¿Dónde estamos? Qué decir del Gobierno

 

Eduardo Aparicio

A 18 meses del triunfo del Frente Amplio en la segunda vuelta de noviembre del 2025 y a un año de instalado el gobierno progresista presidido por Yamandú Orsi, cuyo curso de acción política lleva la inconfundible impronta del Movimiento de Participación Popular, nos pareció atinado compartir con los lectores de Claridad algunas reflexiones en clave militante. En este número otros compañeros de la publicación -J. Ramada, H. Tuyá-, se expresan también. Con ellos tenemos muchos acuerdos, algunos matices, pero su trabajo nos releva de ser reiterativos, y no abordar temas que ellos han sabido bien desarrollar.

El triunfo electoral y las expectativas sobre un 4º Gobierno del FA se cimentaron un deseo de romper con el gobierno de derecha, encarnación de una propuesta y programa conservador, con anhelos de alternancia, basadas en transformaciones de baja intensidad, sin visos radicales.

La dirigencia, para asegurar la victoria, puso lo suyo. Continuaron con la apuesta al “centro”, evitaron las polémicas, buscaron y encontraron amparo en un programa del FA que en forma paulatina y sostenida de elección en elección sufre una sostenida rebaja.

Buenas maneras políticas, lugares comunes de un republicanismo despojado de toda radicalidad, se transformaron en recursos dominantes y excluyentes. A lo que se suma la bonhomía, el estilo llano, dialoguista, componedor, de medianía encarnación de la “uruguayez”, que Yamundú Orsi representa con solvencia, realizando un prolijo guión laboriosamente construido.

La tónica, el talante del gobierno, responde a lo que se podía esperar, a pesar de que en ciertos aspectos puede haber causado ciertas e incomodas sorpresas por una moderación discursiva a veces extrema, desconcertante y por algunos cursos de acción que lo alejan de la cultura de la que debería ser tributario.

Nosotros, echando con modestia mano en la caja de herramientas del marxismo, nos atrevemos a arriesgar una definición sobre la naturaleza del gobierno, que desde el pique se sustenta sobre un apoyo popular basado en un sentimiento signado ante todo por la decisión del electorado progresista de desplazar a las derechas conservadoras. La opción de respaldar el binomio Orsi-Cosse trazó sus líneas de acción sobre expectativas bajas, no más que medianas, pero ellas conllevan un componente dramático: la amenaza que se cierne sobre ellas a pesar de su moderación, exponiéndose al serio riesgo de finalizar frustradas, como parte de una apuesta malograda e inconclusa.

Por el momento la escena está poblada por una línea de continuidad; pero esta nueva versión (4° gobierno) pone de manifiesto una más nítida confrontación con las limitantes que están en la base de todos los proyectos progresistas. Es en tales limitantes que radican, se asientan los reactivos de la frustración; ya que el agotamiento progresista no solo se visualiza en Uruguay, sabido es que estos ensayos son a la vez hijos y prisioneros de sus límites de nacimiento y naturaleza, catalizadores de una muy probable frustración, el progresismo es a la vez hijo y prisionero de sus propios límites.

En el proceso eleccionario ya encontramos lo fundamental de los elementos que sirven para explicar hacia a donde apunta el proceso en curso. Las elecciones confirmaron la capacidad electoral del frenteamplismo, retoño de la encarnación de una épica, producto de su tradición política cultivada en más de medio siglo, la que a su vez apalanca una capacidad de tracción, retención del voto histórico, reflejado en un comportamiento inercial, al que se le sumó otro distinto (ocasional), no fidelizado.

Desde el arranque el gobierno Orsi eligió en su accionar una carta de navegación que lo pone y expone en tensión con el programa del FA, y en parte con sus compromisos electorales. Programa que a pesar de la lucha que dio la izquierda del FA, sigue estando marcado por el abandono de postulados históricos, esencia de una izquierda auténtica. Así se explica e ilustra en el desempeño de los primeros doce meses por un talante de prudencia, una actitud defensiva, una vocación “ultra negociadora” (muchas veces sin bases reales), sin desconocer que se debe transitar un juego (filigrana) parlamentaria para obtener la aprobación de iniciativas. Ciertos gestos, y el sentido más en profundidad de algunos posicionamientos y medidas gubernamentales, confirman que estamos ante un gobierno donde son de recibo, aceptadas y practicadas modalidades que responden a concepciones de conciliación de clases, con algunos rasgos de un bonapartismo de izquierda, que hace que tan solo pueda ser una expresión parcial de los intereses de los trabajadores y clases subalternas.

Un rasgo para no omitir en el pantallazo que pretendemos presentar es la rápida caída en la opinión pública de la aprobación gubernamental, si bien la de la imagen presidencial ha sido menor; pero es fundamental tener en cuenta el malestar generado en la militancia y entre sus electores. En el que pesan particularmente las posiciones del gobierno en materia internacional, especialmente la reticencia a llamar por su nombre el genocidio llevado a cabo por el sionismo en Gaza o la búsqueda de una pretendida equidistancia de los bloques (como sostiene Lubetkin, “estrategia internacional sin alineamiento y basada en hechos”), que no puede esconder una subordinación a los intereses de EE.UU., como lo pone de manifiesto la tardía y errática decisión de participación en el Escudo de las Americas impulsada por Trump. Sin olvidar diversas medidas en el plano local, que coliden con legítimas y bien fundadas preocupaciones del movimiento ambientalista y sectores de la academia, como es notoria la reciente autorización para el inicio de la prospección petrolera sísmica.

