Brasil, simples reflexiones desde la perspectiva de un militante de a pie

        Por: Eduardo Aparicio

Finalmente, desde el  7 de abril, Lula está preso en Curitiba, desde el fallo del Tribunal hasta el  momento de su  entrega-detención, se apreció una fuerte movilización en muchas ciudades de Brasil Los sectores populares ganaron la calle.

Cierto es que la “nueva derecha”, viene ganando desde 2013 el espacio público, generando una ofensiva profundamente reaccionaria (anti popular, anti democrática, racista, sexista); su accionar esta cimentado en una alianza sólida, que reúne  a terratenientes,  empresariado, capitanes de empresa, iglesias -especialmente las evangélicas-, capas medias, militares y magistrados.

El proceso contra Lula posiblemente  obture las chances de su candidatura, en primer lectura hay que reconocer que su encarcelación es  una victoria de la derecha brasileña y de las derecha a nivel continental; pero también pone de manifestó los limites de los  ensayos progresistas en América Latina. Las realizaciones de los gobiernos del PT , centradas en tímidas reformas que tuvieron un impacto importante en el marco de desigualdades que caracterizaban, y caracterizan, a ese país, están fuera de discusión; pero también resultan indiscutibles sus límites y flaquezas.

El surgimiento en los 80 del PT es la coronación de un ascenso, resultado de la profundización de las luchas obreras y sociales en Brasil. En gran parte este partido es hijo directo de los combates de los metalúrgicos del ABCD * liderado por Lula. Desde su gestación es una formación política de izquierda que genera una sintonía fina con movimientos sociales tales, como los sin tierra, los sin techo, y otros que cuenta con  profundos anclajes en la sociedad. Emerge entonces como  un partido de masas, sostenido sobre una amplia base social, con una orientación programática filo socialista,  alberga en su seno muchas y múltiples sensibilidades, que  adoptan las formas de corriente internas, en un diseño que se asemeja en algo al esplendor del Labour Party  .

De la mano de dicha articulación con la movilización social, el PT cataliza un proceso de acumulación de fuerzas, asentado en la confrontación social, que lo lleva al gobierno. Lula rápidamente  se transforma un  gran líder popular. Me tomo la licencia de relatar una simple vivencia personal,  luego de la primera huelga de los metalúrgicos del ABC al final de los 70 paulista,  Lula emprendió una gira europea de información y apoyo; en Ginebra, la izquierda local en la que militábamos algunos exilados, organizó un “meeting”,  bien pequeño, con unas 50 personas. A su términos, algunos de los que participamos en la organización, cruzamos a  una “brasserie”  frente a la casa de los sindicatos, para cumplir el ritual de la pizza con cerveza. La tenida duró hasta el cierre del local, la velada fue amenizada por su palabra, que nos dejo descubrir a un dirigente fabril, nacido en la más cruda pobreza nordestina, emigrante a Sao Paolo,  mutado en operario industrial, que  se imponía sobresaliendo por la posesión de un carisma fuera de lo común, que imantaba con sus dotes de liderazgo y que trasuntaba  en su  relato-discurso una clara intuición de clase. Confieso que ninguno de los allí presente, podía imaginar, en ese momento, su trayectoria posterior que lo elevaría hasta ser  un referente de la izquierda latinoamericana y aún mundial.

La  pequeña anécdota permite la posterior  confirmación de la inconmensurable  estatura  política de Lula, que es enorme y por eso levanta la ira y el espíritu revanchista de las derechas.

A pesar de que nos duela, algunas de las claves de lo que hoy se vive en el país hermano, hay que irlas a buscar en las entrañas del proyecto petista. Para acceder al gobierno el PT rebajó su programa, aceptando gobernar en alianza con sectores de derecha y luego  asumió prácticas de contubernio con ellos, simplemente recordemos quien fue su primer Vicepresidente: Aleancar. Una vez en Planalto inició una serie de reformas, muchas de ellas  poco profundas, no estructurales, pero que en el contexto de la sociedad brasileña tuvieron grandes repercusiones. El proceso de reformas no tocó el corazón de los privilegios de la burguesía brasileña, ya  que se llevó adelante estrictamente dentro de los límites de las reglas de juego del sistema.

Pero no solo en el plano material los pobres  se vieron beneficiados, también incrementaron su movilización y ganaron espacios en la escena político social  durante  los años de gobierno petista. Pero en el seno del partido se impuso un desarme político e ideológico.  A poco de tener el timón del gobierno, comenzaron los ruidos, los tironeos y diferencias con los grandes movimientos sociales. A diferencia de otras experiencias progresistas del continente, al PT le tocó gobernar con sectores populares medianamente movilizados, a pesar de los esfuerzos que realizó, tendientes a disminuir esa incómoda presencia.   

La opción por una orientación centrista fue nítida y se expresa con meridiana claridad en el lema “Lulinha paz e amor”, con el cual ganó el gobierno y pautó el abandono de esa línea de izquierda previa prevalente en el PT y su constelación. Especialmente la orientación económica adoptada, el perfil y la adscripción -ideológica y de clase- de muchos de los ministros convocados a acompañarlo, fueron modelando esa propuesta que en definitiva, se alejaba del arco programático fundacional del PT.

