De tormentas, naufragios y rescates: el FA en la transición

 

Escribe Constanza Moreira

 

En breve, el Frente Amplio comenzará su proceso de autocrítica de cara a lo que fue la derrota electoral en las elecciones de 2019. No es poca cosa. Casi no conozco partidos políticos que hagan procesos de “autocrítica” con excepción de los partidos de izquierda. Y eso honra una larga tradición a las que las izquierdas han abonado siempre, y las derechas casi nada.

No siempre los procesos de autocrítica tienen resultados positivos. Pero una izquierda que es capaz de mirarse a sí misma, que es capaz de asumir la gran pregunta (¿qué responsabilidad me cabe en todo esto?) y que es capaz de hacerlo colectivamente, es una izquierda que demuestra inteligencia y sabiduría. Si aún más, es capaz de insertar la autocrítica en una estrategia de futuro, tendrá además de inteligencia, voluntad política para salir adelante.   

En muchos elementos del análisis de la derrota del FA en octubre/noviembre pasado coincidimos (en comités de base, vivos, charlas, columnas). Y sabemos que un conjunto de variables han sido determinantes en la configuración de ese escenario de derrota. 

La primera, sin duda, es el desgaste. Alguien habló alguna vez del “desgaste de los materiales”, término que usan los arquitectos para referirse a la inevitable erosión que experimentan los pisos, los techos, las maderas, los cimientos. ¿Alcanzan quince años para hablar del “desgaste de los materiales”? Capaz que es poco. Pero en el caso del FA, el desgaste alude a algo más. Porque después de 15 años de estar en el gobierno seremos responsabilizados por todo lo que ha pasado. Nos gusta decir “esto lo hizo el FA”, pero debemos saber que el otro lado de la moneda es “la culpa de esto la tiene el FA”, y no podemos disfrutar de lo uno sin asumir lo otro. Porque en efecto, el FA será el responsable de todo lo que pasa, de lo bueno y de lo malo.

 

A esto se agrega, que luego de quince años de control del aparato del Estado, pudimos transformar al Estado, pero el Estado nos transformó a nosotros también. El poder es un gran aislante. El desarrollo de una máquina político-burocrática sin  corresponsabilidades claras con la sociedad civil ni obligación de rendir cuentas, más que a decisión de cada uno (el FA no diseñó un sistema de “cuadros políticos” responsabilizables, que debieran rendir cuentas y con mecanismos de interpelación políticos transparentes y conocidos), fue uno de los problemas que potenció el aislamiento.  

El segundo factor es el regional. Uruguay nunca pudo sustraerse al giro a la derecha que se verificó en los países más próximos, especialmente en Brasil y Argentina. Esto lo sabemos desde la época de los golpes de Estado en el Cono Sur. A pesar de que Uruguay era el país mejor preparado para enfrentar ese desafío (por su cultura democrática, la solidez de sus partidos políticos y la sabiduría de su sociedad civil), y aquél donde el peso de las Fuerzas Armadas era menor, sucumbió al mismo tiempo que los demás y preso de los mismos horrores: FFAA cada vez más autónomas, aumento de la injerencia de Estados Unidos en el marco de la guerra fría y la lucha “contra el comunismo”, y –especialmente- partidos políticos dispuestos a defeccionar al campo autoritario frente al aumento de las demandas y presiones de la sociedad y los trabajadores organizados. También debe hacerse constar al apoyo de las cámaras empresariales a una solución autoritaria como solución a los conflictos capital-trabajo agudizados por el estancamiento económico. 

El triunfo de Macri en Argentina y el golpe de Estado en Brasil le enseñaron a la derecha uruguaya nuevas formas de desgastar un gobierno (a falta de méritos propios), y arrebatarle su mayoría parlamentaria. Así que fueron por la vía de la judicialización de la política (el caso Sendic y la comisión investigadora de Ancap fueron inaugurales en este sentido), y abandonaron la lógica de la interpelación –siempre política- por la lógica de las comisiones investigadoras, que siempre dejaban plagadas de sospechas (con la ayuda de los medios de comunicación) cualquier política o programa de gobierno. En suma, se dedicaron a organizar políticamente la desconfianza y la sospecha hacia el gobierno, ya no mostrándose como “el mejor gobierno posible” sino como la alternativa para “sacarlos”. El “que se vayan” triunfó por sobre cualquier otra promesa de que el que vendría lo haría mejor. Ni siquiera eso estuvo en cuestión. Y finalmente, el inmediatismo, la emocionalidad, la lógica del escándalo, el odio y el desprecio colaboraron activamente a la promesa de la alternancia y el cambio.  

