Desalambrando memorias con Daniel Vigletti

Escribe: David Rabinovich

El próximo 30 de octubre se cumplen dos años de la ausencia de Daniel Viglietti.  Es tiempo de campaña electoral y aunque las apelaciones a la memoria son constantes, no todo tiene el mismo valor ni la misma calidad. Hay cosas que, inevitablemente pasarán al olvido pero otras no deben tener ese destino. Por eso queremos que suenen las sentencias de sus versos claros para que su memoria no desaparezca. Con ese propósito Claridad rescata este artículo, firmado por Rabinovich, narrando una sencilla anécdota que marca la personalidad de nuestro recordado Vigletti.

Este fin de semana, distraído como siempre, me dispuse a escuchar uno de mis programas favoritos: Tímpano. Creo que en ese angustioso instante tomé otra conciencia de lo que perdimos con la muerte de Daniel Viglietti. El Espectador transmitió un programa grabado, quizá de los primeros de la serie. En ese momento pensé que tenía que escribir unas líneas sobre su vida ¿pero qué puedo agregar a todo lo dicho por gente que lo conoció de cerca o que tiene posibilidad de apreciar su obra musical y poética con otras herramientas?

La muerte lo agarró desprevenido, lleno de vida y proyectos a los 78 años. Me viene a la memoria la imagen del trovador, joven treintañero, riendo y llorando de risa. Éramos pocos en la casa de “Los Peracita” como los llama José Díaz todavía hoy. César y Oscar vivían en la calle San José, después Astorga y hoy Batlle y Ordóñez; la casa a la que me refiero estaba en la acera de enfrente, ahora hay una librería allí.

Creo que era 1970 -¡Qué tiempos aquellos!- Jugábamos casi todos en la sub 20 del Partido Socialista, que fue uno de los grupos ilegalizados por el pachequismo. La memoria me ofrece retazos de esos días y puede que mis entendederas, hoy  entorpecidas me jueguen alguna mala pasada, pero hay cosas que recuerdo y me parecen homenaje valedero para Daniel.

El 1º de Mayo del `70´ nos plantemos hacer algo diferente a la tradicional y anémica concentración en una plaza del pueblo. Convocar al Prof. Carlos Machado para que explicara la historia del 1º de Mayo fue sencillo. Un poco más complicado, pero nunca falta quien tenga el contacto adecuado, fue conseguir local. El Hogar Católico nos pareció sensacional para hacer algo distinto. Fue la sugerencia de Hugo Monetti: salteño y buen cantor, lo cual nos sorprendió bastante.

 -¿Pedirle a Daniel Viglietti que venga a cantar en un acto? ¡No nos va a dar bola! Y además:¿Cómo lo contactamos?

Hugo lo conocía, sabía la dirección, el teléfono y nos facilitó reunirnos con él. Daniel vivía cerca de la rambla, en el centro de Montevideo. Quizá en calle Convención, no lo recuerdo bien. Lo llamamos, accedió a recibirnos y de muy buen grado vino a cantar en San José.

Hubo una concurrencia muy buena al “acto”, la charla de Machado fue estupenda y el cantor “la rompió”. La gente se fue contenta. Todos nos fuimos contentos.

Después del acto, nos reunimos para comer unas “achuras” y a tomar un poco de vino. Estaba calculada para diez, o menos, pero, por las dudas, tenía que alcanzar paraveinte. Ni el pan fue suficiente. ¡Qué hambre pasamos! Las tripas las comimos calientes sí, pero crudeli.

Cuando “el Facha” se plegó a la comitiva y se integró a la reunión, salvó la cena. Después de dos vasos arrancó a capela, “Y por el camino real/una gran carreta asoma/ rompiendo la policroma/quietud… de las arboledas…”. Al tercer verso, Daniel echó mano a la guitarra. Escuchamos al Facha Ruiz, en sus mejores años, acompañado por un guitarrista, que ya en aquella época, tocaba como los dioses. La guitarra sonaba hasta que las convulsiones -que provocaban al guitarrero una risa incontenible- lo impedían.

Ahora que la muerte le puso una ratonera quiero recordarlo joven, generoso, solidario, militante. Creo que ni el boleto le pagamos; la comida era poca y un asco, pero ninguno de los que participamos podremos olvidar aquella fiesta organizada por jóvenes socialistas clandestinos. Fueron tiempos de luchas y de sueños, de inconsciencias personales pero de construcción de las colectivas. Épocas no mejores, ni peores: diferentes. Donde quiera que estén tantos que ya no están, seguro que sonríen con el recuerdo.