Febrero, 50 años después

  

Jorge Ramada

Los aniversarios “redondos” tienen la capacidad de generar instancias de recuerdo, conmemoración o análisis de lo ocurrido años atrás. Este año se cumplen 50 años del comienzo de la dictadura cívico-militar y ya en febrero han comenzado las discusiones al respecto

Los colorados propusieron discutir en el Parlamento los hechos de febrero del '73 marcándolos como el “verdadero” golpe de Estado; se podía pensar que fuera para reivindicar las figuras de Amílcar Vasconcellos y el Comandante Zorrilla, únicos colorados notorios que se opusieron en ese momento.

Algunos sectores del progresismo cuestionaron la iniciativa tildándola de “revisionismo” (e incluso llamando a movilizarse ante el Parlamento, en momentos en que parece más importante impulsar movilizaciones más enérgicas contra varios proyectos y propuestas antipopulares que andan en la vuelta); se podía pensar que fuera para reivindicar a quienes en su momento vieron la movida de febrero como una esperanza para el pueblo a partir de los famosos “comunicados 4 y 7”.

En la sesión se vio que el objetivo de la derecha era más bien marcar al Partido Comunista y al MLN como los apoyos (y hasta promotores quizás) de los golpistas, minimizando de paso a todos los blancos y colorados que no solo apoyaron, sino que participaron y hasta se beneficiaron del golpe. Previendo eso se entiende la oposición del FA a que se discutiera en esa fecha, pero no parece que haya habido “revisión” de su parte de las posturas entusiastas con los “peruanistas” de febrero.

No me parece mal que se traigan a la discusión esos hechos del pasado, sobre todo para reflexionar en sus consecuencias y de alguna manera contribuyan a analizar mejor la coyuntura actual. Pero no le veo sentido a la discusión de ponerle fecha al golpe, que en los hechos deja en segundo plano considerar el quiebre de las instituciones como un proceso funcional a la resolución de una crisis a favor de la oligarquía.

El agotamiento del modelo neobatllista de mediados del siglo pasado, dejó a las clases dominantes sin recursos para mantener cierta conformidad entre los trabajadores y sectores medios. El proceso que empieza en el '59 con la Reforma Cambiaria y Monetaria era de mayor extracción de plusvalía a los trabajadores y de mayor sujeción al imperio yanqui, vía acuerdos (“cartas de intención”) con el FMI.

Al principio se llevó adelante en democracia, pero ¿qué democracia?: una democracia con la tortura instalada en la policía, con bandas de derecha actuando impunemente, con corrupción generalizada en el gobierno. Quizás no corresponda decir que el golpe empezó en el '59 pero poco después ya había encuentros entre políticos y militares evaluando esa posibilidad. Probablemente pueda marcarse como el inicio diciembre del 67, cuando sobre el ataúd de Gestido, Pacheco impuso las primeras medidas liberticidas; o la instalación de Medidas Prontas de Seguridad en el '68, que quedarán en forma casi permanente; o más a fondo aún, la declaración de Estado de Guerra Interno en abril del '72.

No hubo necesidad de disolver las Cámaras para que murieran militantes en la tortura (ya instalada en forma sistemática en Policía y Fuerzas Armadas), para que se dieran los primeros asesinatos en manos del Escuadrón de la Muerte, para que comenzaran las desapariciones de militantes. El golpe de junio fue apenas el último eslabón de una cadena orquestada por los dueños del poder, con el respaldo y apoyo (o promoción más bien) del imperio yanqui y su CIA (como decía un entrañable compañero ya desaparecido: “No ver al imperio atrás de esto es como no ver la dama en el ajedrez”).

Porque lo que ocultan o minimizan muchos medios de prensa y muchos “historiadores” promovidos por la reforma educativa, es que el golpe lo llevaron adelante, además de la mayoría de los mandos militares, una buena parte (¿mayoría tal vez?) de los partidos blanco y colorado y la totalidad de las cámaras empresariales que mantuvieron su apoyo durante casi todo el proceso (con la excepción de la Federación Rural que se bajó a tiempo), sin que se les conozca a posteriori autocríticas o condenas a ocasionales directivos de esas gremiales.