A su vez se ha acrecentado con nuevos ribetes la polémica de naturaleza histórico-estratégica sobre los niveles de autonomía del gobierno frente al partido (Frente Amplio), el esquema de relacionamiento encontrado no parece ser la más adecuada. Concomitantemente -en los círculos del carozo militante, genera preocupación las formas de buscar el disciplinamiento (encuadre), tanto de la militancia como de los parlamentarios-, seguimos reivindicado una de nuestras mayores señas de identidad, la de la unidad de acción política con lucha ideológica y debate.

La confirmación de las orientaciones del movimiento sindical (plasmada en el resultado del XV Congreso del Pit-Cnt), marca la consolidación de posiciones clasistas de independencia y autonomía, que han instaurado un contexto de forcejo permanente, sostenido e in crescendo entre el movimiento popular y el gobierno. No es más que una consecuencia directa de los efectos de la lucha de clases, que se irá dilucidando en función del estado de maduración, elevación de la consciencia y de la movilización, estableciendo una evolución dinámica y cambiante de la correlación de fuerzas en términos de intereses y subjetividades de clase.

En la manera de pararse frente ellas, dependerá el pasaje de una prueba de fuego sin retorno para el FA, donde se comprobará si es una herramienta capaz de producir las transformaciones necesarias en el país, o se convierte en una variante de un partido del orden.

En el análisis es muy importante introducir el distingo de que las capacidades de acumulación electorales -que permiten triunfos en elecciones- no siempre están asociadas a la eficacia e idoneidad de una herramienta de cambios.

De lo visto en el primer año se vislumbra el sendero elegido por el gobierno, que se aferra a coordenadas en las que priman, por el momento, una voluntad de mantener el statu quo, con énfasis en la mitigación de las consecuencias de problemas estructurales subordinados al dogma de crecimiento con distribución, la moderación en la apropiación de la renta y la prudencia en la dilucidación de la puja redistributiva. Las apuestas del gobierno están condicionadas por las restricciones y supuestos de difícil concreción, como el alcance de la inversión esperada, o la muy leve modificación de la política tributaria y fiscal.

En la lectura que realizamos del tema que pretendemos abordar no desconocemos ciertos avances que se han registrado, pero en paralelo también identificamos las líneas de continuidad, buen ejemplo lo constituye el presupuesto aprobado, presentado como un gran avance, cuando si lo miramos en todos sus aristas y dimensiones concluimos que no lo es.

No se puede dejar de aludir a la estrategia defensiva, que concierne al Poder Ejecutivo y a la mayoría de sus legisladores. La misma se base en la sobrevaloración de los logros, el insistir sobre el lastre de la “herencia maldita”, las restricciones que resultan de la adversidad de la situación mundial y, en algunos, caer en una focalización en la réplica y el fuego cruzado de una política de cuño circense. Privilegiando elementos de corte estadísticos, sobre otros cualitativos, como se ejemplifica con el empleo, insistiendo en la creación de empleos, pero sin ahondar en la calidad de ellos; así, graciosamente, porcentajes e indicadores se anteponen a las vivencias de lo cotidiano, de su materialidad expresada en la peripecia vital de grandes mayorías, porque la cruda realidad es que “abajo” se sigue viviendo mal.

El FA fue sacudido por su derrota en las elecciones del 2019, de la cual emergió la lectura interpretativa del divorcio con el movimiento social. La nueva oportunidad de gobernar concedida por la ciudadanía parece que no acarreó el cambio de manejo, porque vuelve a reiterarse inmediatamente la estática, que tiende a transformarse en ruido mayor y malentendido político. Comencemos por la espalda dada por los grupos mayoritarios al plebiscito de la seguridad social, que fue “corregida” por el voto, porque mayoritariamente los frentistas votaron la papeleta. Pero tiene otro capítulo por la jugada del Diálogo Social (que encaramos en este N°89 de Claridad), un pretendido remedo a la retranca, impuesta a la campaña en favor de la papeleta

Si bien las tendencias se insinúan con nitidez, la partida no está totalmente cerrada, hay todavía tela para cortar. Cabe la posibilidad de una INFLEXION, que necesariamente implicaría una corrección en el rumbo, por la vía de clarificaciones y profundización. El abordaje de esta eventualidad implica en primer término saber si están dadas las condiciones para que se adopten. Si bien entendemos que no es fácil que estas se configuren, porque requieren de cambio de valoraciones, de actitudes que no se avizoran. Otro eje desafiante es el del relacionamiento entre gobierno y partido político (FA), una inflexión requiere de vínculos diferentes con el movimiento social, superar sin ambages la opción de avanzar a “tranco de pollo”, disimulando, escondiendo la confrontación y no apostando a la conjunción de movilización política, con movilización social. En lo que nos es personal, no somos muy optimistas con la inflexión, los esperados resultados del Diálogo Social, en parte podrán considerarse la prueba de la tabla del 9.

La inflexión debe comportar dimensiones y áreas como la seguridad, la protección social, el salario, el empleo en cuanto a su calidad, la vivienda, y debe insinuarse desde ahora y consolidarse en el próximo Congreso del FA.

Lo que se ha puesto en marcha y los anuncios, por el momento no dan cuenta de la intensidad, consecuencia y velocidad que una incursión de estas dimensiones exige. El eslogan electoral “la revolución de las cosas simples” no alcanza para parir las alteraciones, las transformaciones (de baja intensidad) en ancas de las cuales el gobierno se instaló el 1 de marzo del 2025.

 

*Categoría política empleada por Marx a partir del ejemplo histórico de Luis Bonaparte referida al liderazgo político que aparenta ser “equidistante” en la lucha de clases. Desde la aparente pretensión de colocarse por encima del conflicto de clase, pregona la conciliación, en oposición al antagonismo; en la puja entre clases suele inclinarse por la burguesía.