarita Percovich  

En medio del desmonte de las políticas que se fueron reforzando para profundizar y fortalecer el Estado de Bienestar construido  desde principios del siglo XX, es un buen momento para analizar los avances logrados por la gestión de las tres administraciones del FA y por qué la ciudadanía no respaldó esos avances que incluyeron a miles de personas tradicionalmente marginadas por las lógicas administrativas.

Existió de hecho una  brecha entre la dirigencia y la militancia del Frente Amplio y  los ejecutores de políticas públicas que abarcaron a actores decisores y los cientos de personas, jóvenes en su mayoría, con una formación técnica excelente en las forma de ejecutar las políticas sociales, de evaluar permanentemente las barreras que expulsan a las poblaciones con vulnerabilidades educativas y culturales, evaluación que  buscó permanentemente las alternativas  a las formas de corte asistencialista tradicional.

Quienes seguimos ese proceso interactuando, acercando los  problemas concretos, aprendimos a  visualizar  los cambios  que requieren las herramientas de un Estado que debe garantizar que todos y todas los habitantes del país, puedan ejercer los derechos humanos fundamentales que son inherentes a todas las personas.

El partido Frente Amplio,  llegó con una serie de objetivos  y propuestas en  sus tres programas  electorales, enriquecidos, desde mi opinión, con los aportes de quienes estuvieron en la gestión (ejecutivos/as  e integrantes de la sociedad civil participantes en los instrumentos interinstitucionales creados para el seguimiento asesor) que aportaron elementos  en esa complejidad que significa comprometerse con el desarrollo de  una ciudadanía cada vez más plena y no solo formal.

El problema es que ese rico proceso de reflexión sobre el desafío de deconstruir un Estado solo tutelar  y asistencialista para pasar a ser una herramienta de inclusión de todos/as en un proceso de desarrollo sustentable que fueran limitando a las personas tradicionalmente marginadas, no se realizó con la militancia integrada en las organización política.

Esta falla, que por supuesto tiene sus excepciones, fue patente en las conducciones elegidas por la misma masa militante en los organismos estatutarios.

La resistencia a  realizar la tarea de información y análisis de los límites y los desafíos que implicaba esa transformación trabajosa de las rutinas administrativas y protocolos pensados para solo ser dador de servicios, sin hacer el esfuerzo de promover la conciencia popular e incidir sobre el sentido común,  sobre el derecho a ser ciudadanos/as plenos/as, abrió una brecha de formación política que mantuvo a la militancia tradicional con inseguridades frente a los ataques de cinco años de los sectores tradicionalmente dueños de las herramientas del poder a los que molestaba perder el ascendiente de sus intereses.

Las críticas superficiales, permanentemente repetidas  desde  esos sectores, que tienen un proyecto de país totalmente enfrentado a la posibilidad de una ciudadanía activa y promotora de sus derechos, hicieron mella en esa falta de conocimiento para desarrollar la defensa de ese proceso de transformación, muy débil,  y se replegó en sus inseguridades.

Esta falta de información también estuvo presente en los legisladores/as frenteamplistas en general, cuya formación en una izquierda tradicional , jerarquiza algunos temas (los mismos de la agenda de la derecha) y salvo excepciones, tampoco pusieron el tema del esfuerzo realizado sobre las herramientas de cambio esforzadamente logradas y que permitieron una mejor calidad de vida a sectores de población tradicionalmente marginados.

Asimismo faltó en los asesoramientos sobre las características culturales de nuestra población, miedosa si las hay y profundamente conservadora, la falta de impactos simbólicos sobre algunos desafíos de cambio que se habían iniciado y que debían defenderse para no retroceder en las herramientas garantistas logradas.

El mayor impacto de cambio y de enfrentamiento simbólico a ese status quo conservador lo realizó el movimiento de mujeres y los colectivos de derechos sexuales, organizados /as coordinadamente tanto militantes políticas, jerarcas institucionales, legisladoras, trabajadoras y distintos colectivos sociales. Pero la tradicional dirigencia de izquierda, masculina y poco renovada en sus prioridades, siempre consideró (más allá de los discursos) molesta esta intrusión de temas complejos de manejar porque obligan a una autoevaluación de las propias conductas como tradicionales dirigentes en la política en todos sus niveles.

Hoy el proyecto conservador se empieza a desarrollar en todo su esplendor, revirtiendo todo lo que sea investigaciones técnicas sobre las formas de ejecutar políticas que incluyan y no que vuelvan a someter a objetos de asistencia a las personas que están en el difícil equilibrio de la subsistencia.

 Que la salud esté centrada en la prevención mirando los derechos integrales de sus usuarios/as, que la educación refuerce la idea de igualdad y corresponsabilidad entre hombres y mujeres, que la seguridad social incorpore el concepto de trabajo no remunerado y la importancia de los cuidados para el bienestar de toda la sociedad, resulta impensable para la simplona mirada sobre el rol del Estado que expresan los  ejecutivos del actual gobierno.

Es un desafío para el Frente Amplio como oposición, delimitar claramente cuáles son las prioridades que afectan a un país que merece un desarrollo sustentable e inclusivo y elevar la argumentación comprensible para visualizar la pérdida de oportunidad de aumentar la conciencia de ciudadanía y evitar que se vuelva a acostumbrar la población a ser solo sujetos de asistencia.

Pero para ello hay que estar en contacto con quienes investigan desde la academia y quienes se constituyen en colectivos sociales para defender y proponer nuevas ideas transformadoras.