
Por Jorge Ramada
El 11 de octubre marcharon los pobres por 18 de Julio, en defensa de las ollas populares, pero sobre todo en defensa del derecho del pueblo a organizarse para luchar por mejores condiciones de vida. Seguramente muchos “señoritos” y “gente bien”, embelesados con nuestro presidente y sus amigos, hayan pensaron que era una marcha llena de drogadictos y delincuentes. Pero los verdaderos delincuentes (y amigos de la droga también) estaban al final del recorrido, en el edificio presidencial. Algunos ya no estaban, por haber sido detenidos, pero probablemente queden muchos.
Relaciono estos dos hechos porque ha tenido mucha más repercusión en casi todos los medios (incluidos los mandaderos del gobierno), el escándalo institucional que el ataque a las ollas populares. Los escándalos en las alturas tienen mucho que ver con el prestigio del país, pero también ayudan al show mediático que acerca los temas de gobierno a los de la farándula. Sin embargo, el ataque a las ollas es un hecho mucho más grave que todo el escándalo institucional. Es una agresión social, impulsada por los malla oro y para pegarle a los pobres que se quieren organizar; en otro orden es similar a los intentos de agredir y desprestigiar a los sindicatos o a otras organizaciones sociales (Villa Española, por ejemplo).
Y de paso meter al ejército a hacer la tarea. Según se informó, iban oficiales a hacer las entregas de insumos, no sea cosa que algún pobre soldado de tropa pudiera llegar a sentirse identificado con quienes los recibían. Esperemos que esto no sea el arranque de prepararlos para otro tipo de tareas. Pero si de irregularidades, robos y falta de transparencia se trata, nadie mejor que el ejército para llevarlas a cabo.
Sin duda, una provocación, como la de los lumpen blancos amigos de Romina, instalándose en Plaza Independencia, al costado de donde terminaba la manifestación del 11. Hechos a tomar en cuenta, porque provocaciones de este tipo pueden anteceder a otras más violentas para embarrar la cancha. Cuando a los de arriba se les complica el dominio político, suelen hacer barbaridades.
En las ollas, según se informa, había gente de todos los pelos político-partidarios. Es que muchas veces la identificación con un partido tiene más que ver con aspectos emocionales, vínculos familiares o de barrio, que con una comprensión de los intereses que defiende cada partido. Y aquí otro peligro: que en ese día a día del pobrerío, solucionando lo que la sociedad no soluciona, se discuta, se intercambien opiniones y se avance en la comprensión del funcionamiento de la sociedad. Politización real, por encima de partidizaciones emocionales.
En algún lado se dijo que no debería haber ollas populares para asegurar la alimentación de la gente. Pero quizás sea mejor que sigan, para avanzar en organización desde abajo, para mostrar que el pueblo puede organizarse para asegurar su subsistencia. Del mismo modo que es importante que a nivel de barrios o complejos habitacionales se organicen huertas orgánicas para generar alimento. O que pequeños productores se junten reivindicando la soberanía alimentaria.
No se trata de idealizar a la organización de las ollas (lo ideal solo existe en algunas cabezas, no en la vida). Es posible que haya habido irregularidades, falta de control y hasta alguna “avivada”. ¿O los señores del MIDES, tapados de irregularidades y acomodos, pretendían que la organización desde abajo fuera perfecta? Quizá en algo tengan razón: se le puede exigir mucha más capacidad de hacer las cosas bien a los pobres organizados que a los aristócratas y burócratas que medran con el poder. En realidad estamos convencidos que si la organización de la sociedad quedara en manos de los que manifestaron el 11, por más imperfecciones que tuviera, sería abrumadoramente más justa que la que tenemos.
Me cabe una reflexión. Cuando asumió este gobierno ya había gurises con hambre (menos que ahora, por supuesto), ya había uruguayos comiendo de la basura y trabajando como chanchos en vertederos (menos que ahora, por supuesto). ¿Qué va a pasar si hay un cambio de gobierno en sentido progresista? Porque si bien es cierto que los cambios no se hacen de un día para otro (algunos sí deberían hacerse), desde una postura realmente de izquierda no deberíamos permitir que al fin de un próximo gobierno siga habiendo estas situaciones, o por lo menos debería trabajarse seriamente para que no las hubiera. Y la única forma de hacerlo es expropiando a quienes se han enriquecido a expensas de estas miserias. ¿Se conseguirán las mayorías necesarias para hacerlos. Lo que no cabe duda es que será necesario mantener y profundizar la movilización popular para empujar en ese sentido.
El fin del hambre, los trabajos indignos, la insalubridad en los barrios, las viviendas precarias, esa es la verdadera grieta que hay que cerrar.