Las alianzas son más exitosas cuando se tejen con lazadas de principios

Escribe: Edmundo Ballesteros

Es sabido que las encuestas de opinión son un mero instrumento, no explican todo,  aunque sí sirven para completar y vestir el análisis político. En las últimas semanas, mayoritariamente las consultoras que trabajan en ese campo, presentan datos que estarían dibujando un escenario adverso para que el Frente Amplio obtenga su cuarto gobierno consecutivo. Un sentimiento de preocupación ha comenzando a  traslucirse en algunos referentes del partido de gobierno, que en una forma un tanto elíptica a veces y en otros casos semi directa, se refieren a la posibilidad de no resultar ganadores en octubre-noviembre.

La movilización de las huestes frentistas por ahora  se desarrolla a media máquina, el optimismo esta mellado pero no extinguido. Dirigencia y militancia esperan y obran para revertir la tendencia que indican las encuestadores, pero  por el momento no aparecen ni hechos, ni expresiones que muestren el despegue de una reversión contundente.

Parece dominar la escena una preponderante  inclinación a correrse al centro y hacer foco en ese “espacio político” para pescar en él. Esto da origen a posiciones encontradas, ya que algunos piensan que la elección podría ganarla el Frente Amplio tan solo si hace una reafirmación de posiciones de izquierda.  Es decir algo que necesariamente lo enfrente con una parte de la gestión de sus 15 años de gobierno, donde las posiciones de izquierda histórica se pueden contar con los dedos de una sola mano.

En ese contexto transcendió que los estrategas comunicacionales de la formula Martínez-Villar, buscarían una adecuación de su slogan de campaña, dejando el usado en las internas  el Nuevo Impulso, por otro que se referiría a que no vuelvan los privilegiados. Las campañas electorales en la actualidad se alimentan del marketing político, -el progresismo no es ajeno al fenómeno-, pero se impone una reflexión traducida en una pregunta ¿en los tres gobiernos del Frente Amplio fueron  verdaderamente acorralados los privilegiados? ¿Los privilegiados, por la cuna, el dinero, el poder, las relaciones, se vieron obligados en algún momento a hacer sonar el clarín de órdenes, con las notas de la retirada? Cualquier observador atento, que no se deje ganar por la subjetividad, los deseos y el voluntarismo,  va a concluir que eso no ocurrió. Los privilegiados en este paisito  no han abandonado su sitial de poder, prerrogativas y posición dominante.  Para sostener tal afirmación basta simplemente con listar algunas de las medidas que tradicionalmente están asociadas a los procesos político históricos de perforación del privilegio y que la ola larga del progresismo oriental  no trajo a nuestras costas. Específicamente hablamos de: gravar la riqueza acumulada, a través del aumento del impuesto al patrimonio, la instauración de un impuesto a las grandes herencias, el re aforo de la tierra, con su correlato de aumento impositivo para fracciones superiores a las 2.000 has,  recurrir a las detracciones para tocar al agro negocio, limitar las exenciones y renunciamiento fiscal a favor del capital transnacional especialmente en el sector forestal celulósico. no verter cápitas a los seguros privados de Salud, rescatar -para aplicar la noción de la reforma urbana- castigando a los grandes rentistas, aumentar la tributación del consumo suntuario en toda su línea, etcétera. Estas y otras medidas, en sintonía con la voluntad de agrietar y acortar el privilegio dentro del statu quo capitalista, no estuvieron en el orden del día y eso porque el progresismo sobre todo se concentró en administrar la sociedad  y la economía de mejor manera, con más sensibilidad social, en el marco del despliegue de una estrategia compensatoria y de mitigación de las desigualdades estructurales.

No sinrazón algunos recuerdan y desempolvan en estas circunstancias,  la necesidad de sellar una alianza con las capas medias que dé lugar su “rescate”. Entre quienes defienden esta justa aspiración, que apunta a reconstruir la base social y electoral del frenteamplismo, no todos reconocen de  forma explícita el papel que le toca a la clase trabajadora en la vertebración y acaudillamiento de esta alianza que debe construirse pues ese es el camino que va de lo social a lo político y desemboca en lo electoral, sustentado en énfasis programáticos, que deben traducirse en medidas de gobierno, claras e inequívocas, para garantizar coherencia y superar la desazón  que trae la claudicación.

 Buena parte de los sectores medios, electores del FA tienen la percepción que el gran esfuerzo económico, en el sostén  de las políticas progresistas, ha recaído sobre sus hombros.

Estos años demostraron en su economía domestica que, proporcionalmente, han pagado más quienes ganan más, pero no quienes tienen más, en esta última categoría quedan comprendidos los privilegiados nacionales y los extranjeros, muchos de los cuales son personeros del capitalismo global. Lo anterior no puede llevarnos a desconocer la visualización  de otro malestar, que no viene solo del bolsillo, y que anida en buena parte de los sectores medios politizados e inmersos en una tradición y cultura de izquierda que, en su bronca, perciben los renunciamientos, las claudicaciones y el retroceso del FA en una perspectiva transformadora.  

Otro aspecto no menor, al que se debería responder con una dinámica de búsqueda de una pretendida e indispensable reversión es ¿cuál sería el comportamiento de un cuarto gobierno ante una perspectiva inevitable de ajuste? A través de rodeos y valiéndose del recurso  al eufemismo, en la comunicación de campaña se procura esquivar la perspectiva de ajuste, a pesar que en el curso de de la acción proselitista, varios sectores, candidatos y referentes, hablan de la imperiosa necesidad de reformar la seguridad social, sin dar mayores detalles de la misma, especialmente en lo que hace a la eventual afectación de los trabajadores de hoy y de ayer. Por supuesto que  tampoco se emiten señales sobre cuáles serían estratégicas salariales –ya que sabido es que la mayor distribución provino de la mejora salarial cuando la hubo- y el mantenimiento y ampliación del gasto social.

El último elemento que quisiéramos evocar  necesario para activar la reversión, es la necesidad que las alianzas, para comparecer en la elección, no sean meramente acuerdos técnicos electorales, sino que tiendan a crear expresiones electorales donde se pongan de manifiestos las coincidencias ideológicas, programáticas y las cercanías en la lucha social, es decir, que sirvan para  alimentar la perspectiva de la acción política permanente, que transcienda y sea superadora de lo electoral. 

Cabe también reconocer que de acuerdo con los indicadores se está lejos  de lograrlo ya que lo que prima es la mera aritmética electoral para defender posiciones, también cargos y lugares de poder, porque el electoralismo rampante ha venido fagocitando el corazón de su accionar política.