Dino Armas se inicia en la actividad teatral en 1966 llevado por su tarea docente.
El dominio profundo del oficio de la escritura y la agudeza de la observación son las herramientas con que va construyendo un mundo que le es propio, cada vez más sólido.
Como Lorca, como Tennessee Williams, Armas escribe de mujeres, penetra la problemática femenina para mostrarla. Muchos personajes femeninos porque así es el mundo real del autor: Charos, Martas, Silvanas, Amalias, Elviras, Rosas, Susis y tantas otras que tomaron carnadura en sus más de 70 obras. Escritas, registradas y estrenadas.
Los personajes masculinos en casi todas sus obras no están en escena, son corrientes subterráneas, que desde “historias” lejanas construyeron el mundo en que las mujeres y los hombres deben resistir para subsistir.
Sus personajes cruzaron fronteras, atravesaron el mar y hablan otras lenguas: inglés, francés, ruso, italiano. ¡Y hablarán otras!
Hoy en Montevideo Rifar el corazón, en Italia Y si te canto canciones de amor. Los días por venir en Buenos Aires. Se ensayan: Pasionarias en Paysandú y Noches de paz en Montevideo.
El lenguaje es coloquial, plagado de frases hechas, refranes, mitos, salpicado de un lunfardo que le da color a los diálogos. El lenguaje refleja el estamento social que refiere; cada uno de nosotros lo entiende a la perfección aunque no lo utilice. Claro ejemplo de esa etapa son: Feliz día, papá (1989), Sus ojos se cerraron (1992) y Pagar el pato (2000).
El infarto del autor dio título a su obra Rifar el corazón (2003) y también marcó un quiebre en su escritura. A la ya mencionada se agregan Ave Mater (2011), El río ((2018), Noche de paz (2022). En ellas el dramaturgo universaliza sus personajes y sus conflictos. Antes residían o transitaban por algún barrio montevideano; hoy son ciudadanos del mundo habitando en cualquier latitud y ya no tienen fronteras.
En sus obras nos muestra sin eufemismos una sociedad enferma, homofóbica, encerrada en viejos-renovados prejuicios, la sobreprotección materna con sus efectos, la distancia paterna o su total ausencia, la idea de felicidad concentrada e idealizada en lejanos o imaginarios recuerdos infantiles, los tristes acomodos con los poderes de turno, la enfermedad erosionando la relaciones familiares, el erotismo castrado y el cuerpo como culpa, la inequidad social, el individualismo de las urbes posmodernas que profundiza las soledades, deshumanizando. En definitiva la incapacidad dialógica del hombre que le impide buscarse para finalmente encontrarse en el otro. Sociedades patriarcales ejerciendo el poder no solo sobre la mujer sino sobre un sin número de distintos: pobres, homosexuales… raros.
Afirma el autor: “Me gusta incomodar, sacar afuera lo que no se dice, mostrarlo”. ¡Qué así sea entonces!
Rosana Sosa