El G20 a la luz del tratado militar de 1952 y las relaciones entre Uruguay y Estados Unidos *

       

 

Escribe: Fernando Aparicio *

 

La reunión en Bs.As del G.20 entre el 30/11 y el 1/12 de este año, puso sobre el tapete, en Uruguay, la relación militar de nuestro país con la superpotencia de Occidente. Este pequeño país –el nuestro- ni por asomo se sentará en tan privilegiada mesa. El anfitrión –en este caso Argentina- tiene derecho a invitar a un país como “observador”. El Presidente Macri eligió como tal al chileno Sebastián Piñera. No seremos “observadores”, pero sí estaremos presentes, de alguna manera, como “prestadores de servicios” (algo que a algún suspicaz puede sonarle a “servidumbre”).

Marchas y contramarchas en el Parlamento, y especialmente en la coalición gobernante, permitirán la llegada de aeronaves militares, soldados y agentes de seguridad estadounidenses. De otras potencias podrían llegar, autorizados serán –faltaba más- y el Poder Ejecutivo informará a posteriori, de dónde provenían y de cuántos se trató. Obligados estamos, al parecer, por tratados de seguridad y militares, que nos comprometen en la lucha contra el terrorismo. Cercanía geográfica que nos condiciona y obliga. ¿No tiene Argentina aeropuertos suficientes para garantizar la operatividad aérea de sus invitados?

Suspicaces en política hay muchos. Algunos sospechan que más que razones “operativas y logísticas”, el pedido de EEUU a Uruguay, tiene que ver con un gesto político; demostrar alineamiento y subordinación. El progresista gobierno uruguayo está aislado ante los nuevos gobiernos de derecha de la región. La Bolivia de Evo Morales siempre ha estado lejos, y no sólo  por unos pocos miles de kilómetros. Hasta el locuaz José Mujica, tan afecto a expresarse en los foros internacionales, en los que ha cimentado buena parte de su prestigio de pensador-referente, acaba de declinar participar en una “contra cumbre” en Bs.As. Pudo compartir el podio con Dilma Russeff y Cristina Fernández, pero prefirió no comprometer al gobierno de Vázquez. O sea, no aparecer como parte de un gobierno crítico del G.20. Se abstuvo “para proteger” a su gobierno y  su pueblo, no malquistándose con el Presidente Macri. La “razón de Estado” se impuso, al igual que con la llegada de las tropas estadounidenses.

 

Algo de historia con las lanzas en alto

 

En medio del alzamiento saravista de 1904, el gobierno de Batlle solicitó la visita de buques de guerra de EEUU, para “disuadir” a un gobierno argentino, de evidentes simpatías con los blancos orientales. Llegaron luego de Masoller y pasaron como visita de simple cortesía.

Esos hermanos problemáticos -los argentinos- volvieron a darnos dolores de cabeza durante la 2ª Guerra Mundial. Neutralistas convencidos -tanto el gobierno civil previo al 4/6/1943, como el elenco militar que asumió el poder en esa jornada, disentían cada vez más con el “aliadismo” oriental de Baldomir en ese momento, y con el de Amézaga luego. En nuestro país muchos se sintieron amenazados por el Eje, que asomó con el episodio de Graf Spee, y por los uniformados argentinos. El viejo león británico estaba con el agua al cuello y pasó –resignado- la posta a sus vástagos norteamericanos. El relevo se operó en 1940. Barcos estadounidenses, 50 destructores,  a cambio de una red de bases desde Groenlandia a la costa brasileña.

En 1940  se produjo el primer intento norteamericano de construir una base en Laguna del Sauce. La cosa era “recíproca”: Uruguay la construiría con financiación y técnicos estadounidenses, pero la controlaría “soberanamente”, pudiendo usar las bases norteamericanas a lo largo del Continente. Feroz y eficaz fue la oposición de Luis A. de Herrera: “Bases jamás” ¿Contra quien podía apuntar la base de Laguna del Sauce?: contra la invasión poco probable del Eje, y contra la díscola Argentina. Más asustaban los militares de allende el río sin embargo. Gobernantes y militares uruguayos miraron al Norte, pero aún antes de Pearl Harbor no éramos prioridad para Washington. Entonces se miró hacia el  Brasil de Getulio Vargas, transformado ya en entusiasta pro-aliado. Veinte mil máuseres modelo 1909, algunos cientos de ametralladoras y millones de cartuchos –todo vendido a precio de oro-, fue la ayuda que Brasil, siempre receloso de Argentina nos brindó.

El tramo final de la guerra conoció un nuevo intento norteamericano por instalar la base en Laguna del Sauce. ¿Contra quien iba dirigida la iniciativa en 1944)? Una vez más contra Argentina, y contra el futuro enemigo extra-continental. Simplemente para remachar la hegemonía militar en el sub-continente. Llegó la posguerra, y con ella la “guerra fría”. En América Latina una y otra se materializaron en la Conferencia de Chapultepec (1945), en el TIAR (1947) y en la OEA (1948).

