Cuando el león británico perdió las garras: el episodio del Graf Spee

Por:  Fernando Aparicio – Profesor de Historia – Historiador.

Uruguay en el juego de las grandes potencias

Cuando el tratado de Paz de 1919 puso fin al estado de guerra de Alemania con sus enemigos de la Gran Guerra, se estaba dando el primer paso para un episodio que colocaría al Uruguay, veinte años después, durante 72 horas, en el centro de la atención mundial. En el Tratado de Versalles, la Alemania pos-imperial vio reducida su capacidad militar y naval. Se le prohibió, por ejemplo, construir navíos de guerra de superficie superior a las 10 mil toneladas. De hecho se le impedía la construcción de acorazados (navíos por entonces claves para las grandes marinas del mundo).

El ascenso de Hitler al poder, en enero de 1933, auguraba el desconocimiento germano a las cláusulas de Versalles. Efectivamente en 1935 las restricciones bélicas fueron dejadas totalmente sin efecto. Sin embargo, un año antes, en 1934, el III Reich botó tres navíos de guerra que respetaban el límite de las 10 mil toneladas. Fueron tres “acorazados de bolsillo”, verdaderos prodigios de ingeniería naval, veloces, y con gran capacidad de fuego. Uno de ellos fue bautizado “Admiral Graf Spee”.

Iniciada la segunda guerra mundial, el Graf Spee recibió la orden de actuar como buque “corsario”, esto es atacando a los navíos mercantes de sus enemigo, por entonces sólo Gran Bretaña y Francia, a lo largo y ancho de los océanos Atlántico e Índico. Eficaz en sus logros hasta el 13 de diciembre de 1939, se había cobrado nueve presas británicas (barcos mercantes).

El almirantazgo británico se esforzaba por localizarlo en la inmensidad oceánica, en una época en la cual el radar todavía no había hecho irrupción. En las estratégicas islas Malvinas, tenía su base de operaciones una flotilla británica compuesta por cuatro cruceros: Cumberland, Ayax, Exeter y Achiles (neozelandés). Mientras el Cumberland permanecía en reparaciones en Puerto Stanley (Malvinas), los otros tres patrullaban la desembocadura del Río de la Plata. En la luminosa mañana del 13 d e diciembre, entablan una corta, pero sangrienta batalla con el Graf Spee. Parte de ella se desarrolló frente a las aguas uruguayas, Allí, los alemanes pusieron fuera de combate al Exeter. Pero, perseguido por los otros barcos británicos, el corsario alemán se refugió en el por entonces neutral puerto de Montevideo. Comenzaba otra batalla: la diplomática.

Iniciada la guerra nuestro país se declaró neutral. El gobierno del colorado Alfredo Baldomir, heredero del régimen terrista, debió compartir el gabinete -por imperativo constitucional- con el herrerismo. Mismo imperativo constitucional que dividía al Senado en 15 miembros baldomiristas y 15 herreristas. Si bien Baldomir, y en especial su canciller, Alberto Guani, eran abiertamente pro-aliados, el herrerismo era irreductiblemente neutralista. La mayor parte del espectro político, blancos no herreristas, colorados, socialistas, cívicos y comunistas, al igual que la inmensa mayoría de la población del país, era también simpatizante del democrático bando aliado. Marginales resultaban las agrupaciones pro nazis,  que reclutaban adherentes casi exclusivamente en miembros de la colectividad germana radicada en Uruguay.

Interpretar el alcance de las leyes de neutralidad, lo que implicaba determinar el tiempo que tendría el Graf Spee para permanecer y repararse en Montevideo (y si podía o no recibir ayuda desde tierra o desde otro buque) se convirtió en el centro de la cuestión. El más que influyente embajador británico, Millington Drake, corría con una enorme ventaja frente a su par alemán. Este abogaba por una estadía prolongada (para permitir reparar mejor al dañado “acorazado de bolsillo”), mientras Drake urgía una rápida salida, que obligase al Graf Spee a enfrentar al Ayax y al Achilles  (que lo esperaban a pocas millas del puerto) en las peores condiciones posibles.

El mundo puso sus ojos en el ignoto país sudamericano. Para el gobierno uruguayo era un verdadero dilema. Desoír las exigencias de Londres era casi imposible. Pero los cañones del Graf Spee podían bombardear a Montevideo.

El 17 de diciembre, en horas de la mañana, el buque alemán, cumplidas las 72 horas otorgadas por el gobierno uruguayo, abandonó el puerto montevideano. En lugar de enfrentar a los barcos británicos, se dirigió al oeste del estuario, evacuó a sus tripulantes y se autodestruyó.

Aquí fueron enterrados los marinos fallecidos de ambos bandos y asistidos los heridos, la guerra y su crudeza alcanzaba al Uruguay que así se vio envuelto en el juego de intereses de las grandes potencias. Era la época en que Gran Bretaña cedía espacio en América Latina frente a USA, todavía formalmente neutral en el conflicto. En 1940 el Reino Unido cedía sus bases en Groenlandia, Terranova, Jamaica y Guayana a los EEUU, a cambio de 50 anticuados destructores. Gran Bretaña se batía sola -luego de la caída de Francia y otros países de Europa occidental- frente a la Alemania de Hitler. En ese mismo 1940, USA comenzaba a gestionar (y a presionar) ante el gobierno uruguayo, la instalación de una base aeronaval en la costa oceánica de nuestro país. Gracias a la cerrada oposición, del por entonces gravitante herrerismo, la iniciativa se frustró. Los norteamericanos volvieron a insistir  n en 1944, con una guerra mundial casi definida en su desenlace. Se asomaba en el horizonte, la guerra fría, y con ella la indiscutible hegemonía hemisférica de los EEUU. ¿Fue la victoria naval del león británico en la Batalla del Río de la Plata, un último rugido, antes de ceder su lugar al coloso yanqui?*