Anécdotas para guardar la memoria. De cómo Coitiño se “comió un garrón” sin mancharse las manos”

 

Garabed Arakelian

Cuando el Frente Amplio llegó a la Intendencia de Montevideo -15 de febrero de 1990-  se produjo un sismo social y político que sacudió a todo el país y en particular a la población capitalina. Mientras el suelo trepidaba,  los representantes de la fuerza triunfante comenzaban a ocupar los cargos de dirección.

En el marco de ese remezón, Carlos Coitiño ocupó la dirección de las Áreas Productivas  de la Intendencia. Se trataba de un destacado referente del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP). Ex empleado bancario, era figura conocida por su militancia sindical en filas de AEBU.  Pero en aquel entonces, en el plano personal no teníamos antecedentes de relación alguna y con su designación en la Intendencia tampoco se modificaba esa situación: es que trajinábamos en espacios diferentes, pues yo estaba en la UTU, al frente de  la División “Formación en la Empresa”. Como se ve: en ámbitos distintos y distantes, ajenos y lejanos. Ninguno perturbaba el sueño del otro. Pero quiso el destino, como suele decirse en los libros de cuentos, que nuestras vidas se cruzaran en las líneas de una trama  iniciada años antes pero sin la intención de converger en un encuentro y una acción común.

Carlos Coitiño traía planes, iniciativas y unas ganas enormes de “hacer cosas”, de impulsar ideas transformadoras y apenas asumió en su nuevo cargo se dispuso a concretarlas. Entre las primeras de esas muchas acciones, se propuso fortalecer y dar impulso al lánguido palpitar de la actividad turística de Montevideo. Relevó datos y comprobó que el turismo era una industria  promisoria y que, pese a estar alicaída, tenía fortalezas disponibles.  Entonces acudió a los contactos que tenía en Génova, Italia, en el sindicato de los gastronómicos, para, con ese respaldo, iniciar la transformación de dicha área poniendo énfasis en  la formación de los futuros trabajadores de esa fuente de trabajo. Así logró que  un técnico italiano director de una de esas escuelas viniera a Montevideo a fin de brindar asesoramiento. Con su arribo  es que empezó mi relación de cercanía con Coitiño y yo comencé a enterarme de estos pormenores que ahora estoy narrando, pues, sin haberlo deseado ni pedido, estaba involucrado en ellas.

Lo primero que hizo el italiano fue pedir los programas de turismo y afines que dictaba la UTU y con ellos en mano comenzó a entrevistarse con los docentes que intervenían. Me enteré de ello porque Coitiño, por iniciativa propia, pues no tenía la obligación de hablarme del tema, me llamó para ponerme al tanto de esas entrevistas, comentarme que los resultados no eran promisorios y que el técnico italiano estaba decepcionado.  Me dijo que consideraba oportuno que lo recibiera y le informara lo que había hecho en una experiencia de formación y mejora para el área de mozos en actividad, que había realizado con la colaboración y asesoramiento de la Asociación de Mozos del Uruguay. Y dos días después el técnico, cuyo nombre no recuerdo, me vino a ver y a preguntarme muchas cosas.

Es bueno recordar que si bien la Intendencia estaba en manos del Frente Amplio las elecciones nacionales las había ganado el Partido Nacional y, por lo tanto, la UTU estaba dirigida por dos blancos, Eduardo Burghi director general y el doctor Castellano subdirector; integraba el terceto de dirección la maestra  Fany Aarón representante del Partido Colorado  en la línea del doctor Jorge Batlle.

Los días pasaban y Coitiño se mostraba tenso. Yo no tenía nada que ver con los planes que él tenía pero comenzó a llamarme seguido y a conversar en extenso conmigo. Me dijo estar urgido por los tiempos ya que el técnico tenía fecha de retorno. Si acá, antes de irse, se concretaba algo, volvía en un mes para instalar el proyecto que Coitiño, justificadamente, guardaba con mucho celo, de lo contrario se cerraba ese capítulo. Pero aunque parezca que nos alejamos del tema, es preciso este detalle pues en ese lapso Coitiño se abrió y confió en mí, revelándome su intención: él quería formar una escuela de hotelería, que fuera co-dirigida entre la UTU y la Intendencia.

De modo que, mis conversaciones con Coitiño y con el asesor italiano se tornaron frecuentes y con un alto nivel de confianza, especialmente por parte de Coitiño a quien yo le argumentaba que, desde mi punto de vista, la dificultad mayor estaba en sincronizar con el oficialismo, que era donde se podía dar el desencuentro y que el plantel docente se podía reclutar con mayor facilidad y así comenzar la tarea. Pero yo lo encontraba reticente y falto de convicción. Había una causa: estaba adelantada, casi pronta la formación de la Escuela Técnica de Hotelería, Gastronomía y Turismo de la UTU y su sede sería el Hotel Casino Carrasco que pertenecía a la Intendencia de Montevideo. El técnico se fue y al día siguiente, sin aviso, Coitiño apareció en mi despacho, sonriente y con aire optimista.

- Está todo dispuesto, me dijo mientras tomábamos un café, -el Consejo de UTU muy bien, con buena  predisposición y solo falta designar el director me dijo.

Pero se notaba que había algo que debía concretarse. Y la propuesta era que yo ocupara esa Dirección. Naturalmente rechacé el ofrecimiento y dije todas esas palabras de agradecimiento que se dicen en tales ocasiones. Era un mal negocio para mí: perdía plata, hipotecaba mi jerarquía funcional y entraba en un campo de inseguridades. Coitiño no me dijo “hacélo por mí”, pero hablamos largo y en términos políticos, ese día y muchos más. El desafío me provocaba y él me dio el empujoncito. Dos años después, él se comió un garrón y fue injustamente cesado. En ese lapso la Escuela se destacaba y eso la convertía en codiciado objetivo de conquista para muchos. Asediado, yo debí tomar el camino del retorno hacia mi cargo original. Pero ese no es el objeto de esta nota que solo pretende rescatar la merecida memoria de Carlos Coitiño como promotor de la Escuela de Hotelería,  Gastronomía y Turismo de la UTU, agradecerle el haberme dado la oportunidad de ser su director fundador y en base a su ejemplo, enseñar cómo se digiere un injusto “garrón” sin perder la dignidad.