Crítica seria y leal

De Jorge Zabalza

…que se debe agradecer. Pues propicia el debate e, ineludiblemente, conduce a una necesaria profundización. ¡Gracias, Fernando! La fase de reconocimiento al ensayo -que satisface mi costado vanidoso, por supuesto- está acompañada por la corrección de “gaffes” y errores garrafales en muchos de los detalles y episodios recogidos en “La Leyenda insurgente”. La una tan necesaria como la otra. Me excuso por los “horrores” dada mi condición de autodidacta, lo cual entraña asumir carencias en formación o, dicho con otras palabras, ser bastante analfabeto en la materia. 

Dicho sea esto, “vamos a la almendra del asunto”, como gustaba decir el Negro Vidal, que algunos de los viejos “latas” recordarán. Desde adolescente me llamaron la atención dos interrogantes que dejó el proceso histórico en la Banda Oriental: el primero de ellos (¿por qué Artigas no volvió del Paraguay al Estado Tapón que vitoreaban en Montevideo?) lo comenzó a responder la “Misión Ponsomby”, del viejo Herrera, que ha sido harto profundizada en diversos ensayos de Methol Ferré y Carlos Real de Azúa. En un editorial de “Marcha”, don Carlos Quijano atribuyó a los traidores la responsabilidad histórica de la derrota del artiguismo, condición imprescindible del proyecto del Foreing Office. Repito: la traición como el aspecto determinante del proceso de la derrota de Artigas. Estos elementos tan conocidos me excusan del trabajo de fundamentar.

En la historia pergeñada desde la academia queda sin responder otro interrogante crucial: si Artigas intentó dos veces tomar Montevideo, forma de reconocer la importancia estratégica de la ciudad amurallada, ¿por qué en 1816 la dejó abandonada a los portugueses, como si no le interesara para nada? La respuesta a la que apunta “la leyenda insurgente” implica entender que, luego de las traiciones, el artiguismo tomó formas de movimiento guaraní-misionero, que su problema “nacional” era restablecer la unidad de los “30 pueblos” víctimas del genocidio en 1750, nada que ver entre adherentes al monopolio español y subordinados a la hegemonía británica. Unidad de las misiones divididas en dos por el frente genocida europeo que formaban España, Portugal, Buenos Aires y Montevideo. 

ESTE INTERROGANTE NO HA SIDO RESPODIDO POR LA ACADEMIA, porque la academia es ideológicamente europea, asume la lógica política de las clases sociales que se desarrollaron en Europa (y en cuyas fuentes proletarias abrevamos, por supuesto), pero se saltea la lógica política surgida de la contradicción entre pueblos originarios e invasores genocidas. El artiguismo en 1816 hablaba guaraní como se hablaba en Misiones, Paraguay y Corrientes. Eran guaraní-misioneras sus reivindicaciones, sus tradiciones militares, su rebeldía, su cosmovisión religiosa, su modo comunitario de vivir y su modo cooperativo de producir. 

Hay que leer nuevamente al liberal Azara -aunque es muy “pesado”- para descubrir que el discurso ideológico del “progresismo europeo” que él encarnaba, estaba lleno de prejuicios y miedos a las formas comunitarias de ser y pensar. Bueno, “La Leyenda” es una toma de partido, entiende que la adhesión del artiguismo a esas formas programáticas guaraní-misionera, fue determinante en nuestro proceso histórico, pese a que dos siglos de academia y universidad la hayan menospreciado sistemáticamente. 

Posiblemente este autodidacta haya exagerado al batir el bombo indígena y dejado a un lado los aspectos negativos de las relaciones de poder en las sociedades quechua-aymará-guaraní, pero… ¿acaso no llevamos quinientos años de poner el acento en el “proceso civilizatorio” que significó la imposición del capitalismo en el continente? ¿cuántos marxistas de ley sostuvieron la naturaleza progresista y necesaria del salvajismo y la barbarie peninsular? Al parecer ha llegado la hora de apuntar la mira a Europa y dispararle ideología sin piedad, una forma tardía de verdad y justicia con los exterminados y desaparecidos para engrandecer la revolución industrial del capitalismo. Tal vez “la leyenda” se incline demasiado hacia un lado, pero… ¿cuántos siglos van consintiendo la falsificación ideológica que viene del “viejo” continente (que no es más viejo que éste)?

Tercer punto y despedida: las oligarquías portuarias… “revolucionarias sí, en lo político, rupturistas con el mercantilismo español y entusiastas librecambistas” (cita textual del artículo de Fernando). Parece necesario reiterar otro aspecto crucial de la versión que intenta desarrollar “la leyenda”: al contrario de lo ocurrido en otros modos asiáticos de producción (China, India, Japón), en América los conquistadores no toparon con la resistencia (o la complicidad en algunos casos) de una burguesía mercantil previamente desarrollada en lo nacional. Tampoco vino a instalarse una burguesía con proyecto propio de desarrollo, como sí lo hizo la del Mayflower. En los puertos de América del Sur se instalaron mayordomos y capataces de la burguesía industrial y mercantil británica. Pedúnculos o tentáculos DEPENDIENTES desde su nacimiento de los centros europeos del capitalismo. Nunca pretendieron un modelo de producción diferente al que le imponían, apenas esbozaban reclamos por el monto de sus salarios. 

En mayo de 1810 se comenzó una guerra civil entre los querían seguir siendo mayordomos de España y quienes entendieron que Gran Bretaña pagaba más y mejor… ¿dónde están las siete diferencias? Ya era un sistema-mundo el de entonces. ¿Acaso el cambio de patrón significó independencia y progreso? ¿la historia de los pueblos no siguió transitando los mismos carriles? Nos hace creer que, desde las “guerras de la independencia” somos independientes y vivimos en una democracia plena ¡por favor! Dejémonos de supercherías. Creo que esta toma de partido será definitoria en el futuro al analizar con fineza la naturaleza de nuestras clases sociales y de las ideas liberadores de la esclavitud asalariada, subversión del relato histórico que acompaña la insurgencia de las rebeldías. Abrazo fraterno y ¡gracias!   - 

  • Respuesta a la reseña de Leyendas Insurgentes,  artículo Luces y Sombras  Fernando  artículo Aparicio publicado en el N°| 33 de Claridad