Un viraje en América del Sur

 

Escribe: Roberto Chiazzaro - Representante Nacional (Partido Socialista).  Egresado del IPA. Licenciado en Historia

Desde la última  década del SXX y hasta nuestros días, han coexistido en nuestra América del Sur dos modelos de Integración Regional, identificados por el Mercosur y la Alianza del Pacífico

A inicios del S XXI, los Gobiernos Progresistas que estaban al frente de los países miembros  del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay Uruguay) apostaron por un modelo de Integración que procuraba superar la larga historia de la dependencia, a la cual ha estado sometida la Región, caracterizada por la exportación de materias primas. En tal sentido se apostaba a la complementación productiva procurando lograr un gran intercambio comercial  intrazona (comercio sur- sur) tratando de lograr una inserción en las cadenas de valor que permitiese la exportación de productos con mayor valor agregado.

Por el contrario el esquema de Inserción Internacional preconizado por los miembros de la Alianza del Pacífico  (Chile Perú Colombia y México) destaca la importancia de apostar por un sistema multilateral de comercio abierto (basado en la creencia de la existencia del “libre comercio”), supuestamente previsible y transparente, basado en las reglas comerciales, fundamentalmente aceptadas y elaboradas por los países desarrollados.

El retroceso del Progresismo, operado por la vía electoral,  en Argentina y Paraguay y por un Golpe de Estado en Brasil, determinó un acelerado proceso de aproximación por parte del Mercosur al Bloque de la Alianza del Pacífico. En Uruguay,  sectores del Gobierno, apoyados por la oposición liberal conservadora que consideran que el Mercosur no colma sus expectativas, han optado en lo relativo a la Inserción Comercial Internacional, apostar por las “bondades” de la apertura comercial y la introducción de “flexibilidades” en el seno del Acuerdo. En tal sentido Uruguay impulsa con mucho entusiasmo la aproximación del Mercosur a la Alianza del Pacífico.

En este marco, las grandes empresas transnacionales, en su carrera por maximizar las utilidades en el marco del sistema capitalista de producción, han desarrollado una serie de “instrumentos” destinados a lograr una mayor y eficaz “libertad de comercio”, logrando así derribar una serie de barreras, destinadas a proveer la  protección de sectores nacionales de la producción, que podrían llegar a entorpecer el libre movimiento de sus capitales, sus mercaderías y sus insumos, dejando así a nuestras economías con un alto grado de vulnerabilidad.

Los mencionados  “instrumentos” son los llamados TLC de “última generación”, los cuales contienen una serie de disposiciones que condicionan la capacidad de los Estados para implementar una serie de políticas públicas que permitan  la generación de una nueva matriz de producción, pasando así a la exportación de productos con un mayor valor agregado.

Nos estamos refiriendo a la imposición de negociar comercio electrónico, coherencia regulatoria o servicios mediante listas negativas y cláusulas  Trinquete y Statu quo. En última instancia se trata de una dicotomía entre los partidarios de la imposición del “libre comercio” versus los partidarios de una regulación estratégica que defienda la soberanía de la NACIÓN.*