La Irresistible asención de Jeremy Corby al frente del Laborismo inglés

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Garabed Arakelian

 

Cuando Jeremy Corbyn decidió competir en la interna del Partido Laborista inglés, eso fué a mediados de 2015, llegó sobre la hora y sofocado. Es que le faltaban unas pocas firmas y le costaba conseguirlas. Finalmente lo logró, gracias a la buena voluntad de algunos parlamentarios de su propio partido que, en un gesto piadoso, le dieron el aval, confiados,  la mayoría, en que ese veterano porfiado y fastidioso, que se atrevía a desafiar a la conducción del partido y a sus principales dirigentes, no iba a tener éxito en eso que ellos consideraban veleidades principistas. Pero la realidad golpeó fuerte a la derecha –conservadores y laboristas- en setiembre de ese 2015 cuando Corbyn se aseguró con el 60 por ciento de los votos, la conducción de Labour Party.

 

 

Un año después, junio de 2016, superó una maniobra de la bancada parlamentaria de su partido –mayoritariamente apegada a la ideas de Tony Blair- que intentó hacerle caer en desgracia, responsabilizándole del resultado del brexit, es decir la salida de la Unión Europea. Esa votación puso en evidencia que los conservadores habían perdido su conexión con las mayorías ciudadanas que venían respaldando sus propuestas. En cambio, Corbyn  logró en setiembre de 2016, ser elegido con el 64 por ciento de los delegados que le dieron apoyo en el congreso del partido.

  Sobre esa realidad avanzó el ala izquierda del laborismo repercutiendo sobre la dirección sindical –los sindicatos son miembros constitutivos de la estructura organizativa de dicho partido- que han vuelto a la militancia y también a la conducción política aceptando las obligaciones que impone ese derecho. A esto se agrega la incorporación de gran cantidad de jóvenes, trabajadores y estudiantes, que se han sumado entusiastamente a la movilización que encabeza Corbyn

 El 8 de junio de 2017, la primera ministra Theresa May convocó a elecciones legislativas anticipadas Parecía una decisión inteligente, pues dos meses antes las encuestas aseguraban que el partido conservador doblaba en votos al laborista. Tony Blair y su agrupamiento mantenían el dominio hegemónico del New Labour - en su afán por mimetizarse le cambiaron el nombre a su partido en 1994- asegurando al stablishment que no habrían cambios drásticos. Pero el intento se convirtió en una verdadera debacle para los pronosticadores al comprobar cómo, el Partido Laborista dirigido por Jeremy Corbyn, histórica cabeza visible del ala antiblairista, ganaba más de 3,5 millones de votos en relación a las elecciones anteriores y saltaba 9,6 puntos en el porcentaje nacional, lo cual significó tener 30 escaños más en el parlamento, concretando así su más importante progresión desde las elecciones de 1945. El resultado de junio de 2017 del Labour fue tanto más espectacular en la medida que su programa, claramente marcado a la izquierda, rompía con más de dos decenios de blairismo que constituyen en su conjunto un período vergonzoso en la historia del laborismo inglés.

  Ese fue un período en el que Tony Blair, desempeñándose como primer ministro, hizo trizas el sustento ideológico de su partido, hundiéndolo en el fracaso organizativo y electoral. Y eso pese a que las campañas  publicitarias creaban en torno a su figura una aureola de éxitos. Pero los números señalaban que, elección tras elección, pese a ganar, el partido laborista iba decreciendo en el apoyo de los votantes. Y eso era acompañado por la desmovilización de los militantes del partido y el desencanto entre sus electores, algo que fue muy acentuado y visible.

 Los analistas juzgan que esa impopularidad era lógica y previsible, como resultado del abandono de todo apego al socialismo por parte de Blair y su tropa. Y recuerdan ahora que cuando a la Sra. Thatcher se le preguntó en una ocasión cuál era la obra, de las que había realizado a lo largo de su carrera política, de la que estaba más orgullosa, respondió que fue “destruir el laborismo, a través de Blair”.

Pareció que lo había conseguido. Pero no es así, el viejo y respetado Partido Laborista vive una etapa de reanimación, encarnada por  Corbyn que, con sus 68 años a cuesta, goza de una popularidad que compite con la de ciertos ídolos juveniles. Remeras, portadas de revistas y hasta afiches surrealistas proyectan su rostro.

 “Oh, Jeremy Corbyn” entonó un público juvenil y entusiasta  cuando el líder subió  en el 2017 al escenario del festival de Glastonbury al ritmo de la canción “Seven Nation Army”, de The White Stripes. Este festival es considerado como el más importante del Reino Unido y también lo es a nivel internacional. Con instalaciones desbordantes -se calculan 15 mil personas- mayoritariamente jóvenes, su presencia  desató la pasión y la alegría de la gente que lo recibió con ovaciones, cánticos y demostraciones diversas.

Pero, afortunadamente para ellos, las luces feéricas y la parafernalia roquera no lo hacen salir del cerno. Corbyn tiene claros los temas que son fundamentales en su propuesta, ya que ha trabajado sobre ellos desde hace mucho tiempo. Y aunque pareciera que el marco no es el apropiado, él les habla de lo que ellos quieren escuchar. Él ha captado que su público no vive una alegría sin ton ni son y que la euforia no desplaza la preocupación por los temas fundamentales. La aceptación que tiene no es porque cante o ejecute  algún instrumento sino por lo que piensa y dice y además hace para convertir en realidad sus propuestas: tiene coincidencias notorias con la agenda de los verdes, además propone recuperar el transporte público, proporcionar vivienda barata para la gente joven y de la tercera edad y un régimen fiscal sólido que revierta décadas de privilegios otorgados a los ricos. Desde finales de los años setenta, la redistribución de la riqueza a favor de los ricos y de los muy ricos, ha aumentado más rápidamente en Gran Bretaña que en cualquier otro país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE).Les habla de eso y de la igualdad de géneros, de la guerra, de la explotación capitalista y del derecho a la felicidad. Y ese claro corrimiento hacia la izquierda abandonando la propuesta fraudulenta de la socialdemocracia es lo que le hace conectarse con grandes sectores de la sociedad, pues les propone, sencillamente, hacer una revolución económica y social que reemplace “los fracasados dogmas del neoliberalismo”.

 Hace dos semanas, el propio Corbyn reconoció en una entrevista con el diario The Guardian que las elecciones de junio (2017)“cambiaron la política” en el Reino Unido. “Ahora somos la corriente mayoritaria en la sociedad”, afirmó. Las últimas encuestas le dan la razón. Según un sondeo de YouGov para The Times, si hoy se celebraran elecciones, los laboristas ganarían con 42% de los votos, un punto más que los conservadores y dos por encima del resultado obtenido por Corbyn en junio del 2017.

 “Estamos en el umbral del poder”, afirmó. Es que su mensaje  caló hondo en los jóvenes británicos y en los adultos desencantados.*