 

El TIAR y su cometido

 

El 2 de setiembre de 1947, en Río de Janeiro, se firmó el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca. Entró a regir el 12 de marzo de 1948. Fue previo a la OTAN, que cristalizó en 1949.El dato no resulta menor. Del otro lado del océano se desarrollaban la “Doctrina Truman”, el Plan Marshall y, como dijimos, poco después la OTAN.

¿A qué obliga el TIAR? A la defensa conjunta por parte de todos los países signatarios, de un país del “Hemisferio Americano”, en caso de agresión extracontinental. La defensa incluyó un área marítima de 300 millas. La obviedad siempre rompió los ojos. Sólo EEUU –o tal vez Canadá- podían ser “agredidos” militarmente desde fuera del Continente. Comparsas éramos. ¿Cómo lo somos con nuestra “participación” en el G 20? No seamos suspicaces. La OEA fue antaño “Ministerio de Colonias” de EEUU. La Guatemala de Arbenz en 1954, la Cuba de Fidel Castro en 1962, y la República Dominicana de Juan Bosch en 1965 así lo experimentaron.

Pero al TIAR le llegó su hora de la verdad. Y le llegó de la manera más inesperada, con la aventura de las Malvinas por parte de los genocidas militares argentinos. Cuando el Canciller del gobierno de Galtieri, apeló al TIAR ante la “agresión” británica, EEUU optó –con lógica- por su aliado europeo de la OTAN. Del “compromiso” con Argentina se desmarcó con facilidad. Ésta era la agresora, y el Tratado es de carácter defensivo. Colombia y el Chile de Pinochet, razonaron de igual manera. El gobierno militar peruano (ya desprendido de cualquier veleidad “revolucionaria”) y la Cuba socialista, fueron los apoyos más explícitos para la Junta de Bs. As. Paradojas de la política mundial y del “realismo mágico” latinoamericano.

 

El Tratado de 1952 y la búsqueda de “la igualdad”

 

En 1952 Uruguay firmó un tratado de ayuda militar con los Estados Unidos, que entró a regir en 1953. En la discusión parlamentaria contó con la decidida oposición del Partido Comunista (en la persona de Rodney Arismendi) y de legisladores herreristas. Fuera del Palacio de las Leyes se manifestaron en contra los sectores “terceristas”, incluido el semanario Marcha. El batllismo hizo honor a su pronorteamericanismo: el mismo del episodio aludido de las cañoneras de 1904; de la defensa de la intervención estadounidense en México en 1914, o del ferviente panamericanismo de Baltasar Brum en 1919. Contundente, el diputado batllista Quadros, afirmaba en la discusión parlamentaria de 1952,  que la soberanía nacional era “una antigualla de museo”.

Algunos eran coherentes y otros no lo eran tanto. Durante los dos intentos de instalación de la base de acuerdo a las condiciones norteamericanas, la oposición tajante provino del herrerismo. El Partido Comunista estaba atrapado en la “neutralidad” germano-soviética en 1940, y en el “aliadismo” a ultranza en 1944.

La guerra de Corea entre 1950 y 1953, fue una ocasión que acercó (¿”realismo mágico” latinoamericano?), a herreristas y comunistas.Estados Unidos presionó a los aliados del TIAR en su cruzada, emprendida en nombre de la ONU. Salvo Colombia que envió tropas a Corea, todos los demás esquivaron el envite. Los seguidores de Eugenio Gómez y Rodney Arismendi, por obvias razones, se opusieron a la intervención militar uruguaya. Los herreristas por  coherentes: “Con mi firma no sale ningún criollito….allá los amarillos y los rubios del norte”, le espetó Herrera a un asombrado diplomático yanqui.

Los suministros militares y con ellos las concepciones organizacionales norteamericanas, llegaron al país apenas terminada la segunda guerra mundial. El tratado de 1952/53 consolidó desiguales vínculos. El equipamiento, los uniformes, los reglamentos, todo se homogenizaba en América Latina. El tratado era hijo del TIAR. Al amparo del tratado desfilaron, a partir de mediados de la década de 1950, por la Escuela de las Américas de Panamá, cientos de oficiales uruguayos: Contrainsurgencia y Seguridad Nacional fueron absorbidos con entusiasmo.

En el año 2012, el Secretario de Defensa norteamericano, León Panetta, propuso al gobierno de José Mujica, modificar el tratado de 1952. El entonces Sub Secretario de Defensa de nuestro país, el hoy Ministro Jorge Menéndez, se mostró afín a la revisión. Los “riesgos cambiaron” sostuvo, aludiendo al fin de la “guerra fría”. Hizo gala de un enorme optimismo y aspiró a “acordar las condiciones entre países iguales”. ¿Nos verán los norteamericanos como “iguales” luego de los servicios prestados para la cumbre del G 20 en Bs. As?         


      Egresado del IPA. Estudios en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (México). Docente de bachillerato en Educación Secundaria e instituciones privadas. Ex docente del Departamento de Historia Americana de la Udelar. Co-autor de Amos y Esclavos en