El tercer factor que intervino en la derrota de 2019 fue el económico: el Uruguay creció a una tasa del 6% durante el primer período de gobierno (2005-2010), del 4.5% en el segundo (2010-2015), pero en el último período hubo que revisar el presupuesto a la baja, porque la tasa proyectada del 2.5% a menudo no llegó a alcanzarse. Nuevamente aquí el efecto región fue determinante: con Argentina y Brasil estancados, y Venezuela en caída libre, los impactos sobre la economía uruguaya no se hicieron esperar. Aquí, como en toda la región, la reducción de la inversión externa directa, la caída del precio de las commodities, la desaceleración del crecimiento chino, tuvo un impacto negativo sobre nuestra economía. Y si bien es cierto que el impacto fue más amortiguado, existió, y condujo a revertir el anterior optimismo económico, dándole pie al sector empresarial para proyectar medidas de menor expansión, empleo e inversión, con consecuencias sobre el trabajo y el consumo interno. 

Adicionalmente el tema de la seguridad contribuyó al clima negativo que se registró en los últimos años, y en ausencia de problemas más graves (desempleo, pobreza, crisis económica), ostentó el primer lugar en el orden de “problemas del país” durante buena parte del período de los gobiernos del FA, con impactos sobre la aprobación del gobierno en general. 

Finalmente, y después de una década larga de gobiernos progresistas las derechas se reconfiguraron con fuerza, y emergieron de variadas formas: más o menos golpistas y violentas (como en Bolivia o Brasil), o rearmadas en coaliciones políticas negativas “contra” los gobiernos de izquierda (Argentina, Uruguay). El giro a la derecha en Estados Unidos, con el reemplazo de la política de Obama por el liderazgo de Trump impactó muchísimo sobre el viejo “patio trasero”. Significó un acicate para las derechas más duras, un desmantelamiento de los organismos regionales concebidos a lo largo de una década (como la Unasur), un cambio dramático en la orientación de la OEA, que la hizo triste protagonista de la escalada golpista en la región y la vía libre para diversas operaciones de prepotencia armada y comercial: desde China a Venezuela.

Las pretensiones de este artículo no van más allá de describir la “tormenta perfecta” que acabó con las pretensiones de la continuidad del Frente Amplio en el gobierno, pero es necesario sin duda señalar el rol del Frente Amplio en el contexto de la reemergencia de las derechas, y especialmente de ultraderechas, como las representadas por Cabildo Abierto. 

Una constelación de viejos y nuevos aliados de las derechas uruguayas se presenta en este momento, como lo hicieron en el pasado. Allí revisten las Fuerzas Armadas, la Iglesia Católica (no toda, pero sí sus jerarquías), las cámaras empresariales y los grande medios de comunicación (que adhirieron in totum a la convocatoria de Un Solo Uruguay), el Partido Nacional y el Partido Colorado, y una extrema derecha que antes se sentía más cómoda en los viejos partidos fundacionales y hoy reclama su identidad propia.

De hecho, cuando aparece Un Solo Uruguay en el escenario público, anticipa de algún modo el vínculo de las derechas “sociales” con las derechas “políticas”. Si es esa la suma que les dio potencia como para iniciar un proceso de desmantelamiento de derechos y logros trabajosamente conquistados, el FA debe liderar, junto con los movimientos sociales, la oposición política y social al proyecto de la derecha. Debe ser una oposición clara, nítida, y confrontacional, que señale dos campos de acumulación política opuestos. Y aquí, el Frente Amplio deberá abandonar cualquier pretensión partidocrática y generar política junto al movimiento sindical, al movimiento feminista, a los movimientos por los derechos humanos, a los sectores de la cultura que siempre construyen pensamiento y sensibilidad de izquierda, y al resto de las izquierdas que sufren y padecen peores circunstancias que nosotros a lo largo y a lo ancho del continente. Menuda tarea. Pero no son desafíos que no estén al alcance de una fuerza que nació en peores circunstancias que las actuales, y a las que los años en la oposición fortalecerán nuevamente.