El Partido Socialista Francés, al costado de la historia, sin sede, sin ideas y sin …

 

 

  

Por: Garabed Arakelian

 Vista de la sede del Partido Socialista francés, en París. Foto: Stephane De Sakutin, AFP- 28 dic.2017  

Muchos fueron los que se sorprendieron al ver, el pasado 28 de diciembre de 2017, una foto en la que se apreciaban las letras PS armadas en una estructura sólida y con un diseño similar al que usa el Partido Socialista aquí en Uruguay. El conjunto aparecía como abandonado y recostado en un rincón sobre un piso de baldosas blancas y negras. El logotipo y el piso con diseño de damero se asociaban de inmediato con la Casa del Pueblo y los sorprendidos confesaron que esa había sido su primera impresión. Claro que el título hablaba del Partido Socialista Francés y la imagen correspondía a su sede central en París – también conocida como Solferino- que acababa de ser vendida en poco más de 52 millones de dólares apenas  tres meses después que fuera puesta en venta. La organización comunicó que luego de analizar distintas ofertas aceptó la de la compañía de seguros Apsys, con la que prevé firmar los papeles correspondientes a finales de febrero y se calcula que la mudanza tendrá lugar alrededor del 30 de setiembre de 2018.

El PS se vio obligado a vender ese palacete que ocupaba desde 1980 para afrontar la caída progresiva de sus ingresos, luego del importante fracaso sufrido en las elecciones presidenciales y legislativas de 2017. Después de los comicios legislativos de junio, el PS pasó de tener 284 diputados a 30, lo que se tradujo en una rebaja de 119 millones de dólares de los fondos que, según la representación obtenida, el estado aporta a los partidos.

El nuevo presupuesto ya no alcanza para esta colectividad política que hace tan sólo un año, controlaba el Elíseo y el Parlamento. Para poner un ejemplo –de acuerdo con la información manejada por diversos medios franceses- la sede abandonada, ubicada en la orilla izquierda del río Sena, muy cerca del Parlamento francés, suma más de 3.000 metros cuadrados y sólo su mantenimiento costaba cerca de un millón de dólares por año. Los socialistas ni siquiera van a poder conservar a todos sus empleados: según el diario Le Monde, sólo mantendrán 42 de los 100 puestos fijos que tenían.

Los voceros del PS francés aunque explicaron que las razones principales son económicas, dejaron entrever en su mensaje que el cambio de sede también tiene ingredientes de carácter político, argumentando que el traslado se hace: “para disponer de una nueva sede adaptada a un Partido Socialista refundado”. La erosión es tal que, según un sondeo del diario Libération, publicado en la última semana de diciembre de 2017, el 56% de los franceses cree que el PS está destinado a desaparecer de la escena política más temprano que tarde. No se trata, dicen, de un fracaso momentáneo que podría recuperarse en las próximas elecciones. Por el contrario,  argumentan que esto es resultado de un plan de autodestrucción, madurado durante los cinco últimos años, y acusan a François Hollande de ser el sepulturero del proyecto de izquierda elaborado por François Mitterrand en 1971.

Si bien es cierto, en términos generales, que todo partido político acumula a lo largo de su historia una sucesión de victorias y derrotas, de avances y fracasos, los estudiosos aprecian una diferencia de carácter cualitativo en el último quinquenio: en junio de 2012, solo un mes después de su victoria, Hollande decidió dar la espalda a su programa electoral y propuso una política radicalmente diferente para respetar los criterios presupuestarios impuestos por Bruselas, no obstante haber prometido, durante su carrera a la presidencia, que uno de sus objetivos más firmes sería el de la renegociación de dichas condiciones.

Muchos calificaron esto como de traición o al menos de incumplimiento de las promesas realizadas, y a partir de dicha comprobación comenzó a tomar cuerpo la tesis de la autodestrucción, que se fue confirmando de manera firme, mientras el viejo Partido Socialista Francés abandonaba su ideología y concomitantemente se vaciaba su base sociológica. Al mismo tiempo que le daba la espalda a la clase trabajadora organizada, no dio respuesta a las demandas de los migrantes, permitió que se perdieran derechos  básicos en educación, vivienda y salud y se sumó, en condición de furgón de cola, a las políticas colonialistas.

Pero está claro que el viraje realizado por la dirigencia  del socialismo francés no fue acompañado  por la ciudadanía que se sintió estafada y por ello, indignada y molesta, respondió con el rechazo de manera abrumadora. Y así, el PS francés empezó a perder las elecciones unas tras otras. Y las perdió todas: municipales, cantonales, regionales, senatoriales, europeas. Su suerte política estaba sellada. El partido se hundió en fracciones y luchas internas: la bancada creyó que podía suplantar a la dirección partidaria y supuso que  si no obedecía al gobierno del cual formaba parte deslindaría responsabilidades, entretanto el juego de las ambiciones individuales comenzó a tejer su maraña de intereses y la sensación de que el barco se hundía  era clara. El comentario generalizado era que el presidente había fallecido desde que traicionó sus promesas.

Estas son las evidencias pero falta aún la explicación de porqué Hollande y su equipo actuaron así. ¿Por qué practicaron el hara kiri político? ¿Por qué se inmolaron de esa forma? Quizás preparar el escenario para la irrupción de un personaje como Macrón exigió ese tipo de sacrificios. ¿Y por qué ese rol le correspondió o le fue adjudicado al Partido Socialista?

Estas son solo algunas de las posible preguntas que no tienen aún respuesta , pero en este lapso los socialistas franceses organizaron un Congreso que se llevó a cabo el pasado 7 de abril, en las afueras de París y allí eligieron como secretario general a Olivier Faure (49).

 

Del discurso de clausura que realizó el nuevo dirigente algunos pasajes son reveladores de la situación y del enorme compromiso que ha contraído. Los analistas destacan que en su intervención subrayó muy especialmente el clima interno que reinaba y reina dentro del PSF afirmando que:  «Yo era partidario de Michel Rocard, y, por lo tanto, detestaba a los partidarios de Laurent Fabius, que ellos mismos detestaban a los amigos de Lionel Jospin, que, por su parte, detestaban a los partidarios de Dominique Strauss-Kahnn y despreciaban a los seguidores de François Hollande, adversarios acérrimos de los partidarios de Ségolène Royal, que terminaron odiando a los amigos de Manuel Valls, cuyos partidarios odiaban a los partidarios de Benoît Hamon… Hago una lista muy parcial… entre las capillas de nuestro partido todavía existían los amigos de Jean-Pierre Chévenement, de Henri Emmanuelli y un largo etcétera. Esas divisiones forman parte de nuestra historia. Pero nadie merece una guerra de trincheras que dure cien años».

 

Todo lo señala es cierto, pero ¿cuál es su propuesta, su programa?  El congreso terminó sin respuesta y sólo se aprobó la formación de una comisión de expertos para que elaboren dicho plan. “Le Monde” es severo al dar su opinión pero es implacablemente certero al describir como un «campo de ruinas» la situación interna del PSF que espera de un oscuro burócrata partidario el milagro de la reconstrucción, pero que está y lo han dejado “irremediablemente solo, sin experiencia, sin programa conocido, sin aliados, ninguneado por los líderes históricos del socialismo francés”, Olivier Faure promete una «reconstrucción» todavía muy lejana.

Quizás algunos lean esta crítica como una simple información pero otros pueden pensar que debería incorporarse a los manuales de la izquierda aconsejando qué cosas no se deben hacer.*