El debe y el haber del plebiscito para derogar la ley de protección a personas trans porque no es lo que parece

Escribe: Inés Albarenga

El resultado obtenido fue un sonoro sopapo a los promotores  del plebiscito que pretendía derogar la ley que protege y reconoce derechos  de las personas denominadas “trans”. La jornada del domingo 04 de agosto no logró acumular el mínimo del 25 por ciento de respaldo exigido por la normativa y apenas se aproximó al 10 por ciento de los habilitados para votar en el padrón nacional. Al erario público le costó 3 millones 120 mil dólares, es decir que esa enorme mayoría que  marcó con la ausencia su rechazo al intento restaurador, subvencionó las pretenciones punitivas de quienes rechazan la ley.

Se trata de un enorme y hermoso ejemplo de tolerancia, respeto y ejercicio real de la democracia. Y es bueno que quienes son sus beneficiarios, en uso de derechos legítimos que no se cuestionan, consideren estos aspectos.

Pero, más allá de eso, no se debe cometer la ingenuidad de pensar que los promotores de la iniciativa revisionista actúan guiados por la defensa de principios ético y morales. Quizás algunos pocos, de los poquísimos que dieron su voto a la iniciativa,  tenga respetables pruritos de orden religioso, filosófico y hasta absurdamente científicos, para explicar y justificar ese posicionamiento, todo ello merecedor de consideración respeto y tolerancia, pero es menester hacer el análisis político de esta movida para desnudar y exponer los objetivos finales que se persiguen tras la parafernalia de medievales argumentos tan pretendidamente leguleyos como histéricos.

El conglomerado restaurador que se oculta detrás de la imagen reivindicativa  de estos principios es, hablando genéricamente, la derecha, pero sería erróneo clasificar de manera tan general. Hay que precisar quiénes son sus integrantes y, en especial a los que son factores de sustentación de ese propósito. Y al hacerlo surge claramente la presencia de la Iglesia neo Pentecostal, a través de sus diversas expresiones particularmente encarnada en políticos del Partido Nacional.

No sería correcto desconocer la importante acción de estas organizaciones que  con el aporte de militantes y dinero se han aquerenciado en el seno sediento y apto para darles cobijo  del Partido Nacional. Y, ante la carencia de principios e ideología, por la vía de brindarles calma a sus dolores espirituales cuando los tienen, e inyectarles recursos económicos para sus necesidades personales y colectivas, han ido ganando adeptos en la tarea de estigmatizar a la izquierda, en tanto que suman seguidores provenientes de la derecha reaccionaria y restauradora de regímenes dictatoriales. 

Esta derecha ha realizado una maniobra eficaz para sus propósitos ya que, a costa del erario nacional, ha logrado contabilizar la cantidad de apoyo que posee, además puede identificarla con padrones válidos y, lo que es más importante, posee su ubicación geográfica. Datos todos estos costosos por la vía orgánica profesional, que ahora disponen de manera gratuita. Información valiosísimos para encarar una campaña de marketing político con alto grado de eficacia.  

Ante esto: ¿Quién puede afirmar que el propósito real de esta iniciativa era derogar la ley? 

Con conocimiento de nuestra realidad y nuestra idiosincrasia, era obvio que el plebiscito no triunfaba, aunque permitía obtener los datos mencionados, pero, ¿en qué se basa la obviedad de ese anunciado fracaso que no se ignoraba?

Se basa en que, en ese campo la derecha ha comprobado que no gana la batalla cultural y que ella se traduce en fracaso electoral. Tiene el dato certero de que, incluso dentro de los partidos conservadores, no logra respaldo. Que incluso con la tácita alianza dada con el sector militar no logra mover la aguja. 

Si bien hubo un intento de movilizar  a las jerarquías de las iglesia católica y evangélica, éstas cumplieron apenas para salvar un compromiso  que no sabemos cómo se les planteó, pero que vale decirlo sus jerarquías soslayaron con el estilo propio de las órdenes y no brindaron respaldo a la iniciativa.

Como punto final digamos que si la derecha ha ubicado a los departamentos de Rivera y Salto como polos de crecimiento para sus empujes reaccionarios, la izquierda y sus matices también saben dónde deben poner atención para contrarrestar ese avance.