Y los que quieren echar la culpa del golpe a la importancia que había adquirido la lucha armada contra el gobierno, o al desorden creado por las crecientes movilizaciones obreras y populares, simplemente quieren confundir, porque la guerrilla y las movilizaciones son respuestas del campo popular en defensa de los más infelices; en cambio el golpe es un proceso conscientemente desatado por los más privilegiados. Para ellos, levantarse en armas contra la injusticia es un delito imperdonable, pero usar la fuerza armada para sostener esa injusticia es una respuesta entendible para mantener el “orden social”.

Todo lo dicho no quita que valga la pena reflexionar sobre los hechos de febrero y especialmente sobre la postura de algunos sectores de izquierda, que creyeron en el supuesto “peruanismo” de las Fuerzas Armadas, más aún cuando algunos siguen defendiendo hoy el apoyo de entonces a los comunicados 4 y 7. Porque fueron muchos los sectores (de toda la izquierda), que insistieron en ese momento en abrir una carta de crédito a los “militares progresistas” (¿por temor a un golpe más duro?; ¿por equivocada apreciación de la realidad?). Decían unos que “la verdadera contradicción es oligarquía-pueblo y no poder civil vs. poder militar”, sin darse cuenta de que el “poder militar” era la respuesta política de la oligarquía en ese momento. Otros, consideraban desde antes al peruanismo como una nueva vanguardia de la revolución en América Latina, sin considerar las particularidades de la sociedad peruana y las limitaciones que ese proceso ya llevaba consigo (por ejemplo, no se puede comparar la “revolución desde arriba” impulsada por los militares peruanos con la amplia movilización popular que acompañó a la guerrilla cubana para derrocar a Batista).

Cabe recordar que febrero no solo fue cuestionado por algún político liberal como Vasconcellos o algún militar constitucionalista como Zorrilla. Dentro de la izquierda algunas voces lúcidas también se opusieron: Carlos Quijano, desde Brecha; el general Seregni que alertó sobre el falso “progresismo” de los militares; y el viejo Raúl Sendic –el “Bebe”–, que cuestionó fuertemente las negociaciones que sus compañeros de organización ya detenidos llevaban adelante en los cuarteles (“es un viejo recurso de la CIA: presentarse con consignas populistas para engañar al pueblo y que después aparezcan los pro-yanquis que están detrás de todo” –cita no textual de una conversación de hace 50 años–). Los hechos confirmarían luego esa lucidez: el corto vuelo de los militares “peruanistas” (algunos de ellos incorporados con gusto a seguir torturando luego), rápidamente desplazados por los verdaderos conductores del proceso; la oposición de algunos dirigentes sindicales para impulsar movilizaciones anti-golpistas en el período febrero-junio, que llevaron incluso a dudar de aplicar la resolución histórica de la CNT: “la respuesta al golpe militar es la huelga general”. 

Hay que destacar que la clase obrera estuvo a la altura de los hechos, llevando adelante la heroica huelga general, consecuente con lo que había resuelto, aunque  no tuvo la fuerza para lograr al menos hacer retroceder el golpe y salvar las instituciones democráticas –tal el objetivo proclamado de la huelga general como respuesta a un golpe de estado– . Ese objetivo, que  podía ser tácticamente válido, no fue posible en ese momento, luego de que el golpe había avanzado, paso a paso, desde 1967 y a esa altura ya tenía todo el terreno preparado para instalarse.  

Hoy en día me choca ver titulares y editoriales de periódicos izquierdistas de la época, depositando su confianza en los “militares patriotas”; pero más me choca escuchar justificaciones a esas posiciones. Me parece bien que se expliquen las valoraciones que en su momento llevaron a ese apoyo, pero no se entiende que se las siga defendiendo como válidas, a la luz de lo ocurrido después. Es como si se quisiera reivindicar que se confundan deseos con realidades. Y esto no es solo un problema de discusión de hechos pasados, sino que las concepciones que llevaron a esas posiciones puedan generar nuevas equivocaciones para el hoy o el mañana.

 

 NOTA: En el artículo tomo párrafos de otro más extenso –“Junio de 1973 en el marco de la lucha de clases”,– publicado en el Nº 2 de la revista Hervidero, junio de 2003