Brasil es un gran país y sus complejidades están relacionadas con su naturaleza, la política institucional siempre fagocita las propuestas de izquierda, cuando estas  renuncian a adoptar caminos rupturista, y de esa manera el PT quedó empantanado en los lodos de ciertos modos y métodos de “hacer política” típicos del país para poder consolidar la gobernabilidad, el “mensalao” asi lo acredita.

A poco de transitar por la experiencia de gobierno se produjeron algunas rupturas y escisiones en el PT, la mas significativa es la que dio origen al PSOL (Partido Socialismo y Libertad). En su concreción estaban presentes el abandono de los aspectos centrales del programa de izquierda, la adopción de orientaciones social liberales, el intento de frenar la movilización, la absorción por la política institucional y sus aliados de buena parte de la dirigencia así como del elenco gobernante.

La posterior marcha de los acontecimientos, incluido el capítulo actual, muestran que estas rupturas  y diferenciaciones en la interna, no sólo resultaron inevitables sino que fueron necesarias. Aunque eso no es impedimento para que hoy, parte de la izquierda no petista, integre la movilización que se opone  en las calles al linchamiento  político de Lula.

Pero no se puede dejar de aludir a otros elementos que intervienen fuertemente en la realidad crítica del PT. Uno,  es que con  Lula candidato mantiene posibilidades de ganar una elección, y por esos todos los esfuerzos por mantenerlo en carrera, el PT ha demostrado ser un partido totalmente ganado, preparado y capacitado a fin de presentar batalla a las derechas refractarias, pero sólo en el campo institucional, activando la movilización de las masas apenas en la fase final del proceso judicial.

Los temas de identidad son fundamentales, para la izquierda, y el  PT  está atravesado por dos. Primero, la erosión en términos programáticos  que se refleja en su gestión y estilo de gestión de gobierno. Segundo, la mella  en el plano ético, por la pérdida de la primacía moral distintiva de la izquierda, que fuera bandera del PT. Sin duda la acusación de coima a través de la entrega del triplex, hace parte de la patraña de las derechas que no se detienen frente a nada; pero el cambio de estilo de vida, los incrementos patrimoniales, la ascensión social de su entorno familiar, así como de sus allegados políticos, conformando así la nueva “nomenclatura” brasilera, son un hecho indiscutible, que colabora de modo decisivo en el distanciamiento de los nudos rectores de una conducta proba, deseada y esperada por los sectores populares para ser el sostén, el respaldo y la justificación de la adhesión a sus expresiones políticas y a sus líderes.

Difícil es vaticinar los desenlaces, pero tal vez podamos sostener hoy, que a pesar de la acusación de que las elecciones sin Lula  son fraudulentas, el PT va a transitar la vía electoral, sin plan B y con sus posibilidades ganadoras más que debilitadas; no olvidemos la aceptación resignada del proceso de destitución de Dilma, donde jugó su carta la apuesta electoralista.

El proyecto de derecha, con su correlato de ajuste, continuará. La judicializacion del caso  Lula incide en la  pérdida de “credibilidad” de gran parte de la dirigencia que está al frente de los experimentos progresistas. Probablemente, los movimientos sociales y la izquierda de Brasil, en un contexto de derrota y regresión avancen en la reformulación de un proyecto político, que se encauce en una senda anti sistema, retomando banderas de izquierda auténtica, sacando lecciones de experiencias duras y tristes que les toca vivir.

La realidad que se vive en Brasil nos obliga  a nosotros, orientales, a replantearnos con fuerza la inexorable necesidad de construir poder popular sin limitarnos al control del gobierno, reconocer los límites de la no confrontación, descartar las estrategias de conciliación, abandonar la pretendida estrategia del desarrollo, basada en el crecimiento con equidad y del crecer para poder repartir. Frente a los experimentos progresistas, cabe hacerse la pregunta: ¿Cómo es que en el crecimiento económico con distribución crece la proporción de  la plusvalía arrancada a los trabajadores? Fenómeno  que por sí mismo da cuenta de dónde se produce  la generación de la riqueza y la explotación de los trabajadores. Debemos reforzar y ser implacables en el mantenimiento de lineamientos conductuales basadas en una ética del cambio.

La situación que atraviesa Brasil deja al descubierto, nuevamente, una vieja enseñanza de las luchas sociales, la importancia de la construcción dinámica de la correlación de fuerzas de clases,  y  a su vez, cómo las estrategias de amortiguación del conflicto, basadas en la moderación política, la atemperación del posicionamiento ideológico y la expansión del pragmatismo, no impiden la polarización social.

Más que nunca  se trata de ser solidarios con los trabajadores y el pueblo de Brasil en su enfrentamiento y resistencia a las derechas, sin  por tanto ceder al fácil expediente del negacionismo, a la adopción del mal menor, o  a dejar planear  la premisa que las reformas y los cambios, pueden justificar la corrupción y el apartamiento del norte ético. Debemos oponernos a la defensa de lo indefendible en aras de “rescatar” el proyecto.  A las ofensivas reaccionarias  se le presenta combate efectivo profundizando las posiciones y posturas de izquierda,  preservando, conservando, esa insustituible herramienta de la crítica que nunca debemos hipotecar o abandonar.*