LA COMUNICACIÓN, PRETEXTO DE FALSA BANDERA

La Columna de los insatisfechos, fastidiados e insumisos

 

Garabed Arakelian

 

¿Qué nos está pasando? Estamos haciendo una enorme cantidad de cosas, tomando decisiones importantes y la gente no reconoce nada. Y los más “contra”, parece mentira, son los mismos frenteamplistas”, decían, azorados, dirigentes y militantes del FA, allá por los tramos finales del mandato de Tabaré Vázquez. Era la tierra abonada para la elección de Lacalle Pou. Había desconcierto, se estaba perdiendo el entusiasmo y se necesitaba una explicación. Y ella llegó, trabajosamente elaborada desde el seno de la propia fuerza: “es que el Frente comunica mal”, sentenciaron.

Fue un acierto y prendió porque era necesaria esa justificación. Se identificaba la falla y eso permitía trabajar en su reparación. Se establecía el contenido y su alcance, se podía hablar de sus formas y de la metodología. Pero lo más importante para la dirigencia era que se identificaba como un problema técnico y no se ponía en cuestión lo político. La idea se aceptó y se propagó entre los propios fieles puestos a buscar la falla comunicacional y a aceptar que ahí estaba la cuestión.

Sin duda que la comunicación es importante y puede ser definitoria de muchas decisiones. Es, en las actuales circunstancias, un factor decisivo que no puede ser ignorado, pero que debe usarse con solvencia profesional y validez política cuando se emplea en ese terreno. Pero no es un paraguas para protegerse de la lluvia, un elemento pasivo que supuestamente puede prestar protección. Hay que considerarla como un arma, tanto para la defensa como para el ataque. Mientras por estos lares no se atinaba con el rumbo, en la vieja España los acólitos de Aznar preparaban gente y entre ellos destacados militantes de nuestro Partido Nacional. Y los capacitaron bien, hay que reconocerlo.

Entre tanto, el Frente se quedó conforme con la explicación hallada: el problema residía en “la comunicación”, y ella se instaló en sus bases y fue convalidada por los Comités llegando a convertirse en una entelequia que no necesitaba justificarse ni explicarse pues era un claro y lógico sobrentendido. Con esa aceptación, preguntar por los componentes de la comunicación y sus características, era entrometerse en el terreno de los técnicos.

Pero el problema no es con los profesionales de la comunicación, sino con los profesionales de la política, pues ellos son los proveedores de la materia prima que con sus decisiones, actitudes y comportamientos abastecen a los técnicos. Y en este rubro, como en muchos otros, la calidad es un factor decisivo. Sobre todo, cuando una marca hace hincapié en ella como lo hizo desde sus comienzos el Frente Amplio.

En ese nivel, cumplir con las promesas, actuar de acuerdo con lo anunciado, mantener fidelidad a los principios y marcar la diferencia en el terreno de la ética son requisitos insobornables. Con esa materia prima trabajan los publicistas y por eso no es lo mismo, no pueden ser iguales, las comunicaciones de la derecha y de la izquierda. Cuando ellas se mezclan, la comunicación deja de ser un problema técnico y se convierte en político. Y los profesionales de la política no pueden quitarse el sayo pasando las responsabilidades a los técnicos de la comunicación.

Hace pocos días el secretario de la presidencia, “Pacha” Sánchez, reclamaba y proponía gritar cada resolución gubernamental con la energía con que se festejaba un gol. La imagen es buena, pero no todos los goles se festejan con la misma alegría y el mismo entusiasmo porque hay goles que son para poder seguir en la liguilla y otros sirven para pasar a la división superior. De modo que la autenticidad, y la calidad son valores en la política de la izquierda. Hay que preservarlos pues, así como hay noticias de “falsa bandera”, también hay izquierdas de falsa bandera. Y con ellas no hay comunicación que dure, porque la mentira tiene patas cortas.