Por Manuel Laguarda
Una de las novedades introducidas por el reciente ciclo electoral ha sido, indudablemente, el surgimiento y consolidación de Cabildo Abierto como el cuarto partido político del país, con el 10% del cuerpo electoral, una importante representación en ambas Cámaras, la pretensión de representar corporativamente a las FFAA y un poder decisorio en la futura coalición de gobierno: sin sus votos, la misma no tendrá mayorías en el Parlamento.
Por primera vez se instala con fuerza un partido de ultraderecha, ya que hasta ahora la misma se presentaba como expresión menor y en forma diluida en ambos partidos tradicionales (PPTT).
Eso no quiere decir que no existiera. Sus raíces nacionales se remontan al riverismo de principios de siglo, acaudillado por otro Manini, enfrentado a Batlle y Ordoñez y aliado a las fuerzas conservadoras, desde la elección de la Asamblea Constituyente de 1916, y sostén de la dictadura de Terra. Pasa por Nardone en la década del 50, esa vez en alianza con los blancos para derrotar a los colorados en 1958, vuelven al P Colorado en la época de Pacheco y se van a expresar en la sociedad en diferentes movimientos de extremo anticomunismo como la JUP.
La diferencia es que ahora son un partido autónomo, con vocación de gobierno y de poder, y con respaldo en la llamada familia militar, no condenan a la pasada dictadura militar e incluso varios de sus cuadros estuvieron vinculado a la misma.
Estrictamente no puede calificarse a esta partido de fascista o de neofascista. No reivindican al fascismo histórico, ni tampoco se ubican como su actualización a los tiempos presentes.
Se ubican en el juego político democrático y no plantean una ruptura radical con el sistema.
Sin embargo su matriz cultural es distinta al resto del espectro político uruguayo, incluyendo a los otros partidos de la coalición.
La misma no es estrictamente democrática y apela a valores conservadores tales como el orden, la autoridad, la tradición, el jefe mesiánico por encima de la racionalidad del programa.
Una comunidad, en el sentido del sociólogo Tonnies, basada en la preservación de una tradición inmutable, más que en la deliberada construcción y el cambio que los ciudadanos van acordando, una sociedad no contaminada por la modernidad, por la globalización o por el mundo allende fronteras.
El comunicado difundido por el Centro Militar durante la veda electoral, cuya autoría intelectual procede del entorno de CA, ejemplifica esta visión del mundo, que remite a los mecanismos inconscientes de lo que los psicoanalistas llamamos posición esquizo paranoide. Esquizo por la disociación de lo bueno adentro y lo malo afuera, paranoide por la acción permanente de destrucción conspiratoria atribuida al ente malo exterior.
Hay un ente idealizado cuya custodia se atribuyen los que enuncian esta discurso, el Uruguay bucólico de tiempos pretéritos, armonioso y ordenado por jefes y tradición que habría sido corrompido por lo que ellos llaman marxismo, que en realidad es todo lo que ha pasado en el mundo después del Renacimiento y por tanto para restablecer la bondad primigenia del ente idealizado, hay que extirpar ese tumor, metáfora quirúrgica que alude a eliminar a los que han introducido esa maldad desde afuera.
La identificación de esa sociedad inmutable con el artiguismo, tiempo de revoluciones, donde todo lo sólido se disolvía en el aire, se removía el orden social, caían virreinatos y se repartían tierras, no resiste el menor análisis.
La presencia de esta matriz cultural lleva al historiador y politólogo italiano Enzo Traverso (Las nuevas caras de la derecha 2017) a caracterizar estos partidos como postfascistas .
Si bien hay diferencias con el fascismo alemán o italiano, las analogías saltan inmediatamente.
Tanto en Italia en la década de los 20, como en Alemania de los 30, los partidos de la derecha convocaron a la ultraderecha para aplastar a la izquierda y al final se quedaron con todo el poder.
En tiempos pre-electorales, el video de Manini, el comunicado del Centro Militar, el video con amenazas de Tellechea y antes, las declaraciones sobre el escuadrón de la muerte o el aborto o la presencia de jóvenes con remeras nazis en un acto de CA, removieron los fantasmas del fascismo y más cerca los de 1973.
Y si bien en lo inmediato no están en riesgo las instituciones, estos nubarrones en el horizonte evocan la imagen del huevo anidado de la serpiente como un riesgo a futuro sobre la democracia.
El video de Manini fue una jugada para retener el voto militar y marcarles la cancha a sus socios de la coalición, en el sentido de tensar la cuerda e imponer sus condiciones.
El propio Lacalle reconoce en un reportaje que fue una jugada inconsulta, lo cual deja la puerta abierta a hechos consumados que puedan quererle imponer a la coalición y al país.
Más allá de que la jugada la salió mal a su autor y contribuyó al repunte del voto frenteamplista y a dejar aislada a la ultraderecha, estas situaciones pueden repetirse a futuro.
Por tanto, dos tareas se imponen a las fuerzas de izquierda en este escenario: defender y preservar a la democracia y defender nuestro programa en lo económico social, o sea los intereses y derechos de la mayorías y de los trabajadores.
Sobre esta articulación de la cuestión democrática y la cuestión social no hay recetas y habrá que tener una gran capacidad política y tener en cuenta los contextos, las coyunturas y las correlaciones de fuerza. Y la experiencia histórica, esta necesaria articulación se le presentó a los socialistas de todo el mundo en muchas ocasiones. Incluso a nosotros, cuando en un contexto diferente redactamos Democracia sobre Nuevas Bases.